Mucho en nuestras vidas está dictado por nuestro lugar de nacimiento y ciudadanía. En el mundo actual, estos factores determinan qué derechos podemos ejercer, incluido dónde podemos vivir. Pero cuando las instituciones o circunstancias externas comprometen o no reconocen ni respetan nuestros derechos, parecería que pueden dejar nuestras vidas en el limbo.
¿Tenemos entonces algún recurso para la estabilidad y la felicidad; para el derecho y la habilidad de reclamar y recuperar nuestras libertades individuales?
La Ciencia Cristiana enseña que sí lo tenemos. El estudio de esta Ciencia eleva el pensamiento a una base más elevada y más espiritual, desde la que percibimos que nuestra verdadera identidad incluye libertades inherentes y derechos individuales que provienen de Dios, el Espíritu divino. Cuando comprendemos que tienen su origen en el Espíritu, están sostenidos por la ley espiritual y son, por ende, inexpugnables, somos capaces de ejercer nuestro dominio espiritual innato para reclamar esos derechos que Dios nos ha dado.
Aprendí esto hace algún tiempo. Cuando cumplí veintiún años, una negligencia consular me privó de la ciudadanía naturalizada y me dejó apátrida durante siete años. La situación se agravó por el hecho de que había vivido en muchos países diferentes. De hecho, tenía solo tres meses cuando crucé el océano Índico y dejé mi país natal de forma permanente, y para cuando tenía siete, mi familia se había mudado de país cinco veces. Aunque la pérdida de la ciudadanía amenazó mi sentido de independencia, estabilidad, seguridad, oportunidad e identidad, también me llevó a reflexionar más profundamente sobre qué proporciona estos elementos esenciales y les da permanencia en nuestras vidas.
Cristo Jesús es el Ejemplo para los cristianos, así que fue una inspiración natural para mí. Nunca dudó de su identidad espiritual ni de su origen divino ni por un momento. Animó a todos sus seguidores a reconocer a Dios, el bien, como su Padre y guía siempre presente, como la autoridad suprema y como quien tiene jurisdicción sobre todo. Cuando el mundo trató a Jesús como un impostor en lugar del Mesías profetizado, su lealtad a su misión sanadora permaneció firme porque sabía que era el Hijo de Dios, que Él lo había enviado para ser el Salvador del mundo.
Mientras predicaba el evangelio, Jesús a menudo viajaba largas distancias a pie de ciudad en ciudad, confiando en la hospitalidad de sus seguidores para encontrar un lugar donde descansar. Aunque no tenía una dirección física permanente que sepamos, sabía que vivía en la armonía del Espíritu divino, el único Dios. Como dice la Escritura acerca de Dios, “En él vivimos, y nos movemos y tenemos nuestro ser” (Hechos 17:28, KJV).
El efecto de la incomparable comprensión espiritual de Jesús fue que aquí mismo en la tierra sintió la paz espiritual y la seguridad de este refugio divino. Sus maravillosas curaciones descansaban en el conocimiento de que cada uno de los hijos de Dios vive en la armonía del Espíritu, está validado por Dios y posee las libertades y derechos inalienables inherentes a todos como descendientes de Dios.
Mientras oraba para verlo por mí misma, encontré una hermosa promesa para la humanidad en estas palabras del libro de texto de la Ciencia Cristiana: “Un Dios infinito, el bien, unifica a los hombres y a las naciones; constituye la hermandad del hombre; pone fin a las guerras; cumple el mandato de las Escrituras: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’; aniquila la idolatría pagana y la cristiana —todo lo que está errado en los códigos sociales, civiles, criminales, políticos y religiosos; equipara los sexos; anula la maldición que pesa sobre el hombre y no deja nada que pueda pecar, sufrir, ser castigado o destruido—” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 340). Tras repetidos esfuerzos infructuosos durante los siete años anteriores para corregir el mal de quedarme apátrida, mis oraciones me permitieron superar un creciente sentimiento de desesperación.
Confiada en que el único Dios tiene la autoridad suprema y corregiría el error, tuve la inspiración de acudir a las autoridades diplomáticas del país donde vivía. Esto los llevó a descubrir un error administrativo y mi ciudadanía fue restaurada de inmediato.
Más tarde recibí una disculpa oficial y una oferta de compensación económica por parte del gobierno, señalando que mi caso no tenía precedentes. Pero rechacé esta oferta porque no deseaba aceptar que una institución humana pudiera controlar realmente mi vida y su movimiento. Sentía muy tangiblemente que solo Dios me guiaba y gobernaba y que los años de ser apátrida —incluyendo el tiempo en un centro de detención en un aeropuerto y la amenaza de deportación— habían sido, sobre todo, años de actividad y crecimiento espirituales y de una comprensión cada vez mayor de mi verdadera herencia como hija de Dios. Aunque seguía los requisitos de las políticas migratorias conforme a la ley, había visto con mayor claridad que mi identidad no está definida ni limitada por una burocracia estatal ni por una historia personal y que la misión que Dios me había dado en la vida no podía ser frustrada.
La Biblia ofrece ejemplos de cómo este maravilloso hecho espiritual se aplica a todas las personas. Por ejemplo, el profeta Elías enfrentó muchas amenazas a su misión. En un momento, sintiéndose completamente solo y derrotado, se sentó bajo un árbol desesperado, pidiendo a Dios que le quitara la vida (véase 1 Reyes 19). Inspirado por Dios a ir al monte Horeb, enfrentó un viento furioso, un terremoto y un incendio. Tras estos turbulentos acontecimientos, la Biblia afirma que Dios no estaba en el terremoto, el viento ni el fuego. Al igual que la “historia contada por un idiota” descrito en Macbeth de Shakespeare, estaba “llena de ruido y furia, que no significa nada”.
Fue entonces cuando Elías escuchó “una voz apacible y suave” —la Palabra de Dios tranquila, clara y constante, que lo animaba y fortalecía espiritualmente—. Percibió que Dios, el Espíritu divino, tenía el control, el único poder gobernante, y que su misión no podía fracasar. Fortalecido, Elías lo demostró indiscutiblemente.
La Biblia, mina de oro de historias y verdades inspiradoras, reitera cuán integral e invencible es el amor de Dios por Su preciosa creación. Nos dice que somos mucho más de lo que los sentidos físicos reconocen. Nuestra individualidad, por ser totalmente espiritual, pertenece indivisible e indisolublemente a Dios. No somos mortales aislados ni solitarios y nunca estamos en el limbo ni librados a defendernos impotentes por nosotros mismos. El hecho de que pertenecemos a Dios y vivimos en la eternidad, en la estabilidad, seguridad y prosperidad de Su reino, se basa en una ley fija o en un Principio divino —en la verdad incuestionable de que una idea de Dios no puede ser separada de la Mente que la concibe y que por sí sola nos da a cada uno nuestra identidad—.
Nos sentimos, y estamos, seguros cuando estamos con esta realidad espiritual. Al volvernos de todo corazón al Espíritu, vemos que nada puede despojarnos de nuestro derecho espiritual de nacimiento, la identidad irrevocable y la ciudadanía que todos compartimos —en otras palabras, aquello que Dios nos ha dado—. Todos somos beneficiarios divinamente aprobados de la bondad de Dios, quien define y defiende nuestra valía y propósito incuestionables.
