Como profesora de ciencias en la secundaria y estudiante de la Ciencia Cristiana, he tenido muchas oportunidades de cuestionar las llamadas leyes de la materia justo cuando les enseñaba a mis alumnos acerca de la materia. Por supuesto, ¡este cuestionamiento se hace únicamente en el pensamiento! Pero entonces, a fines del año pasado, también pude demostrar que estas leyes no tienen poder alguno.
Mis alumnos habían estado aprendiendo sobre la transferencia de energía, y su proyecto final era construir una montaña rusa con materiales aleatorios para demostrar sus conocimientos. Un grupo de estudiantes me pidió que les cortara un tubo de PVC; así que tomé mi cuchilla (con una hojita de afeitar muy afilada) para completar la tarea. Lamentablemente, mientras cortaba el tubo de plástico, la hojita se resbaló y me corté dos dedos, uno de ellos hasta el hueso y el otro casi igual de profundo.
El dolor me dejó sin aliento, pero de inmediato empecé a declarar en silencio que Dios estaba ahí y que estaba protegida. Fui al lavabo y limpié las heridas con agua corriente, y un alumno me ayudó a vendármelas.
Varios estudiantes mostraron su preocupación, y algunos me sugirieron encarecidamente que fuera a ver a la enfermera del colegio. Me sentí impulsada a responderles diciéndoles que me sentía segura y que sabía que estaba protegida por una ley del bien. Parecieron aceptar esa explicación y se veían más tranquilos.
Recordé algo sobre los accidentes de la Lección Bíblica de esa semana que fue muy útil. En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, hace una declaración audaz sobre los accidentes: “Los accidentes son desconocidos para Dios, o la Mente inmortal, y tenemos que abandonar la base mortal de la creencia y unirnos con la Mente única, a fin de cambiar la noción de la casualidad por el sentido correcto de la infalible dirección de Dios y así sacar a luz la armonía” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 424). Fue muy reconfortante que me viniera esta idea al pensamiento y supe que era la forma en que Dios me aseguraba que Él estaba allí mismo.
Nuestra Guía también dice en Ciencia y Salud: “Cuando ocurre un accidente, piensas o exclamas: ‘¡Estoy herido!’ Tu pensamiento es más poderoso que tus palabras, más poderoso que el accidente mismo, para hacer real la lesión” (pág. 397).
Estuve tentada a centrarme en la lesión. No paraba de pensar que debía mirarla mejor. Las preguntas se agolpaban: ¿Tal vez debería ir a la enfermería? ¿Y si no puedo cumplir con mis tareas diarias? ¿Y si necesito sutura? Pero la voz de Dios era más fuerte y yo sabía que Sus leyes del bien siempre estaban en vigor y que podía tener la confianza de que Su amor me amaba en ese mismo momento, incluso en medio de lo que parecía un accidente.
También recordé de la Biblia: “Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sofonías 3:17). Mi estudio de la Ciencia Cristiana me había enseñado que Dios es el Amor omnipresente e infinito, y como Dios es infinito, tenía que estar en medio de mi aula, sin dejar lugar a que hubiera daño alguno allí.
A continuación, me vino a la mente la forma en que Ciencia y Salud recomienda abordar los accidentes: “Ahora invierte el proceso. Declara que no estás herido y comprende el porqué, y encontrarás que los buenos efectos resultantes están en proporción exacta a tu descreimiento en la física y a tu fidelidad a la metafísica divina, la confianza en que Dios es Todo, como declaran las Escrituras que Él es” (pág. 397).
No obstante, entonces pensé: “Espera un momento. Pero hubo un accidente. No solo lo presencié, sino que incluso tuve parte en provocarlo al dejar que la hoja resbalara”. Pero no permití que ese pensamiento impidiera mi confianza en Dios, ni disminuyera mi fe en Su poder para sanarme. En cambio, cuestioné ese pensamiento y quise comprender realmente cómo la declaración de Ciencia y Salud respecto a que los accidentes son desconocidos para Dios podía ser cierta.
Bueno, Dios respondió a mi deseo de comprender con esta revelación de la Verdad: Si estoy dispuesta a apartarme del cuadro material con todas sus temibles imágenes y a estar sujeta (aferrarme en el pensamiento) a las leyes de Dios, el amor de Dios, la verdad de Dios, entonces en realidad estoy protegida de cualquier cosa desemejante a Su ley, de cualquier cosa desemejante al bien, con tanta certeza como estoy protegida de la lluvia cuando estoy debajo de un paraguas.
Esto fue muy significativo para mí. A menudo, cuando oro por algo y parece que la curación se retrasa, pienso: “Puede que no tenga suficiente comprensión para sanar esto”. Este mensaje de Dios me hizo darme cuenta de que no hay nada que no pueda comprender acerca de Dios y Su poder sanador, porque somos inseparables, y siempre puedo hacer el cambio mental necesario y optar por someterme a Su ley, que es realmente la única ley que me gobierna a mí y a toda la humanidad.
El amor de Dios era muy evidente en el aula ese día, y no solo me consoló a mí, sino que también pareció consolar a los estudiantes preocupados por mi bienestar. La Biblia dice: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.... Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad” (Salmos 91:1, 4). Los estudiantes que presenciaron lo que ocurrió y yo estuvimos cubiertos con Sus plumas, el amor de Dios, y protegidos de imágenes temibles.
El dolor se disipó muy rápido a medida que cedía a la única Mente. El uso de mis dedos no se vio afectado en absoluto y no volví a mirar las heridas. Las lavé y cambié las vendas durante unos días. Las heridas sanaron en muy poco tiempo, y era como si no hubiera pasado nada.
Es muy reconfortante saber que las leyes de la Ciencia divina que Jesús practicó a lo largo de su ministerio siguen siendo prácticas y demostrables hoy en día. Mary Baker Eddy organizó su iglesia para “conmemorar la palabra y las obras de nuestro Maestro, la cual habría de restablecer el cristianismo primitivo y su perdido elemento de curación” (Manual de La Iglesia Madre, pág. 17). Esta curación rápida y permanente es prueba de que el cristianismo sigue vivo hoy y que cualquier buscador sincero de la Verdad puede experimentar el poder sanador de la oración cristianamente científica al someterse a las leyes siempre presentes de Dios. Estoy agradecida de que mis estudiantes pudieran ver mis dedos el lunes siguiente y estuvieran felices de verlos completamente sanados.
Sheryl Bristow
Phoenix, Arizona, EE. UU.
