He sido Científico Cristiano toda mi vida y testigo de muchas curaciones y pruebas del amor y la protección de Dios que he tenido. Di mis primeros pasos espirituales en la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana de mi iglesia en Buenos Aires, Argentina. Los conceptos espirituales que aprendí allí me ayudaron a comprender que mi Padre-Madre siempre está conmigo.
En los años 70, cuando aún estaba en la Escuela Dominical, me sentí inspirado a llevar siempre conmigo la Biblia y el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy. Siempre que tenía un momento libre, me tomaba un tiempo para leer algunos pasajes de estos libros. Esto elevaba mi pensamiento y aportaba nuevas perspectivas a las situaciones de la vida diaria.
En esos primeros años de estudio de la Ciencia Cristiana, ocurrieron dos sucesos significativos que fortalecieron mi confianza en Dios y se convirtieron en la base de muchas más experiencias sanadoras en los años siguientes.
Una vez, estaba visitando Uruguay junto con otros estudiantes de la Escuela Dominical, y nos alojábamos con un miembro de la iglesia, cuando de repente, empezó una manifestación política frente a su casa. Teníamos que salir del departamento, pero era difícil y todos empezamos a sentir miedo.
En ese momento, me volví a Dios con todo mi corazón y me sentí inspirado a decirles a mis amigos que no miraran por la ventana, sino que oraran juntos el Padre Nuestro, que, según Ciencia y Salud, es la “oración que cubre todas las necesidades humanas” (pág. 16). Todos sentimos paz y confianza, y unos minutos después, la manifestación se disolvió y pudimos salir de la casa con seguridad. Realmente sentí que nunca estuvimos fuera del cuidado de Dios.
Unos años después, otra experiencia fortaleció mi comprensión espiritual. Vivía en el pueblo de Santa Teresa, en Santa Fe, Argentina, trabajando como gerente de una planta de acopio de cereales. Mi cuñado, que en ese momento era piloto de avión, me animó a aprender a volar. Me informó de que el costo de las horas de vuelo para obtener el brevet de piloto era muy asequible, ya que estaba subvencionado por el gobierno militar. Así fue como empecé a volar con un instructor en un pequeño avión, un Cessna 150. Después de varias horas volando con el instructor, él consideró que estaba listo para hacer mi primer vuelo en solitario. El aeroclub tenía dos pistas: una sin pavimentar con orientación este-oeste y otra pavimentada con orientación norte-sur.
El objetivo del instructor era que volara solo e hiciera varias veces un “circuito tránsito”, que consiste en despegar y aterrizar repetidamente. Ni bien el avión tocaba tierra al aterrizar, se suponía que debía acelerar y despegar nuevamente.
Había llegado el día de probar esto. Como había practicado, rodé el pequeño avión hasta la cabecera de la pista asfaltada, listo para despegar correctamente, contra el viento, que en ese momento era del norte.
Aceleré a fondo y despegué correctamente; pero ya en el aire, el viento empezó a venir del noroeste, con bastante más fuerza. Entonces tuve que elegir en cuál de las dos pistas intentaría aterrizar, porque las dos eran una posibilidad y en ambos casos tendría un fuerte viento cruzado.
Creyendo que la pista de tierra era más blanda, intenté aterrizar en ella; pero ni bien las ruedas tocaron el suelo, el viento fuerte me sacó de la pista, por lo que aceleré a fondo para despegar nuevamente.
Completé el circuito tránsito por segunda vez e intenté aterrizar de nuevo, con el mismo resultado; el fuerte viento cruzado me sacó de la pista y tuve que despegar nuevamente.
Después de rebotar dos veces, tuve miedo de no poder aterrizar bien ni detener el avión. Seguir volando hasta quedarme sin combustible no era una opción. Además, el avión no tenía radio y no había teléfonos celulares en aquel entonces, así que no podía preguntarle al instructor qué hacer.
Desde arriba, miré hacia el hangar y vi al instructor cargando los matafuegos en la camioneta y dirigiéndose hacia la pista de tierra.
En ese momento, empecé a sudar frío, algo que nunca había experimentado antes. Era imprescindible que aterrizara el avión.
Recordé que “la necesidad extrema del hombre es la oportunidad de Dios”. Esto me ayudó a ver que, aunque la situación realmente parecía extrema, Dios es aún más grande. Él estaba conmigo. Muchos pasajes de la Biblia y de Ciencia y Salud me vinieron al pensamiento, y una sensación de calma me embargó. Sentí que Dios me guiaba claramente para apuntar el avión hacia la pista de tierra, y aterricé con seguridad. ¡Todos se alegraron! Finalmente, unos meses después, completé las horas necesarias de vuelo en solitario y pude rendir y aprobar el examen de piloto de avión monomotor. En los años siguientes, la idea sencilla pero profunda que aprendí en la Escuela Dominical, de que nunca estoy fuera del cuidado de Dios, ha demostrado ser cierta.
