Skip to main content Skip to search Skip to header Skip to footer
Original Web

Reclamando el dominio

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 27 de julio de 2026


El Universo. Es un concepto intrigante, realmente impresionante: un espacio vasto y estrellado, que se cree que está en constante expansión, sin edad y sin fuente, a pesar de los incontables esfuerzos por determinar su antigüedad y origen. Sin embargo, más elevada que la ciencia basada en la materia, la Ciencia del Cristo o la Verdad, a través de la razón y la revelación, nos aporta la verdadera comprensión del universo.

En las ilustraciones de la Ciencia Cristiana —basadas en las palabras y obras de Cristo Jesús— se muestra que todo lo real es una manifestación de la Mente infinita, o Dios. El término mismo, universo, deriva de una palabra latina que significa “convertido en uno” o “todo en uno”. En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy escribe, usando la analogía de la concentricidad solar: “La Ciencia revela el Alma como Dios, jamás tocada por el pecado y la muerte —como la Vida e inteligencia central alrededor de la cual giran armoniosamente todas las cosas en los sistemas de la Mente—” (pág. 310).

Hace años, tras leer, aceptar y creer esa declaración, me sorprendió cuando, durante la clase de instrucción de la Ciencia Cristiana, nuestra maestra nos miró a los ojos y preguntó quiénes creíamos que éramos realmente: ¿un punto en un universo inmenso? Me encontré asintiendo casi impotente, tanto internamente como (¡algo avergonzado!) externamente en total acuerdo. 

Fue entonces cuando empezó a mostrarnos que, si fuera así, estaríamos viendo todo boca abajo o al revés, como si miráramos por el extremo equivocado de un telescopio. Nos mostró además que, en cambio, por ser la imagen o reflejo de Dios, “la representación plena de la Mente”, el universo está dentro de nosotros (Ciencia y Salud, pág. 591). La sorprendente profundidad de este nuevo punto de vista me impactó con gran fuerza y nunca se ha ido. Tan simple, y a la vez tan transformador —la simplicidad del Cristo—. 

 Y, de hecho, esta enseñanza se remonta a Cristo Jesús, quien dijo: “El reino de Dios dentro de vosotros está” (Lucas 17:21, KJV). A lo largo de su carrera, Jesús iba a presentar que el bien celestial, nuestro verdadero reino de paz, salud y santidad “está dentro de nosotros mismos”. Dios es Espíritu, y el universo real —Su reino consciente de ideas, incluido el hombre— debe ser necesariamente espiritual. Dios y Su creación llenan todo el espacio, y no dejan lugar para un supuesto universo material. Sin embargo, pareciera ser que interactuamos con ese universo. ¿Dónde se encuentra entonces este universo aparentemente material? Dentro de un sentido material de nosotros mismos.

Comprender este hecho —que lo que parece un mundo físico “ahí afuera” es en realidad un concepto falso en la conciencia— confiere dominio. Al reemplazar ese concepto falso con las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, vemos que se desvanece la sensación de ser un “punto” desafortunado e indefenso en un lugar hostil, frío y desconocido. Empezamos a descubrir que nuestra verdadera individualidad y el universo son completamente espirituales, sostenidos en el abrazo eterno del Espíritu infinito, el Amor o Principio divinos, donde no acecha ningún mal, no ocurren colisiones cósmicas fortuitas y no existe la desarmonía. 

La inefable grandeza del Amor —pura, benevolente, inteligente— imparte el bien en todo y a todo. Las amenazas a nuestro bienestar que se perciben —contagio, conflicto, accidente, pérdida, incluso la propia mortalidad— se pueden vencer al comprender la Verdad y ceder a ella. El apóstol Pablo aconseja: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”, o en la conciencia plenamente buena y pacífica de la Vida (Gálatas 5:25).

Reitero, puesto que el universo físico no es una realidad objetiva, sino más bien subjetiva en el pensamiento, es algo sobre lo que tenemos dominio. Ciencia y Salud nos recuerda: “La mente humana algún día se elevará sobre todo sentido material y físico, cambiándolo por la percepción espiritual, y cambiando los conceptos humanos por la consciencia di­vina” (pág. 531).

Por supuesto, el dominio es de Dios, pero por ser Su idea espiritual, cada uno refleja esa misma autoridad con la expectativa de que todo debe continuar como el bien inmortal. La ley inmutable del Amor impone esta continuidad eternamente. 

Esta ley revela que cualquier aparente desarmonía es una creencia falsa y mortal. Puesto que no pertenece al cielo interior, puede corregirse al comprender la idea correcta que parecería ocultar. Mirar a través de un telescopio en la dirección equivocada disminuye y distorsiona la visión; se necesita una visión correcta. Cuando estaba en una barca que se vio repentinamente amenazada por una tormenta, la visión subjetivamente correcta de Jesús reveló la eterna presencia de la armonía y la paz del Alma, y esto evitó la creencia en un desenlace trágico. La discordia, bajo cualquier disfraz, debe ceder ante el ejercicio del dominio espiritualmente científico.

Hace dos años, me mudé a una casa con un agradable jardín trasero que incluye arbustos y árboles de varios tamaños. En mi primera primavera aquí, un arbusto y un árbol cuyo tronco tenía al menos medio metro de diámetro parecían bastante moribundos. No había brotes ni señales de vida. De hecho, el árbol, a pesar de sus impresionantes ramas, estaba cubierto de lo que parecía ser como un fieltro negro. Un arborista autorizado me dijo que debía quitarlo. 

El recuerdo de las innumerables curaciones que había tenido al aplicar la Ciencia Cristiana surgió dentro de mi para resistir el cuadro que me presentaban. Casi a diario, durante aproximadamente un mes después de esto, oré para ver estas plantas como expresiones primaverales de lo que es espiritualmente real: sanas y vivas, no víctimas de una plaga basada en la materia.

Bueno, a ambas les salieron las hojas de la forma más hermosa. La corteza del árbol se volvió normal, y su exuberante sombra fue recibida con agrado durante el calor del verano. Quizá este árbol era de floración tardía, ya que estaba muy por detrás de la mayor parte del resto del jardín. Pero incluso si así fuera, el negarse a aceptar la sombría idea de que era un árbol enfermo ciertamente evitó su innecesaria destrucción. Esta declaración de Ciencia y Salud sustenta mi opinión de la situación: “El astrónomo ya no mirará hacia las estrellas —mirará desde ellas hacia el universo—; y el floricultor en­contrará su flor antes que la semilla.

“Así se probará finalmente que la materia no es más que una creencia mortal, totalmente incapaz de afectar a un hombre mediante su supuesta acción orgánica o supuesta existencia” (págs. 125-126). Nuestro dominio como reflejo de Dios nos permite destruir todo error. El error es la carencia; ya sea de alimento, salud, seguridad, justicia, paz o amor. Es una desarmonía de cualquier tipo y es la raíz del conflicto entre los pueblos. Tal insuficiencia solo podría experimentarse en un concepto falso de un universo limitado y material: una visión invertida de la realidad espiritual. Pero el Cristo, la manifestación misma del Padre, está siempre presente y activo en la conciencia humana para satisfacer “los anhelos inmortales” mediante un sentido que despierta al universo espiritual, el reino de Dios, dentro de nosotros (véase Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 189).

Siempre que nos encontramos orando por la humanidad en general, es eficaz recordar que solo el universo real del Alma se encuentra en el pensamiento verdadero del hombre —y que este reino divinamente mental es el auténtico soberano—. No está oculto ni lejos, sino a la mano, brillante y cautivador, “trayendo curación en sus alas” (Mary Baker Eddy, Mensaje a La Iglesia Madre para 1902, pág. 9). Un punto de vista tan completo y milenario es la exigencia de nuestros tiempos.

Para explorar más contenido similar a este, lo invitamos a registrarse para recibir notificaciones semanales del Heraldo. Recibirá artículos, grabaciones de audio y anuncios directamente por WhatsApp o correo electrónico. 

Registrarse

Más artículos en la web

La misión del Heraldo

 “... para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad...”

                                                                                                          Mary Baker Eddy

Saber más acerca del Heraldo y su misión.