En el primer capítulo de la Biblia, se nos informa que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza. Y ligado a esta creación había un don especial: dominio.
Se cita que Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Génesis 1:26).
Este regalo no era condicional; no era selectivo ni limitado. Se le concedió a toda la creación del hombre, “varón y hembra” (Génesis 1:27), para siempre.
Entonces, ¿qué es exactamente el dominio? Las ideas que me vienen a la mente incluyen libertad, salud, armonía, paz y alegría. Pero también viene a la mente lo que el dominio no es, tal como restricción, discordia, caos, depresión, dominación, esclavitud.
En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy explica: “La esclavitud del hombre no es legítima. Cesará cuando el hombre tome posesión de su legado de libertad, su dominio otorgado por Dios sobre los sentidos materiales. Algún día los mortales harán valer su libertad en el nombre de Dios Todopoderoso. Entonces controlarán sus propios cuerpos mediante la comprensión de la Ciencia divina. Al abandonar sus creencias actuales, reconocerán que la armonía es la realidad espiritual y la discordancia es la irrealidad material” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 228).
Eso suena maravilloso, pero ¿cómo aplicarlo en la práctica en la vida cotidiana? Tuve la oportunidad de aprender más sobre esto hace unos años. He sido un apasionado corredor, esquiador y ciclista toda mi vida. El fin de semana de mi cuadragésima reunión del bachillerato, salí a dar una larga vuelta en bici la mañana en que iban a empezar las festividades. La ruta era conocida pero desafiante. Como suelo hacer en una actividad como esta, pasé gran parte del tiempo orando, y el trayecto transcurrió sin incidentes.
En la reunión de ese mismo día, disfruté al reencontrarme con amigos a los que no veía desde hacía décadas. No obstante, un tema recurrente en la conversación eran los desafíos físicos relacionados con la edad que muchos de mis compañeros de clase enfrentaban. La charla a menudo giraba en torno a problemas de movilidad, reemplazo de articulaciones, enfermedades debilitantes e incluso muertes prematuras.
No pensé mucho en estos temas durante la reunión, salvo tener compasión por quienes habían pasado por dificultades y estar agradecido de no tener que lidiar con esos problemas. Pero a la mañana siguiente me desperté con un dolor agudo en una rodilla. Apenas podía apoyar peso sobre ella, y cada paso me provocaba una descarga de dolor en la pierna. Esto fue realmente extraño, dado que no había hecho ningún esfuerzo ni experimentado ninguna lesión durante mi paseo en bici del día anterior y había estado caminando sin indicio alguno de un problema.
Empecé a orar por la situación, y me di cuenta de que necesitaba estar más alerta ante la furtiva sugestión de que mi vida es un concepto material sobre el que no tengo dominio —que estoy atravesando una existencia en forma de campana con un principio, una pendiente, una meseta, luego un declive y un final—. Esta creencia es el opuesto mismo de la narrativa del primer capítulo del Génesis sobre el hombre y la mujer de la creación de Dios, hechos a Su imagen y semejanza.
Si podemos asumir razonablemente que Dios no es material, sino espiritual, entonces se deduce que el hombre que Dios hizo tampoco es material, sino espiritual, y que no puede estar agobiado por las limitaciones materiales que le arrebatarían su dominio. Inmediatamente empecé a cuestionar lo que pensaba acerca de mis compañeros y sobre mi ser definido por la materialidad y un ciclo de vida finito.
El dolor no cedió de inmediato. De hecho, continuó durante varios días y ni siquiera parecía estar disminuyendo y despertó en mí el temor de que quizá esto fuera el principio del fin de mi vida activa. Sin embargo, aproveché esta oportunidad para abordar más profundamente, mediante la oración, la creencia en la edad y el deterioro. Me llevó a analizar más de cerca mi motivación para realizar actividades como el ciclismo, el esquí y correr.
Claro, había aprovechado el tiempo mientras participaba en estas actividades para buscar inspiración y orar. Pero me di cuenta de que, sutilmente, seguía viéndolas como físicas. Comía diferente en ciertos entrenamientos para tratar de recargar mis energías de antemano y fomentar mi recuperación después. Controlaba mi tiempo y estadísticas, monitoreaba mi peso y me sumergía en el agua caliente del jacuzzi después de un entrenamiento duro para relajarme.
También me di cuenta de que me sentía orgulloso de poder continuar con estas actividades a medida que envejecía. A pesar de mi intento por mantener mi pensamiento centrado en la inspiración espiritual y la libertad, estaba socavando ese esfuerzo al percibir y tratar las actividades como físicas, y hacer cosas sutiles que reforzaban esa percepción.
La intensidad del dolor en mi rodilla disminuyó en los días siguientes, pero continuaba siendo un recordatorio constante de mi necesidad de obtener mayor claridad sobre mis motivos si alguna vez quería volver a montar en bici, correr o esquiar. Mi pensamiento progresó al punto de estar dispuesto a dejar de lado estas actividades; no por miedo a un mayor deterioro físico, sino porque no quería hacer nada que fomentara la creencia equivocada de que no soy espiritual, sino material.
En los días siguientes, esto llevó a una mejor comprensión de lo que significa ser espiritual. Ser completamente espiritual significa tener libertad de movimiento, fuerza, salud y resistencia. Estas son cualidades espirituales, no condiciones materiales, y pude entender con más claridad que todos las expresamos, incluidos mis compañeros del reencuentro. Además, una cualidad espiritual no puede perderse ni disminuir por una circunstancia o evento material.
Este período de sumergirme en el pensamiento espiritual sobre el significado y el motivo más profundos de mis actividades duró varios días y me llevó a desear volver a montar la bici. Me di cuenta de que no estaba probando la materia ni pidiendo permiso para montar sin dolor. Abordé mi paseo desde una perspectiva completamente diferente.
Lo que me quedó claro fue que no podía ver esta actividad como parte espiritual, parte física. No estaba guiando a un ser espiritual a través de una serie material de obstáculos para vencer la materia con el Espíritu. Tuve que darme cuenta de que la materia simplemente no formaba parte de la ecuación. Tenía que verme a mí mismo, al entorno y a la actividad como completamente espirituales.
No anduve en la bici contrarreloj ni para hacer un esfuerzo físico. Simplemente disfruté de la libertad, la belleza y la inspiración de la actividad. Quizá no te sorprenda que el paseo estuvo libre de dolor y que no tuve efectos secundarios, a pesar de mi decisión de no participar en ninguna preparación previa ni recuperación después del recorrido.
Unos días después, llegó otra prueba. Un grupo de amigos había organizado un desafiante recorrido en bicicleta por uno de los pasos montañosos más altos del país. No me había entrenado para nada que se pareciera a las exigencias que presentaría este viaje. Pero fue una oportunidad para ampliar mi percepción de esta actividad, para verla desde una perspectiva espiritual más profunda. Con solo 24 horas de antelación, me comprometí a acompañar a mis amigos en el recorrido. Eso no habría sido de ninguna manera tiempo suficiente como para prepararse para un viaje así desde un punto de vista físico, pero era tiempo de sobra para prepararse espiritualmente.
Un pasaje de la Biblia que me inspiró fue el mensaje de Pablo a los gálatas: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (5:25). Modifiqué esta declaración en mi oración para decir: “Si vivimos en el Espíritu, montemos también en el Espíritu”. Para mí, eso significaba no verme como un cuerpo físico en una bicicleta material, atravesando un exigente paso de montaña, sino ver presentes solo las ideas puramente espirituales de Dios, sin ningún elemento de sustancia física en ellas, donde la bicicleta, las montañas y yo parecíamos estar.
Al principio del recorrido noté que, si miraba hacia adelante, veía una escalada ominosa y empinada que zigzagueaba entre las montañas y sobre el límite forestal, donde el nivel de oxígeno era más bajo. Pero si miraba al suelo frente a mí, no había sensación de inclinación, reducción de oxígeno ni desafío. Fue un recordatorio contundente de la importancia de lo que permitimos que se nos presente en el pensamiento. Pensando en mi cuadragésimo reencuentro, ¿estaba viendo a un grupo de compañeros envejecidos en deterioro físico, o estaba viendo la perfección presente de la creación espiritual de Dios expresando dominio sobre las pretensiones de la mortalidad y el tiempo?
A pesar del empinado y sinuoso camino que subía la montaña, recordé un pasaje de Proverbios: “Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal” (4:26, 27). Reflexionar de esta manera y dejar que se estableciera el camino de Dios eran actividades mentales. En lugar de sentir el esfuerzo de subir una pendiente física de un lado a otro por una ladera, vi y experimenté la actividad como completamente espiritual, sin masa ni peso, tiempo ni esfuerzo.
No solo llegué a la cima, sino que lo hice sin sentir dolor en la rodilla. Aún más sorprendente fue advertir en la cima que solo había bebido la mitad de una de las dos botellas de agua que llevaba conmigo. Normalmente, en un viaje tan exigente, habría consumido ambas botellas. Pero estaba tan desatento a las etiquetas físicas que rodeaban este recorrido que solo bebí una cuarta parte del agua que normalmente tomaría.
El beneficio de mi claridad espiritual sobre esta actividad no terminó ahí. Al día siguiente, no hubo secuelas del paseo: ni dolor, ni calambres ni fatiga. Lo atribuí al hecho de que no había estado montando en bici conforme a las leyes físicas. Más bien, había estado participando en la actividad desde un punto de vista puramente espiritual. Me di cuenta de que realmente era la única forma de abordar cualquier actividad.
No tienes que cruzar un paso de montaña en bicicleta para captar el potencial del don de dominio de Dios. Dondequiera que estemos, hagamos lo que hagamos, es nuestro derecho inherente experimentar este dominio. Eso fue lo que se prometió al principio, y esta promesa sigue siendo igualmente válida hoy en día. He llegado a comprender que no es dominio sobre la materia, sino más bien dominio sobre la sugestión de la materia. Y con esta comprensión, podemos aprender a apreciar el ilimitado potencial de este regalo que se nos da a cada uno para atesorar y usar.
