Ser consejero de campamento no es ninguna broma. Hay obstáculos que superar, fatiga que se cuela en los momentos más difíciles e inconvenientes que parecen increíblemente significativos cuando surgen de la nada. El trabajo puede ser gratificante, pero también muy agotador. Lo sé de primera mano. El verano pasado, trabajé como Consejero Junior en un campamento para Científicos Cristianos.
Aunque siempre me esforzaba por dar lo mejor de mí y ser un buen ejemplo para los campistas, sentía que en algunas áreas de mi trabajo no daba el 100%. Traté de expresar energía y esfuerzo como lo hacían los consejeros a los que admiraba cuando era campista, pero al final de cada día me sentía agotado. Este agotamiento, aunado a la preocupación por una enfermedad que circulaba, me hizo darme cuenta de que necesitaba ajustar mis propios pensamientos.
Cuando el cansancio de la sesión me alcanzó y empecé a tener dolor de garganta, me dirigí al centro de atención del campamento: un lugar para consejeros y campistas que necesitan descanso, apoyo extra o tratamiento de la Ciencia Cristiana.
Mientras descansaba un poco en el centro de atención, pude hablar con una practicista de la Ciencia Cristiana que estaba allí. Las oraciones de las practicistas me habían ayudado antes, así que estaba deseoso de escuchar lo que ella tenía que decir. Abrió un libro de Mary Baker Eddy titulado Escritos Misceláneos 1883-1896 y me mostró una sección sobre el tema del contagio. Aunque estaba cansado y no me encontraba bien, algunas partes del pasaje me llamaron la atención.
Una parte en particular dice: “La gente cree en enfermedades infecciosas y contagiosas, y que cualquiera está propenso a contraerlas al mediar ciertas causas predisponentes u ocasionales. Este estado mental lo prepara a uno para contraer cualquier enfermedad cada vez que se presenten las circunstancias que uno cree que la producen. Si uno creyera con igual sinceridad que la salud es contagiosa cuando se está en contacto con personas sanas, se contagiaría del estado de ellas tan positivamente y con mejor resultado que cuando se contagia del estado del hombre enfermo” (págs. 228-229).
Esa última frase cambió mi forma de ver la situación. Pensé en mis colegas consejeros que expresaban tanta alegría, energía y vida. No se sentían decaídos solo porque estuvieran cansados o no estuvieran bien. Expresaban esas cualidades de forma natural y constante, no porque fueran especialmente fuertes o capaces, sino porque todos somos creados por Dios, que es la fuente de la alegría, la energía y la vida. Al comprender que “la salud es contagiosa”, pude ver que estas cualidades “saludables” son realmente lo que es “contagioso”, y que yo también las expreso de forma natural. De inmediato me sentí mejor y con más energía.
Para el día siguiente ya estaba completamente sano.
De vuelta en mi cabaña, busqué todas esas cualidades “saludables” o buenas que expresaban mis colegas y encontré oportunidades para reflejarlas a lo largo del día. Esta curación cambió todo mi verano. No solo la enfermedad desapareció para siempre, sino que tampoco experimenté mucha fatiga ni deterioro de mi salud durante el resto de mi permanencia en el campamento.
Estoy muy agradecido por esta experiencia y por la nueva comprensión que he adquirido y que me ha ayudado en mi camino como Científico Cristiano.
