Podría parecer que la vida es una serie de puentes que unen experiencias de acontecimientos buenos y eventos perturbadores. Podríamos preguntarnos: ¿En qué momento comenzó esta experiencia y por qué? ¿A dónde me está llevando esta experiencia y cuándo terminará? A simple vista, estos sucesos parecen ser parte normal de la historia humana. Sin embargo, hay un registro más profundo y veraz por encima del cuadro material —un registro de la continuidad del bien—.
Este registro es espiritual, revelando nuestra constante y continua conexión con el bien que se desarrolla; el bien que es Dios, el Espíritu, libre de vacíos, lapsos y discordias.
A primera vista, la historia bíblica de José aparece como una serie de vacíos conectados, que comienzan con la traición de sus hermanos que lo llevó a la esclavitud, falsas acusaciones y la prisión. Parecía que lo habían arrancado de la alentadora relación que tenía con un padre que lo amaba profundamente. Sin embargo, al considerar más profundamente la travesía espiritual de José, surge un registro alentador. A cada vuelta, encontró el propósito que Dios le había dado y experimentó el cuidado de Dios por él.
En lugar de estar definido por una historia de maltrato en el pasado o el temor a un sufrimiento futuro, él constantemente continuó al servicio de Dios y finalmente pudo bendecir a muchas personas mediante la intuición espiritual, la sabiduría y la obediencia a la dirección de Dios. José encontró una continuidad ininterrumpida en su relación con Dios, el bien, y como resultado tuvo la oportunidad de proveer alimento a muchas personas, incluidos sus hermanos, durante siete años de escasez y hambruna. Al reunirse inesperadamente con sus hermanos cuando estaba en una posición de poder, José no se vengó, sino que les dijo: “Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación” (Génesis 45:7).
La Ciencia Cristiana enseña que Dios, el bien, es el Principio; una base sólida o Roca sobre la que estamos seguros. Este Principio fijo define y sostiene al hombre (cada uno de nosotros en nuestra verdadera identidad espiritual) como Su imagen y semejanza reflejadas. Y dado que Dios es totalmente bueno, esta relación permanente de Dios con Su reflejo, el hombre, ha sido y siempre será consistentemente buena, sin lapsos ni rupturas en esta unidad.
Cristo Jesús demostró claramente que su identidad y la de los demás estaban inextricablemente unidas con el Padre. Dijo: “Yo y mi Padre uno somos” (Juan 10:30, KJV) y “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58). Esta unidad no estaba limitada por un principio (nacimiento) ni por un final (muerte). La resurrección de Jesús demostró la continuidad de la unidad del hombre con la Vida divina, Dios, expresada para siempre en la continuidad del bien. Comprender esto nos brinda una “gran liberación” de los vínculos limitados con el pasado o el temor al futuro.
Mary Baker Eddy, la Fundadora de la Ciencia Cristiana, experimentó muchas dificultades en su vida antes de descubrir la Ciencia Cristiana. Más tarde pudo declarar: “La Ciencia divina del hombre está tejida en una sola tela consistente, sin costura ni rasgón” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 242). A pesar de la temprana pérdida de seres queridos, enfermedades crónicas y otras dificultades, ella encontró en el Espíritu la continuidad del bien, expresada en la relación constante del hombre con Dios como el linaje puramente espiritual del Amor y la Vida divinos, y, como resultado, se produjo la curación.
Podemos seguir los pasos de nuestra Guía para comprender la base firme que sustenta la continuidad del bien en nuestras vidas. A diario podemos entender más nuestra relación ininterrumpida con Dios, y darnos cuenta de que jamás hemos vivido una vida fracturada con progresivas paradas y arranques, erráticos comienzos y finales. A través de la Ciencia Cristiana podemos demostrar que nuestra capacidad para superar estas mentiras mortales está asegurada bajo la ley del Principio divino, y ver que estas mentiras dejan de tener peso en nuestra experiencia. Podemos ver que tenemos la libertad de vivir la continuidad del bien y experimentar alegría, progreso y curación.
Puede parecer increíble ver que la bondad de Dios se ha estado desarrollando continuamente —a pesar de los contratiempos humanos— en nuestras vidas tal como lo fue en la vida de José y la Sra. Eddy. No obstante, nuestro deseo espiritual de buscar la comprensión de Dios ilumina nuestra travesía y nos da la fortaleza para persistir. No tenemos por qué resignarnos a una cadena de acontecimientos y recuerdos, algunos dulces y otros amargos.
A medida que crecemos en nuestra comprensión de Dios a través del estudio de la Ciencia Cristiana, empezamos a ver que nuestra verdadera historia es en realidad la continua manifestación de nuestra verdadera naturaleza espiritual. Esta naturaleza espiritual es el reflejo de Dios, la Mente —Su imagen y semejanza—. Puesto que la bondad de Dios nunca decae, Su reflejo es la expresión constante de todas las cualidades de Dios. Descubrimos que no existe un puente de conexión entre nuestra verdadera individualidad y el sueño mortal de vida en la materia. Junto al título marginal “División sin puente” en Ciencia y Salud, la Sra. Eddy escribe: “No hay ningún puente a través de la sima que divide dos condiciones tan opuestas como son la espiritual, o incorpórea, y la física o corpórea” (pág. 74).
Tuve una experiencia que ilustra estos puntos. Mi familia se estaba preparando para salir de vacaciones en unas semanas y teníamos muchas cosas que hacer antes de irnos. Una de mis tareas era subir una escalera alta y limpiar las canaletas del tejado. Para acelerar el proceso, decidí usar un soplador de hojas de mochila para quitarles las hojas. En un momento, cuando estaba muy arriba en la escalera, el peso del soplador me desequilibró y la escalera se resbaló bajo mis pies.
Al caer de la escalera, aterricé en el patio de hormigón y mi cabeza golpeó contra una pared exterior de nuestra casa. Mi esposa escuchó el estruendo, vino rápido y empezó inmediatamente a declarar con firmeza y en voz alta verdades sobre el cuidado infinito de Dios que me envolvía. Yo perdía y recuperaba la consciencia, pero escuchaba la mayoría de sus contundentes declaraciones de la verdad. Con su ayuda, pude ponerme de pie y entrar en la casa, donde me vendó la herida en la cabeza.
Durante las semanas siguientes, escuché y afirmé en oración lo intacto que estaba, que mi verdadera vida en Dios nunca había caído fuera de Su omnipresencia. Me veía completamente separado de una caída, un error o un momento de separación del abrazo del Amor. Con esta verdad claramente discernida y al haberse sanado rápidamente la herida en mi cabeza, me sentí libre para ir de vacaciones con mi familia.
Aunque ya no tenía dolor, había otros desafíos; entre ellos, confusión mental y ataques de pánico. Cuando sentía la tentación de recordar lo sucedido, declaraba en mi pensamiento: “El gran yo soy [Dios] fue, es y siempre será mi intacta fuente de la consciencia, donde me muevo por ser Su imagen y semejanza en perfecta alineación, orden, claridad y totalidad”. Me aferré a esta verdad de Ciencia y Salud: “Lo temporal y lo irreal nunca tocan lo eterno y lo real. Lo mutable y lo imperfecto nunca tocan lo inmutable y perfecto. Lo inarmónico y autodestructivo nunca tocan lo armónico y autoexistente” (pág. 300).
Con esta verdad vino la comprensión de que mi verdadera identidad estaba intacta e inalterada, libre de todo vínculo condenatorio con el pasado o con una anormalidad presente. Fue en ese momento que vi en Ciencia y Salud el título marginal “División sin puente”. Me di cuenta de que había una división, pero no entre Dios y Su hijo amado. La división era solo entre el registro falso y mentiroso y el verdadero registro, que pertenece a la condición eternamente sana de nuestra verdadera naturaleza. Por lo tanto, nunca podría haber un puente entre mi verdadera identidad espiritual y una mentira de la historia material. Los ataques de pánico y la confusión mental se desvanecieron en la medida en que persistí en conocer estos hechos verdaderos de mi vida en el Amor y el Espíritu divinos.
La ley divina del Amor reemplaza la historia falsa con la reconfortante verdad de que fuimos, somos y siempre seremos la libre expresión de Dios, sin vínculo alguno con un pasado mortal y material. Ciencia y Salud explica: “La Ciencia divina revela que la eterna cadena de la existencia es ininterrumpida y enteramente espiritual; sin embargo, esto puede comprenderse sólo a medida que el sentido falso del ser desaparece” (pág. 172). Esta “eterna cadena” caracteriza nuestra verdadera identidad espiritual ahora y permanece intacta para siempre.
