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Para jòvenes

Cómo aprendí a no temer los finales

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 17 de agosto de 2026


La época de los exámenes finales en la universidad siempre parecía como una estación propia. Tengo que admitirlo: la abrazaba. El estrés, las lágrimas y la falta de sueño eran simplemente parte de la experiencia universitaria. O eso creía. 

Durante mi segundo año, quedaba pendiente mi última tarea. Tenía un día y medio para terminar un ensayo largo. Fui temprano a la biblioteca y pasé el día escribiendo antes de volver a mi dormitorio y hacer una pausa para cenar. Se acercaba la fecha de entrega y el papel no fluía tan fácilmente como esperaba. Pero tenía una idea de cómo terminarlo. Luego las cosas rápidamente se desmoronaron. Literalmente.   

Cuando tomé la computadora portátil para volver a la biblioteca, estaba sin batería. Hoy en día, eso puede no parecer gran cosa: Todo se guarda en la nube, ¿no es cierto? Pero esto fue durante la Edad Media... en otras palabras, la tierra antes del Google Drive. Lo que es peor aún, la portátil que estaba usando la había tomado prestada de la biblioteca de la universidad; el trabajo que no había guardado se borraría si el dispositivo se reiniciaba. Guardar tu trabajo consistía en el ridículo proceso de encontrar una unidad USB escondida en el fondo de la mochila, o enviarte correos electrónicos constantes con borradores actualizados. En lo que solo puede atribuirse al delirio de los exámenes finales, hacía bastante tiempo que no hacía ninguna de las dos cosas. Lo había perdido todo. Una ola de pánico me invadió. No obstante, en ese mismo momento sentí que algo me impulsaba a detenerme y orar. 

Había crecido asistiendo a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, y estaba muy familiarizada con escuchar la dirección de Dios, el Amor divino, ¡aunque no lo hubiera hecho antes de ese momento! Me tomé unos minutos para orar. Con renovada humildad, me di cuenta de que había enfrentado mis exámenes finales —y mi experiencia escolar en general— recurriendo al trabajo duro y a un sentido limitado y personal de inteligencia para cumplir con las tareas. Ahora estaba en una situación en la que la capacidad humana claramente me fallaba. Necesitaba ayuda de algo más grande que yo misma; de Dios.

En la Ciencia Cristiana, uno de los sinónimos de Dios que describe Su naturaleza y esencia es Mente. Puesto que Dios, la Mente divina, es Todo-en-todo, se deduce naturalmente que la inteligencia, la sabiduría y la creatividad provienen de Dios. Como reflejo de Dios, la imagen y semejanza de la Mente (véase Génesis 1:27), cada uno de nosotros expresa estas cualidades espirituales, y todas las cualidades de la Mente. Mejor aún, la Mente es infinita. Así que todas las cualidades que necesitamos para completar nuestros trabajos o hacer los exámenes están disponibles en una provisión infinita. 

Empecé a darme cuenta de que el propósito de mi trabajo en la escuela no era para demostrar lo inteligente que era; era para glorificar a Dios, que es la Mente. Sentí una profunda paz y confianza en que todo estaba bien.

Cuando por fin volví a trabajar en el documento, todo el trabajo cambió. Las ideas empezaron a fluir rápidamente y sin esfuerzo; casi más rápido de lo que podía escribir. Aunque tuve que estar despierta casi toda la noche para terminar el trabajo, pude entregarlo a tiempo y no me sentí agobiada por no haber dormido. Para ser sincera, el trabajo era mejor que el borrador que había perdido.

Sin embargo, lo que más me llama la atención de esta experiencia va más allá del éxito académico de ese semestre en particular. Después de eso, hubo un cambio notable en mis estudios. Aun tenía que trabajar duro y ser una estudiante atenta y diligente. Pero los sentimientos de temor y carga desaparecieron. Me acostumbré a buscar pruebas de la presencia de la Mente divina a lo largo de mi carrera académica, y a dar gracias a Dios en momentos de triunfo. 

Lo mejor de todo es que también vi una atmósfera diferente entre mis amigos. La sensación de competir para ver quién tenía el peor periodo de exámenes finales —quién dormía menos y quién estaba más estresado— se desvaneció. Al recordar lo sucedido, algunos de mis mejores recuerdos de la universidad fueron cuando trabajaba en la biblioteca con mis amigos durante los exámenes, y la diversión que encontrábamos en esos momentos difíciles. 

Esas oraciones, nacidas del pánico, tuvieron un efecto dominó que bendijo a muchos más estudiantes, no solo a mí.

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