Un éxito de los años 60 dio esta respuesta a lo que necesita el mundo: “Amor, dulce amor / Es lo único de lo que hay muy poco”. En un mundo en guerra por intereses en competencia, ¿es el amor una respuesta realista para acabar con los conflictos?
La Fundadora del Monitor, Mary Baker Eddy, afirmó con decisión: “Amad a vuestros enemigos, o no los perderéis; y si los amáis ayudaréis a que se reformen” (Escritos Misceláneos 1883-1896, págs. 210-211).
La historia ofrece algunos grandes ejemplos de personas que hicieron precisamente eso. La Biblia relata la notable transformación de Saulo de Tarso —en su momento un violento perseguidor de los cristianos— que se convirtió en un poderoso ejemplo de amor y paz. Adoptando el nuevo nombre de Pablo (que significa pequeño o humilde), se dedicó a enseñar y sanar a muchas personas al estilo de Cristo Jesús, “El Príncipe de la Paz” (Isaías 9:6, KJV).
Reconocido o no, el amor a Dios, o el bien, es inherente a todos. La Lección Bíblica de esta semana del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana sobre el tema “Amor” comienza con la afirmación: “Dios es amor. ... Amamos porque él nos amó primero” (1 Juan 4:8, 19, English Standard Version). Se basa en varias de las advertencias de Pablo, incluidas estas sencillas pero exigentes: “Que cada uno de ustedes no solo mire sus propios intereses, sino también los intereses de los demás” (Filipenses 2:4, ESV). Y: “Vivan en armonía unos con otros” (Romanos 12:16, ESV).
Probablemente todo el mundo pueda pensar en personas de quienes dirían: “¿Vivir en armonía con ellos? ¡No es fácil!” A las naciones les resulta difícil coexistir con otras que consideran competidoras por el poder y los recursos. A la gente le resulta difícil convivir pacíficamente con otros en sus comunidades que tienen diferentes perspectivas sobre lo que es correcto. Sin duda es tentador poner lo que percibimos como lo mejor en primer lugar.
La Sra. Eddy no atenuó el esfuerzo que se necesita para poner a Dios, o el bien universal, en primer lugar. Escribió que “comprender a Dios es la obra de la eternidad y exige absoluta consagración de pensamientos, energías y deseos” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 3).
La Biblia dice: “El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4:16). Es tentador quedarse con la tristeza o el enfado por los errores que vemos. Si esto nos impulsa a actuar de forma positiva y eficaz, podemos marcar la diferencia para siempre. Pero el verdadero sanador del dolor y la injusticia siempre será el Amor divino, comprendido y expresado a través de nuestro deseo desinteresado de ayudar a los demás.
Con tantas personas desplazadas en el mundo que buscan seguridad, el relato bíblico de Rut ofrece un ejemplo de que un Amor más universal satisface las necesidades humanas. Rut dejó su país para cuidar de su suegra viuda. En esa nueva comunidad, Rut encontró formas útiles de servir y fue recompensada al encontrar por sí misma amor y apoyo. Su historia sirve como una promesa de que no hay fronteras para el amor, y que vivir en armonía con los demás es tanto natural como gratificante.
¿Por qué, entonces, parece tan difícil? ¿Es el miedo a que, como individuos o naciones, nuestra capacidad para obtener nuestra propia parte del bien dependa de que otro no obtenga ese bien? En el universo de Dios, que es el Amor infinito, no puede haber dicha competencia porque el bien es ilimitado. Ciencia y Salud dice: “El Amor es imparcial y universal en su adaptación y en sus concesiones. Es la fuente abierta que exclama: ‘A todos los sedientos: Venid a las aguas’” (pág. 13).
Tantas “Ruts” en el mundo muestran que dar desinteresadamente enriquece tanto a quien recibe como a quien da. Entender y confiar en esto —y ponerlo en práctica— dará como resultado el dulce amor que el mundo necesita ahora.
Si eres nuevo en las Lecciones Bíblicas semanales del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, puedes aprender más sobre ellas aquí: https://biblelesson.christianscience.com/es
