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Atendiendo las necesidades del mundo en general

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 31 de agosto de 2026


Cristo Jesús habló una vez de la necesidad de ir a “los lugares vecinos”. Había entrado en la casa de Pedro y Andrés, dos de sus discípulos, y le dijeron que la suegra de Pedro tenía mucha fiebre. Jesús se acercó a su lado, le tomó la mano, la ayudó a levantarse y fue sanada (véase Marcos 1:29-31). Y su demostración del poder y el amor del Espíritu, Dios, para satisfacer todas las necesidades no se detuvo ahí. La compasión de Jesús era ilimitada y desinteresada. No solo pudo ayudar a la suegra de Pedro, sino que también estaba deseoso de ayudar a quienes estaban incluso más allá de su círculo. Más tarde dijo a sus discípulos: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido” (Marcos 1:38).

Los ejemplos de curación de Jesús, tanto antes como después de esta declaración, también fueron momentos de enseñanza. Implicaron el mensaje más amplio de que el cristianismo no es estático ni localizado. Tampoco lo es la práctica de la curación y reforma cristiana, como Jesús la enseñó y como explica más ampliamente la Ciencia Cristiana.

Al ponernos en los zapatos de los primeros cristianos, vale la pena plantearse esta pregunta: Cuando vemos evidencias notables del poder de Dios, ¿vamos voluntariamente en una dirección similar, atendiendo las necesidades de un mundo más amplio? ¿O sucumbimos a la tentación de quedarnos quietos, de permanecer en un entorno familiar y no aventurarnos en nuevas comunidades, nuevas circunstancias, nuevas experiencias?

El ejemplo de Jesús nos muestra que crecer espiritualmente significa que nuestro amor por Dios y por nuestros semejantes está aumentando. Estamos aprendiendo más sobre la idea de que cada persona es el hijo de Dios, y lo que significa ser la semejanza, o expresión, del Amor infinito. Pensamos más profundamente en este Espíritu del todo amoroso e infinito, la Vida divina, como la fuente de nuestra vida, de la vida de todos. Como muestran las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, el Amor y la  Vida son infinitos y sinónimos.

En la vida de Jesús, vemos de lo que es capaz el hombre cuando sus pensamientos y objetivos se vuelven hacia el Espíritu y son expansivos. Tener la Mente de Cristo es apartarse naturalmente de las limitaciones del egoísmo o la indiferencia y esforzarse, en cambio, genuinamente por comprender y tener compasión por las necesidades de los demás —y responder con la oración a esas necesidades—. Es alejarse del materialismo, con sus límites, dolores y dolencias, y aceptar el sentido más elevado y más verdadero de la vida y la naturaleza humana como totalmente espiritual y buena.

A medida que lo hacemos, esta conciencia más espiritual se vuelve constante y natural para nosotros, manifestándose como un crecimiento de nuestra capacidad y deseo de ayudar y sanar a los demás. La Descubridora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, experimentó esto ella misma, ya que su amor por Dios y su estudio de la Biblia la sacaron de la invalidez hacia una vida sólida dedicada a sanar y a enseñar a otros a sanar. En su libro de texto sobre la Ciencia Cristiana explicó: “Los mortales deben gravitar ha­cia Dios, espiritualizando sus afectos y propósitos —deben acercarse a interpretaciones más amplias del ser y obtener un sentido más acertado del infinito— a fin de poder despojarse del pecado y la mortalidad” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 265).  

Una de las interpretaciones más amplias del ser que se revela en la Ciencia Cristiana es la totalidad de Dios, del Amor. Comprender este hecho tiene el potencial fenomenal de ampliar y eliminar los límites de nuestras vidas y de nuestra capacidad para traer curación y renovación a una esfera más amplia de la humanidad.

Cuando hacemos esto, descubrimos que es natural dejar de lado los pecados de la voluntad propia, la justificación propia y la indiferencia. La inercia y la tendencia a evitar la interacción con los demás tienden a sofocar la vida en lugar de satisfacerla; por lo que reconocemos la necesidad de estar alerta para resistir el impulso de restringir el bien que podemos hacer al ceder a estas tentaciones. Estas formas sutiles de resistencia al crecimiento espiritual no son características de nuestro verdadero ser; mientras que la humildad, la generosidad, el afecto, la inclusión, la bondad y el cuidado son la expresión del Amor, y así expanden la demostración de nuestra verdadera naturaleza. 

Jesús alentó a sus seguidores a dejar brillar su luz, no a mantenerla oculta, al decirnos a todos: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).  

Jesús fue el modelo de lo que significa ser uno con la vida y el amor que se encuentran en el Espíritu, que no tiene límites. Sabiendo que Dios es Amor, Jesús actuó partiendo de la base de que nuestra propia naturaleza y plenitud como semejanza de Dios es amar a los demás sin reservas. Sabía que era su llamado, y, por lo tanto, el llamado de sus seguidores.

Amar sin reservas, tener el deseo de comprender, ayudar y sanar a otros abre las ventanas del reino de los cielos que Jesús dijo que está dentro de nosotros. Empieza a mostrarnos la presencia del Amor aquí y en todas partes, con nosotros y con los demás, de una comunidad a otra.

RUSS GERBER
Escritor de Editorial Invitado

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