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Para jóvenes

¿A dónde estás buscando tu valor?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 19 de agosto de 2019


Estaba a punto de graduarme de la preparatoria y, con todas las conversaciones sobre los logros pasados y planes futuros, era difícil no compararme con los demás. Estuve sumamente ocupada en los cuatro años del bachillerato. Tomé muchas clases difíciles de Nivel Avanzado, realicé varios cursos optativos y pasé interminables horas en actividades extracurriculares. Pero a pesar de todo eso, no me reconocían de la misma manera que a muchos de mis compañeros.

Por ejemplo, por cada logro, un graduado recibiría un distintivo para usar el día de la graduación. Al compararme con mis amigos, que tenían un puñado de medallas y cordones para lucir en sus togas, automáticamente me sentí menos. Aunque había realizado más de cuatrocientas horas de servicio comunitario y me habían otorgado el Premio del Congreso, mis logros se debían principalmente a un programa externo y mi escuela no los reconoció.

Del mismo modo, yo quería continuar mi educación más allá del bachillerato. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de mis amigos, que asistirían a universidades de prestigio, no me sentía bien preparada para ir directamente a una universidad. Había decidido que iría a un colegio comunitario y luego me transferiría a una universidad. Aunque sabía que esta era la decisión correcta para mí, no pude evitar sentirme insegura, como si yo fuera la intrusa.

No fue fácil admitir que estaba en problemas, porque era vergonzoso reconocer que me sentía vulnerable por algo tan superficial como la vestimenta para graduarme o no ir a una universidad de renombre. Pero para mí, fue el primer paso hacia la curación. Ser honesta conmigo misma me permitió ver los sentimientos por lo que eran y luego lidiar con ellos como he aprendido a hacer en la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana.

Pensé en lo que me había motivado a hacer las cosas que había hecho en la escuela secundaria. Nunca fue con la intención de engrosar mi currículum o de obtener ciertas recompensas u honores. Me apasionaban esas actividades, así que las realicé. Me apasionaba ayudar a mi comunidad y quería ayudar tanto como pudiera; así fue como terminé haciendo todas esas horas de servicio comunitario. Me di cuenta de que había verdadero amor detrás de mis acciones, entonces pude ver que estaban motivadas por Dios, puesto que Él es Amor. Comprendí que lo que importaba era ser guiada por Dios para hacer el bien y expresarlo a Él, no si me reconocían o no por esto el día de la graduación.

También oré por las inseguridades que sentía por haber tomado esa decisión acerca de la universidad. Volví una y otra vez a estos versículos de Proverbios: “Confía en el Señor con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento. Busca su voluntad en todo lo que hagas, y él te mostrará cuál camino tomar” (3:5, 6, Nueva Traducción Viviente). Había visto muchas veces en el pasado que realmente podía confiar en Dios, porque Él es el bien, el bien universal, infinito.

Cada vez que he retrocedido, dejando los pros y los contras de una decisión y poniendo de lado mis propios deseos para confiar completamente en Dios, el resultado siempre ha sido bueno. Y también siempre ha sido mejor que cualquier cosa que pudiera haber planeado o hecho por mí misma. Pensar en mi decisión sobre la universidad de esta manera me ayudó a darme cuenta de que podía sentirme tranquila al respecto y confiar en que no me estaría perdiendo de nada.

Comprendí que mi valor no está definido por cosas externas como la universidad a la que asisto o la insignia que llevaba al graduarme. Mi valor viene de Dios. Una vez que consideré mi valor desde el punto de vista de las cualidades de Dios que expreso (honestidad, amor, gratitud, fortaleza), me di cuenta de que realmente no me puede faltar nada ni soy menos que los demás. Soy completa, porque así me hizo Dios.

Un año después de esta experiencia, puedo decir que, aunque sigo aprendiendo lecciones sobre las comparaciones, me siento más segura de mi valor y no cambiaría mi camino por nada. Ahora puedo ver cuán dirigido por Dios, y completamente bueno, es realmente.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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