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Un propósito divinamente dirigido

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 7 de septiembre de 2026


Como dramaturga, he llegado a valorar el arte de contar historias y la transformadora travesía de un personaje bien dibujado. Una historia convincente requiere un protagonista que tome decisiones, actúe y crezca debido a la experiencia. Sin movimiento —sin propósito— una historia se estanca. 

Este discernimiento me llevó a dos preguntas significativas: ¿Estoy tomando un papel activo en mi propio crecimiento espiritual o estoy esperando pasivamente un cambio? Más importante aún, ¿estoy permitiendo que Dios dirija este crecimiento: el camino y propósito de mi vida?

Trato de empezar cada mañana con la oración silenciosa. Esta callada comunión es una forma de escuchar, abriendo el pensamiento a Dios, a la Mente divina. Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, escribe en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “La lucha habitual por ser siempre buenos es oración incesante” (pág. 4). Para mí, esa lucha no consiste en esforzarse humanamente, sino en ceder con humildad a la voluntad de Dios. Se trata de calmar mis miedos, dejar de lado cualquier agenda personal y hacer espacio para la inspiración divina.

Hace años, cuando las finanzas de nuestra familia eran ajustadas y teníamos tres niños pequeños que cuidar, necesitaba un trabajo a tiempo parcial para complementar los ingresos de mi marido. Tenía formación en actuación y un profundo amor por la enseñanza, así que empecé a ofrecer clases de actuación después del colegio en una escuela primaria local. Satisfacía la necesidad económica y me daba alegría —y la sorprendente sensación de que era lo correcto—. Sentía que este pequeño paso había sido divinamente guiado. No era solo una solución práctica, sino también una respuesta a la oración.

Varios años después, tras mudarnos al otro lado del país con nuestros ahora cuatro hijos, estábamos empezando de nuevo en otro estado. Yo no tenía trabajo y nuestra situación financiera era cada vez más incierta. Revisé anuncios de empleo y solicité varios puestos, pero no recibí ninguna respuesta. Con cada día que pasaba, se hacía más difícil ignorar el miedo creciente de que no lograríamos pagar el alquiler. No obstante, hice todo lo posible por mantener la esperanza, confiando en que se presentaría una solución.

Una mañana, me volví de todo corazón a Dios en oración. Dejé de preguntar: “¿Qué debía hacer?” y en cambio afirmé que el Amor divino ya estaba desplegando su plan —y que yo estaba exactamente donde necesitaba estar—. Ese cambio de pensamiento marcó toda la diferencia. Me di cuenta de que la oración no consistía en cambiar mis circunstancias, sino en cambiar mi perspectiva. 

Ese día, recordé que Jesús nos enseñó a orar al darnos el Padre Nuestro; y pensé específicamente en la frase “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Lucas 11:3). Dejé a un lado la preocupación y decidí estar plenamente presente con lo que Dios ya había provisto. Habíamos encontrado un hogar que nos encantaba. Nuestros tres hijos mayores estaban matriculados en una escuela que les gustaba. Y en ese momento, teníamos suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas. Con ese reconocimiento, simplemente abracé ese día en casa con mi hijo más pequeño, que era demasiado chico como para ir a la escuela. Jugamos, descansamos y reímos. Me sentí profundamente en paz; y profundamente agradecida.

A la mañana siguiente, sonó el teléfono. La administración de un bachillerato había revisado mi currículum y me invitaba a tener una entrevista para un puesto de profesora sustituta. No sabía qué asignatura me darían, pero dije que sí. En la entrevista, supe que la profesora de teatro estaba de licencia y necesitaban a alguien que cubriera parte de su curso. Acepté, y tan solo unas semanas después me pidieron que me encargara del resto de sus clases también. Durante las vacaciones de primavera, también me pidieron que dirigiera la obra musical anual de primavera. Lo que comenzó como una asignación a corto plazo pronto se convirtió en un puesto a tiempo completo que parecía hecho a medida para mi formación y experiencia, y que disfruté durante muchos años. Era más que una coincidencia; fue el resultado de ceder más plenamente a la dirección de Dios y confiar en Su provisión.

Esta experiencia ilustró algo profundo: Escuchar y confiar en la dirección de Dios nos permite dar pasos activos y seguros hacia adelante —no impulsados por el miedo o la voluntad propia, sino guiado por el Amor divino—. Ciencia y Salud dice: “El Amor divino siempre ha respondido y siempre responderá a toda necesidad humana” (pág. 494). Había visto la verdad de esto de primera mano. Mi necesidad no era solo económica: era para tener un propósito, estabilidad, seguridad y una comprensión más profunda del cuidado siempre presente de Dios.

El resultado no fue algo que yo hubiera orquestado mediante una planificación humana; todo se desarrolló de forma natural a medida que cedía a la Mente divina. Como nos aconseja la Biblia: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5, 6).

Ser un participante activo en el plan de Dios no significa forzar resultados; significa despertarse cada día con la receptividad espiritual y tener la disposición de seguir la guía divina. Significa orar para obtener una comprensión y reconocimiento más claros del plan de Dios que ya está en marcha. Significa ser fiel incluso en las cosas más pequeñas, sabiendo que cada paso divinamente inspirado nos lleva hacia adelante.

Algunos días esa confianza puede consistir en hacer una pausa para escuchar antes de tomar una decisión. Otros tal vez nos sintamos inspirados a dar un salto de fe hacia una oportunidad que nos parece correcta, aunque no sea lo que esperábamos. Lo más importante es que avancemos desde un lugar de confianza espiritual, arraigada en la comprensión de que el Amor divino está siempre presente y siempre gobierna a su amada creación.

Esta práctica de confiar activamente en Dios puede transformar la forma en que experimentamos la vida. Puede abrir nuestro pensamiento a nuevas ideas, soluciones inesperadas y una paz interior que no depende de las circunstancias. Cuando somos conscientes de la presencia de Dios a cada momento, encontramos la inspiración y el valor para dar un paso adelante, aunque el camino que tenemos por delante aún no sea completamente visible.

Incluso cuando las circunstancias parecen inciertas, podemos optar por participar —conscientemente, con alegría y a través de la oración consagrada— en el desarrollo del bien. Esta es la esencia del progreso espiritual. Es una vida no de espera pasiva, sino de escuchar activamente nuestro propósito divinamente dirigido. Y esa es una historia que vale la pena contar.

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