La culpa es una de las emociones más profundas que el corazón humano puede soportar. Susurra que lo pasado no puede repararse, que hemos fallado a alguien o a algo más allá del perdón. Y muchos de nosotros hemos sentido ese peso en algún momento. Sin embargo, la Ciencia Cristiana revela que la culpa, como todas las formas de sufrimiento, no tiene autoridad divina, porque Dios, el Amor divino, nunca creó un pasado que se deba revivir ni un error que no pueda redimirse.
Hace poco, alguien compartió que se sentía cargado de una intensa culpa al pensar que no había hecho lo suficiente por un familiar que ya había fallecido. Anhelaba encontrar paz, pero se sentía atrapado por el arrepentimiento, creyendo que no había forma de arreglar las cosas. Más tarde, mientras oraba sobre la conversación, me quedó más claro que la verdadera curación nunca viene de repasar la historia humana, sino solamente de comprender el hecho espiritual de la inocencia del hombre, la cual resulta de su conexión siempre presente con Dios.
La Biblia nos asegura que Dios es el Amor puro e inmutable, y que Su creación es la expresión del Amor. También implica que Dios es Todo-en-todo; por lo tanto, nada puede existir fuera de la bondad divina. Desde esta perspectiva, una sensación persistente de que quizá no hemos hecho lo suficiente puede disolverse mediante el reconocimiento de que la bondad de Dios que todo lo abarca eleva constantemente a todos. En casos más graves, la culpa puede ser una llamada de atención para detener el mal o para actuar correctamente. En cualquier caso, una visión errónea de nosotros mismos —un sentido falso de que hemos estado separados de Dios y estamos fuera de Su gracia— puede ser reemplazada por una comprensión más plena de que Dios nos hizo completamente buenos, y podemos vivir partiendo de esa base. Cristo Jesús no vino a condenarnos por una historia de deficiencias y fallos morales, sino a revelar la libertad, inocencia y relación ininterrumpida con el Amor divino que Dios nos otorgó.
Cuando Jesús le dijo a la mujer que estaba a punto de ser castigada por los funcionarios religiosos tras sorprenderla en el acto de adulterio: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11), estaba demostrando la capacidad del Amor divino para disolver completamente la culpa. No estaba ignorando el obrar mal, pero creo que sus palabras ayudaron a que ella reconociera su verdadera identidad como hija amada de Dios: pura, capaz de expresar fortaleza moral, libre de condena divina. En este sentido, el pecado y la vergüenza no podían permanecer.
No obstante, el perdón no es un intento emocional de suavizar el pasado; es el despertar espiritual que nos libera del pecado y de la creencia de que puede definirnos o separarnos de Dios. La culpa se desvanece cuando nos damos cuenta, en primer lugar, de que la Mente divina, Dios, nunca registró la mala conducta —que el hombre espiritual, hecho a imagen de Dios, nunca ha caído en desgracia—.
Esto no significa que ignoremos la responsabilidad moral. Ser un verdadero seguidor de Jesús requiere que enfrentemos nuestros pensamientos y acciones con honestidad y permitamos que el Amor divino los transforme —que nos reforme—. Mary Baker Eddy escribe: “La destrucción del pecado es el método divino del perdón” y “Reconocemos el perdón del pecado por Dios en la destrucción del pecado y en la comprensión espiritual que echa fuera el mal como irreal. Pero la creencia en el pecado es castigada mientras dure la creencia” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, págs. 339, 497).
Así que para mí esto significa que el mero remordimiento persistente no tiene valor sanador. El verdadero arrepentimiento eleva el pensamiento hacia Dios y lo reforma; la culpa lo arrastra hacia abajo. Uno restaura; el otro castiga. Uno abre el camino hacia adelante; el otro nos mantiene atrapados en el pasado. Esta reforma no es teórica; es la prueba viviente del renacimiento espiritual.
El apóstol Pablo comprendió esto plenamente. En una época, persiguió a los cristianos y era conocido como Saulo, y más tarde escribió: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13, 14). No trató de justificar su pasado, más bien, se negó a dejar que definiera su identidad. Al tomar consciencia de la verdad de las enseñanzas de Cristo Jesús sobre la verdadera naturaleza espiritual de Dios y del hombre, se convirtió en un instrumento de curación y progreso.
Cada uno de nosotros puede experimentar esa misma renovación. El cuidado del Amor divino está siempre presente y completo. La expresión del Amor es infinita e ininterrumpida. La creencia de que podríamos no amar lo suficiente se basa en el concepto erróneo de que el amor se origina en un corazón personal o en el esfuerzo humano. Pero el amor es de Dios, y lo que viene de Dios nunca puede ser incompleto ni retenido. Como dice Ciencia y Salud: “El Amor divino siempre ha respondido y siempre responderá a toda necesidad humana” (pág. 494). Eso incluye la necesidad de que haya reconciliación y paz.
Si alguien a quien amamos ha desaparecido de nuestra visión humana, puede parecer que no hay forma de rectificar una omisión pasada. Sin embargo, la ley de continuidad del Amor divino nos asegura que la vida y la consciencia son eternas. Nadie se separa jamás de Dios ni del desarrollo del bien. Cada motivo correcto, cada oración y acto de compasión, cada reconocimiento de la presencia del Amor bendice universalmente. Nunca es demasiado tarde para que la curación se sienta y se realice.
Tuve que aprender esto por mí misma. Un ser querido había pasado por un momento difícil, y después de su partida, a menudo volvía a pensar en lo que yo podría haber hecho diferente. Mis oraciones comenzaron con la pregunta “¿Cómo puedo arreglar las cosas?”, pero poco a poco cambiaron a “¿Qué sabe el Amor sobre esto ahora mismo?” Al volverme completamente a Dios, empecé a ver que, aunque habría dado cualquier cosa por cambiar el resultado, no podía cambiar el pasado. Pero podía orar para sentir la presencia del Amor allí mismo donde el dolor y el culparme a mí misma parecían justificados. Llegué a entender que el Amor divino nunca retiene su cuidado ni deja de satisfacer alguna necesidad. Lo que parecían oportunidades perdidas eran, en realidad, momentos aún abrazados en el cuidado constante del Amor. El arrepentimiento se fue disipando poco a poco —reemplazado por la tranquila certeza de que tanto mi ser querido como yo estábamos sostenidos en la misma ternura infinita de Dios—. La culpa simplemente se disolvió en gratitud, y la paz tomó su lugar.
Esta experiencia me ayudó a ver que la culpa no puede existir en la luz del Amor divino. El pasado que la mente mortal —la creencia errónea de que la vida y la identidad son materiales— condenaría es desconocido para el Espíritu, Dios, donde toda identidad es preservada en la bondad.
“Todo lo que es gobernado por Dios jamás está, ni por un instante, privado de la luz y el poder de la inteligencia y la Vida” (Ciencia y Salud, pág. 215). La oración no reescribe los acontecimientos; revela que nada real se ha apartado jamás del cuidado de Dios.
En la quietud de la oración, el Amor divino disuelve suavemente la narrativa falsa que hemos creído sobre nosotros mismos. El ministerio de Jesús no confirmó el fracaso como parte de quienes somos; descubrió nuestra armonía ininterrumpida con Dios, el bien. El supuesto registro del error es una ilusión, porque jamás está incluido en lo que el Amor divino conoce y preserva.
A veces, la persona más difícil de perdonar somos nosotros mismos. Sin embargo, el condenarse a uno mismo no es más legítimo que juzgar a otro. La Sra. Eddy aconseja tiernamente: “El olvido de uno mismo, la pureza y el afecto son oraciones constantes” (Ciencia y Salud, pág. 15). Olvidarse de uno mismo no es negación; es liberarse de un falso sentido de personalidad, historia y limitación para poder contemplar y actuar conforme a nuestra verdadera identidad espiritual.
A medida que nuestro pensamiento cede ante esta visión espiritual, la paz sustituye naturalmente el remordimiento. Empezamos a sentir el poder de la promesa de Jesús: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). La verdad de nuestro ser es que somos, y siempre hemos sido, inocentes expresiones del Amor divino. La oración nos hace tomar conciencia de que nuestra identidad e historia son espirituales, completas y siempre a salvo en Dios, el Espíritu.
Lo que sea que parezca acusarnos —arrepentimiento, pérdida, vergüenza o lo que quizá sintamos que fue una expresión insuficiente de amor— puede disolverse a la luz de esta comprensión. El pasado no puede aprisionar lo que Dios continuamente redime. El Amor que nos creó nunca deja de amarnos. A medida que aceptamos esta libertad, la gratitud reemplaza naturalmente al arrepentimiento, y avanzamos con una alegría y propósito renovados, plenamente en armonía con la bondad siempre presente del Amor.