Años después de terminar la escuela, mi mamá me enseñó una nota que había guardado todo ese tiempo para recordarle una curación que yo había tenido a través de la oración en la Ciencia Cristiana.
Era un informe muy gastado de padre-maestro, en el que mi maestra de segundo grado de primaria había escrito que yo era una niña feliz y obediente, pero que siempre sería una alumna mediocre. Era la lectora más lenta de la clase.
Seguí siendo la más lenta con el paso de los años. Me costaba ver las palabras y las letras porque parecían moverse. Las b y d minúsculas eran especialmente malas; se alternaban todo el tiempo.
No se lo había contado a nadie porque nadie me preguntó, y no sabía que eso no les pasaba a los otros niños. Simplemente pensaba que eran más rápidos para captar las palabras antes de que cambiaran. Es posible que en aquellos días los maestros no supieran que debían hacerse pruebas de dislexia. Todos, incluyéndome a mí, simplemente creían que yo era “lenta”.
Tampoco sabía que durante cuarto y quinto grado de primaria, mis padres oraban por esto con una practicista de la Ciencia Cristiana. Durante esos años, me apoyaron en extremo: siempre me ayudaban a organizar mis libros y papeles para hacer los deberes y comprobaban si los había terminado.
Como resultado de su apoyo, solo recuerdo cuánto me gustaba la escuela. Disfrutaba especialmente la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana. Aunque no era muy buena leyendo en voz alta cuando me llamaban, era muy buena para memorizar pasajes bíblicos.
Aunque no lo sabía en ese momento, mi maestra de la Escuela Dominical de quinto grado también era la practicista de la Ciencia Cristiana que oraba con mis padres. Un domingo, me dijo que el tema de la semana siguiente para la Lección Bíblica del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana era “Mente”. Me animó a decirme a mí misma cada mañana, cuando leía la lección, que “¡porque Dios es Mente, el hombre es inteligente!”
Sabía a qué se refería. Había estado aprendiendo que Mente es un sinónimo de Dios. Sabía que en el primer capítulo del libro del Génesis, la Biblia dice que Dios hizo al hombre, varón y hembra, a imagen y semejanza de Dios (véase versículos 26 y 27). Así que, si Dios es Mente, en realidad todos reflejamos la inteligencia divina. Sabía que mi maestra me estaba ayudando a saber que, como reflejo de la Mente, yo era inherentemente inteligente.
Cada día de esa semana, sostenía en mi regazo mis ejemplares de la Biblia y Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy —en los que, como siempre, mamá me había ayudado a marcar la Lección— y trataba de leer una sección de la Lección. Cuando terminaba, oraba en silencio: “Gracias, Dios. Porque Tú eres la Mente, yo soy inteligente”.
Mi clase en la escuela tenía un periodo de “lectura libre” en el que cada alumno podía elegir cualquiera de los libros de la esquina de la biblioteca de nuestra aula. En la pared había un organigrama grande con nuestros nombres y un renglón junto a cada nombre donde podíamos colocar una estrella dorada por cada libro que terminábamos. Para entonces, la mayoría de los alumnos tenían muchas estrellas. Yo solo tenía unas pocas.
Ese viernes, me atraían mucho los coloridos libritos. Cuando terminé un libro, puse una estrella. Leí otro y aprendí una palabra nueva. Cuando fui a poner una estrella para ese libro, mi maestra me llamó a su escritorio. Me preguntó por qué estaba poniendo estrellas. Entendí que se preguntaba si realmente había leído esos libros. Pero no me importó. Me alegré de contarle todo sobre ellos. Se sorprendió mucho.
Esa primavera, el maestro de la clase de honores de sexto grado vino a hablar conmigo. Dijo que había oído cuántos libros estaba leyendo y lo bien que me iba en todos mis trabajos y exámenes. Me preguntó si quería estar en su clase el año siguiente, y acepté.
Me costó un tiempo darme cuenta de que las palabras y letras ya no se movían como antes. Nunca me faltó inteligencia ni vista —simplemente me costaba conectar las letras con sus significados—. Pero comprender y confiar en que Dios nos hace a todos perfectos satisfacía mis necesidades y me mostraba mis capacidades.
Estoy agradecida de que estudiar la Ciencia Cristiana me haya enseñado que “la Mente controla el cuerpo y el cerebro” (Ciencia y Salud, pág. 79). Terminé la escuela, me gradué de la universidad y obtuve un máster, todo con los máximos honores. Y todavía me encanta leer.
Chestnut Booth
Godfrey, Illinois, EE. UU.
