A veces se sugiere que, si uno está comprometido en servir a la iglesia en un puesto de cierta importancia, es objeto de pensamientos y fuerzas malignas que pueden poner en peligro su seguridad. Tal afirmación no resiste un mayor análisis. Su total opuesto es lo real. Al servir a Dios, alineando nuestro pensamiento y nuestra vida con la voluntad y el propósito divinos, al ser obedientes a la llamada del Padre, nos acercamos a Él, somos más conscientes de Su presencia que todo lo abarca y encontramos que la seguridad y la protección solo pueden hallarse mediante la unidad consciente con el bien.
Si servir a Dios conllevara castigo, entonces la indiferencia hacia Dios, o servir al mal, sería el camino lógico hacia la seguridad. Pero todo creyente en Dios sabe que eso no es cierto.
Lo importante para quien trabaja activamente en el servicio a Dios —ya sea como practicista, maestro, conferenciante, lector, miembro de la iglesia en una junta o comité— es vigilar sus propios pensamientos. Debe asegurarse cada día de no permitir que, ni la más mínima sugestión negativa, se aloje en su conciencia que pueda posteriormente ser blanco del mal. Tales sugestiones producen falsos temores sobre los que el mal se apoya para pretender tener el poder de confundirlo o afectar negativamente su buena labor. Que se pregunte: ¿Puede el hombre ser a la vez hijo de Dios y blanco del mal? ¿Puede Dios permitir incluso por un solo momento la intrusión del mal en Su testigo o representante? ¿Es Dios Todo-en-todo y, por lo tanto, el mal nada es, o será que tanto Dios como el mal tienen su propia existencia?
Incluso si alguien que quizá ha estado interesado en la Ciencia Cristiana por más tiempo que él mismo, le advierte que su actividad al servicio de Dios puede ponerlo en peligro, ¿debe por eso creerlo? ¿Tiene la superstición de un mortal más peso para él, que la ley de Dios? Que se pregunte: ¿Cuántos poderes hay? ¿Cuántas causas tienen relación con mi ser? ¿Castiga Dios, el bien, a quien obedece Su voluntad? ¿Es la inseguridad, el castigo, o la maldición la recompensa a la obediencia a mi Creador? Qué absurdo es sugerir tal posibilidad.
Afortunadamente, la Ciencia Cristiana muestra la imposibilidad de que el mal, llamándose un mortal envidioso, crítico o malicioso, pueda tener el más mínimo poder, autoridad o control sobre la vida, la salud, la alegría, el éxito o la actividad del hombre. ¿Por qué? Porque el hombre es ciento por ciento obra de Dios. Porque Dios siempre ha tenido todo el poder que realmente existe y no lo ha compartido ni lo puede compartir con Su opuesto negativo, el mal. Porque el poder de Dios es el poder del bien, del Amor, de la Vida. Nunca hace otra cosa que bendecir, proteger, sostener y preservar a los Suyos.
El Maestro expresó una gran verdad científica cuando dijo a sus discípulos: “He aquí os doy potestad... sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10:19). El problema es que no siempre hacemos el esfuerzo decidido e incesante de “mirar” el don del poder e inmunidad que el Cristo nos está haciendo siempre. Sin duda, el gran Maestro pretendía que sus discípulos comprendieran que la idea-Cristo, que él proclamó a los hombres, establece la superioridad absoluta y diaria del individuo frente a “todo el poder del enemigo”, demostrando así la impotencia del mal.
Solo cuando uno, por ignorancia, consiente mentalmente en salir de la Ciencia del Cristo, en alejarse de la verdadera idea de Dios y el hombre, y en creer que hay una causa y un poder malignos que pueden actuar a través de los mortales que piensan materialmente, uno es susceptible a las sugestiones mentirosas del mal. El mal solo puede alcanzar el pensamiento de quien cree en él. Como se cita en un artículo titulado “No Evil Power” [No hay poder maligno], que apareció en The Christian Science Journal de agosto de 1912 (pág. 263), nuestra Guía, Mary Baker Eddy, escribió una vez: “El error viene a ti de por vida y tú le das toda la vida que pueda tener”. ¡Por qué fortalecer al diablo!
Cuánto necesitamos repasar una y otra vez la simple verdad de la infinita omnipotencia de Dios y la consiguiente impotencia del mal. Cuánto necesitamos instruirnos todos, a través de la Palabra de Dios, en el entendimiento de que las sugestiones mentirosas, las amenazas y los susurros de la mente mortal, ya sean pensados o declarados por un mortal o por diez millones de mortales, son tan impotentes para afectar nuestra vida, salud, felicidad y éxito como lo son para afectar a Dios, quien es nuestra única sustancia, Vida y Mente, y en quien realmente estamos. El mal no puede atravesar la barrera de la infinitud de la Verdad.
O la realidad, el poder, la vida y el hombre son la manifestación del Espíritu, Dios, son espirituales y fuera del alcance de la suposición maliciosa, o no lo son. Si existen dos poderes, dos creaciones, dos tipos de hombre, no hay monoteísmo ni Ciencia. El cristianismo se fundamenta en la omnipotencia de Dios evidenciada en la armonía, la salud y la alegría presentes y eternas de la imagen de Dios, el hombre.
Al dedicar nuestro pensamiento y nuestra vida a los enfermos y pecadores, a dar a conocer, a través de las actividades ordenadas de nuestro movimiento, la revelación de la Palabra de Dios en la Ciencia del Cristo, estamos respondiendo a la llamada del Pastor. Por medio de nuestro estudio diario y nuestra correcta actividad nos acercamos a la fuente de toda vida y poder, a Aquel en quien “todas las cosas subsisten”. Para Él y los Suyos, la seguridad es natural y perpetua; la inseguridad no es temible y es desconocida.
El que uno esté humanamente en una posición importante o sirva humildemente en algún lugar poco conocido no es lo más importante. Lo que realmente importa es que cada uno esté sirviendo en su vida diaria a los propósitos de Dios de sanar y espiritualizar a la humanidad. A todos ellos pertenece la promesa inspirada por Dios de nuestra Guía: “Podéis estar seguros de que nunca dejaréis de contar con el brazo extendido de Dios mientras estéis a Su servicio” (Mensaje a La Iglesia Madre para el año 1901, pág. 1).
