Skip to main content Skip to search Skip to header Skip to footer
Original Web

La presencia beatífica que conmueve el corazón

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 17 de agosto de 2026


 Cristo Jesús comenzó su Sermón del Monte con lo que se conoce como las Bienaventuranzas. Y podemos estar tan agradecidos de que nos diera bienaventuranzas en lugar de banalidades. Aunque una banalidad puede provocar sentimientos momentáneamente positivos, aplicar las Bienaventuranzas de Jesús a nuestros pensamientos y vidas brinda una profunda comprensión espiritual que conmueve el corazón y resulta en un cambio permanente y significativo. Cuando les permitimos cambiar nuestros pensamientos y acciones, traen bendiciones inspiradas, frescas y, a veces, inesperadas. 

 Un comentario de la Biblia sugiere que las Bienaventuranzas no son “consejos para una vida exitosa, sino declaraciones proféticas hechas basadas en la convicción del... reino de Dios” (Keck, Leander E., et al., eds. The New Interpreter’s Bible Commentary. Vol. 7, The Gospels and Narrative Literature, Jesus and the Gospels, Matthew, Mark) —el reino que Jesús dijo está a nuestro alcance aquí y ahora—.

¿Cómo pueden nuestras oraciones ser más consistentemente no meras repeticiones de palabras que hacen sentir bien, sino frescas convicciones que traen curación y reforma genuinas? La oración inspirada incluye una comprensión precisa de Dios y del hombre a Su semejanza, y se centra en absorber y ser movido cada vez más por el renovado espíritu de esta comprensión. 

La Ciencia Cristiana enseña que Dios es tanto Espíritu como la Mente única. La sugestión falsa, que no tiene base en la Verdad divina, es que una mente hecha de materia es la fuente del pensamiento. Por ser limitada y temporal, y estar contenta con la visión de que la vida es material y mortal, esta mente tiende a quedarse atrapada en pensamientos triviales y en estar satisfecha de que los pensamientos agradables de ayer son suficientes para la necesidad de hoy. 

Una forma en que puede evidenciarse este tipo de pensamiento es repetir y leer mecánicamente un versículo favorito de la Biblia y sentirse satisfecho con la linda sensación que eso pueda traer. Recordar uno o más versículos bíblicos conocidos puede ser un buen comienzo para orar, pero es solo el principio. Recurrir al Espíritu divino con el corazón abierto da una chispa de inspiración a estos versículos. El Espíritu impulsa nuestra oración a avanzar más allá de repetir frases positivas para experimentar de nuevo la influencia divina que trae profundas bendiciones. Podemos preguntarnos con regularidad si dedicamos suficiente tiempo y atención en oración para permitirnos ser movidos por el Espíritu divino.

El siguiente pasaje de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy, nos invita a pensar más allá de lo conocido. Junto al título marginal “Improvisación científica”, dice: “La Mente no depende necesariamente de procesos educativos. Posee de por sí toda la belleza y la poesía y el poder de expresarlas. El Espíritu, Dios, se oye cuando los sentidos están en silencio. Todos somos capaces de hacer más de lo que hacemos. La influencia o acción del Alma confiere una libertad que explica los fenómenos de la improvisación y el fervor de labios incultos” (pág. 89).

Qué receta tan estupenda para empezar a entender cómo dejar lo conocido y aceptar lo inspirado. Podríamos decir que Dios nos da, a través de Su ley de improvisación espiritualmente científica, el fervor de la oración inculta —oración que deja atrás lo trivial o falto de inspiración y conduce a una transformadora comprensión de la naturaleza de Dios y del hombre—.    

La influencia del Alma, Dios, también aporta convicción a la oración. Cuando ayudamos a otros, el Alma nos impregna de su presencia beatífica, elevando el hablar de banalidades a hablar de la bienaventuranza, y la acción de las banalidades a la acción de la bienaventuranza. Despliega bendiciones que traen ricos efectos prácticos. La Sra. Eddy escribe: “El hombre es la idea del Espíritu; refleja la presencia beatífica, llenando de luz el universo” (Ciencia y Salud, pág. 266). Esto es lo que cada uno de nosotros es realmente, y podemos orar con diligencia para expresar mejor esta identidad espiritual.

Una vez, después de estar en presencia de muchas personas que tosían mucho, me encontré con la misma tos persistente. Un día, mientras mi esposa y yo dábamos un paseo, comenté que mis oraciones se sentían más llenas de banalidades que de bienaventuranza. Pensé en el hecho de que las Bienaventuranzas son declaraciones de la Verdad, y estaba convencido de que la Verdad tiene un efecto sanador. Entonces me vino al pensamiento esta declaración de Ciencia y Salud: “Cristo, la Verdad, fue demostrado por medio de Jesús para probar el poder del Espíritu sobre la carne —para mostrar que la Verdad se manifiesta en sus efectos sobre la mente y el cuerpo humanos, sanando la en­fermedad y destruyendo el pecado—” (pág. 316).

Ahí estaba mi respuesta. No solo necesitaba ser inspirado por la Verdad, sino también declarar con autoridad beatífica que la Verdad se manifiesta en la curación. Pronto estaba libre de la tos.

Por muy agradecido que estuviera por esta curación, más tarde me di cuenta de que necesitaba incluir a todos los que estaban a mi alrededor en mi oración. Pensé en la primera Bienaventuranza, que nos dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). Me sentí alentado a ver que, por muy “pobre de espíritu” que parezca alguien o alguna situación, Dios bendice a todos con Su presencia amorosa y gobernante. Esta Bienaventuranza conmovió mi corazón para saber que la presencia beatífica de Dios estaba teniendo un efecto sanador. Me sentí inspirado a ver que esta presencia puede convertir a los pobres en salud en ricos en salud, y que esto nos incluye a todos. Al fin y al cabo, ¿puede una oración estar completa sin el espíritu de la última línea de la “Oración Diaria” que nos dio la Sra. Eddy: “¡…que Tu Palabra fecunde los afectos de toda la humanidad y la gobierne!” (Manual de La Iglesia Madre, pág. 41).

Es el Espíritu Santo, expresado en el amor infinito de Dios por Sus hijos, quien genera una chispa de inspiración y nos permite absorber el espíritu de oración que es fresco y apropiado para el momento. Con una chispa viene la expectativa del fuego, y con la oración viene la expectativa de la curación. 

“No son las banalidades humanas, sino las bienaventuranzas divinas las que reflejan la luz y el poder espirituales que sanan a los enfermos”, dice el libro de texto (pág. 446). Dejar que el Espíritu lidere permite que la oración vaya más allá de la repetición de palabras conocidas hasta la profundidad de la inspiración que provoca cambios necesarios en el pensamiento y trae curación.

Para explorar más contenido similar a este, lo invitamos a registrarse para recibir notificaciones semanales del Heraldo. Recibirá artículos, grabaciones de audio y anuncios directamente por WhatsApp o correo electrónico. 

Registrarse

Más artículos en la web

La misión del Heraldo

 “... para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad...”

                                                                                                          Mary Baker Eddy

Saber más acerca del Heraldo y su misión.