En la secundaria, no era muy buen estudiante. Las matemáticas eran aburridas y no podía responder preguntas en los cuestionarios; así que, en cambio, simplemente escribía respuestas sin sentido y jugaba juegos. Mis profesores pensaban que era tonto cuando se trataba de las matemáticas simples, y yo también.
Los administradores del colegio les dijeron a mis padres que nunca lograría cursar estudios superiores y que sería prudente sacarme del colegio y enviarme a una escuela de oficios, ya que jamás sería admitido en la universidad. Mis padres aceptaron sacarme, pero en lugar de enviarme a una escuela de oficios, me matricularon en un internado privado lejos, en Maine.
Al principio, no había mucho progreso en el nuevo colegio, lo cual me preocupaba, debido a que le costaba mucho dinero a mi familia y yo no mejoraba. Estaba convencido de que las matemáticas no eran algo en lo que llegaría a ser bueno.
Un sábado por la noche, antes de los rigurosos exámenes al final de mi primer semestre, estaba sentado solo en mi habitación de la residencia cuando un pensamiento empezó a repetirse en mi mente: “El Señor es mi salvación”. Sabía que esas palabras formaban parte de un versículo bíblico (Salmos 27:1, KJV), pero realmente no significaban nada para mí. Aun así, no podía sacármelas de la cabeza.
Esa noche, hubo una gran nevada que limitó la asistencia a la iglesia a la mañana siguiente. Incluso cuando estaba fuera de casa, había estado asistiendo a una Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana. Pero debido a la tormenta, fui la única persona en la Escuela Dominical ese domingo aparte de la maestra. Le conté el pensamiento que había tenido. Ella dijo que debíamos buscar la definición metafísica de salvación en el Glosario de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy. Es la siguiente: “La Vida, la Verdad y el Amor comprendidos y demostrados como supremos sobre todo; el pecado, la enfermedad y la muerte destruidos” (pág. 593).
No era raro que leyera algo de Ciencia y Salud en la Escuela Dominical, pero esto era de alguna manera diferente. Algo nuevo que me llamó la atención. Aunque desde hacía tiempo estaba familiarizado con las palabras Vida, Verdad y Amor como nombres para Dios, ahora veía que la salvación significaba comprender y demostrar estos aspectos de la naturaleza de Dios.
¡Vaya! Sabía que esto era algo que necesitaba hacer y podía hacer: Puesto que Dios me creó, era natural para mí expresarlo de esas maneras. Esto fue un llamado a la acción, y vi que no había nada que no pudiera hacer si expresaba las cualidades de Dios. ¡Ni siquiera matemáticas! La Sra. Eddy no lo habría escrito así si no fuera cierto para todos, incluido alguien como yo.
Me relajé de inmediato. Todo mi temor y ansiedad por las matemáticas desaparecieron.
Al año siguiente, tuve una clase de geometría. Mi profesor escribía un problema en la pizarra y me preguntaba si lo había resuelto de la mejor manera. Normalmente yo le mostraba a la clase una solución mejor. Él sabía que yo entendía los principios.
Terminé mi bachillerato en la Lista del Decano —un honor académico por tener buenas notas— y fui aceptado en una facultad de ingeniería en Boston.
Mi último curso de matemáticas en la universidad fue cálculo; y el examen final consistía en resolver un problema que requería unas tres páginas de escritura para completarse. Nunca había visto ese tipo de problema antes, pero sabía qué debía hacer.
Más tarde, mientras hacía fila en el ensayo de nuestra ceremonia de graduación, mi profesor de matemáticas se me acercó y dijo que yo había resuelto mejor el problema del examen que cualquier otro alumno que hubiera tenido.
Gracias a la visión espiritual original que había recibido, a partir de entonces, tuve facilidad para las matemáticas. Mi experiencia en la Escuela Dominical durante el bachillerato cambió completamente las cosas para mí. Me mostró que reflejo de forma natural todas las cualidades de Dios y que la salvación es el resultado de expresarlo a Él. Lo único que tenemos que hacer es escuchar y responder a este llamado a la acción.
