Después de graduarme de la universidad, anhelaba hacer algo creativo.
Había sido redactora del periódico de mi bachillerato y me había graduado de la universidad en periodismo, sin embargo, me resultaba difícil ver las noticias de las cadenas de televisión, ya que a menudo estaban llenas de contenido sensacionalista o trágico. En lugar de centrarme en lo negativo, quería crear programas de televisión constructivos y orientados a la solución.
Un pasaje del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, guio mis siguientes pasos: “El Amor inspira, ilumina, designa y va adelante en el camino. Los motivos rectos dan alas al pensamiento, y fuerza y soltura a la palabra y a la acción” (pág. 454).
Todos con los que hablé sobre encontrar trabajo en televisión me advirtieron de que era un campo competitivo y que sería más fácil empezar en un pueblo pequeño que en la gran ciudad donde vivía. Los versículos bíblicos de Proverbios 16 que un amigo compartió conmigo me animaron a confiar en que Dios haría claro el camino a seguir: “Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua” (versículo 1), y “Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (versículo 3).
En lugar de comunicarme con los departamentos de empleo de las cadenas de televisión, fui guiada a llamar directamente a los empleados y pedirles unos minutos para contarme sobre su trabajo y cómo habían empezado sus carreras. En mi primera reunión, en una pequeña cadena local, el productor señaló montones de videocasetes que le enviaron personas que buscaban empleo. Insistió en que no me contratarían sin tener experiencia previa. Sin embargo, al día siguiente, un productor con el que me había reunido en una gran cadena de televisión me dijo que su asistente había renunciado abruptamente y preguntó: “¿Cuándo estás disponible para empezar?”
Estaba muy agradecida por esta oportunidad inmediata. A pesar de que era un salario inicial bajo y no tenía beneficios, me encantaba el trabajo. Asistía a almuerzos comunitarios mensualmente, aprendía cómo afrontaban los funcionarios públicos sus mayores desafíos, y desarrollé una serie de programas de entrevistas con líderes comunitarios trabajando activamente para resolver los problemas que enfrentaban y compartiendo ejemplos de su éxito.
Mi salario aumentaba gradualmente cada año y, finalmente, me dieron beneficios, pero el mayor problema que tenía era que mi jefe recibía el crédito por los programas que yo producía. Aunque yo hacía toda la planificación, el guion y la contratación, y reservaba el equipo y el tiempo en el estudio, mi jefe llegaba tarde regularmente a las grabaciones de los programas de fin de semana y a menudo no venía a trabajar.
Cuando mis compañeros me preguntaron cómo podía seguir trabajando para él, les dije que no iba a dejar que esta injusticia me obligara a irme. Sabía que Dios era mi verdadero empleador y me había puesto donde podía hacer una contribución positiva. Con un jefe ajeno a la acción, tenía la libertad de crear los programas que quería hacer y que ayudaran a las comunidades locales y nacionales a buscar soluciones a sus necesidades, y no quería renunciar a mi misión de marcar la diferencia. En la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana había aprendido que bendecir al prójimo cumple el propósito de Dios, y que cosechamos lo que sembramos.
Otro problema era la inmoralidad generalizada en el departamento y en toda la estación. Cuando me hice miembro de una filial local de la Iglesia de Cristo, Científico, y me convertí en asistente de la Sala de Lectura, las horas que pasé estudiando allí me dieron fuerzas para adherirme a la moralidad y no abandonar mi misión de bendecir a la comunidad.
En particular, estudié una discusión en Ciencia y Salud sobre los modelos de pensamiento espiritual, que fue de gran apoyo. Explica: “Debemos formar modelos perfectos en el pensamiento y mirarlos continuamente, o nunca los esculpiremos en vidas grandes y nobles” (pág. 248). Me esforcé por intercambiar el falso modelo que presenta al hombre, la creación de Dios, como material por la verdadera idea de que el hombre es la semejanza espiritual de Dios, y me propuse apreciar las buenas cualidades que expresaban mi jefe y los demás a mi alrededor. Encontré formas creativas de aportar esta comprensión de la verdadera naturaleza espiritual del hombre a mi trabajo.
Mi persistencia y mis oraciones fueron recompensadas. Me pidieron que produjera programas para otros productores cuando estaban de vacaciones, y la productora principal del departamento me pidió que la ayudara a crear un nuevo programa infantil. Con el tiempo, viajé por el mundo y tuve muchas oportunidades de aprender nuevas habilidades y entrevistar a personas influyentes.
Mary Baker Eddy escribe en La unidad del bien: “[Dios] tiene misericordia de nosotros y dirige todas las actividades de nuestra vida” (págs. 3-4). Si nuestro motivo es bendecir, tendremos la oportunidad de expresar los talentos que Dios nos ha dado en inesperadas y expansivas direcciones.
