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Una respuesta a la ilegalidad

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 27 de agosto de 2026


Un policía armado amenazó a mi amigo, exigiendo un soborno en un país conocido por su corrupción. Personas de todo el mundo enfrentan este tipo de situaciones. Quizá no sean todos tan extremos: un burócrata del gobierno dice que ha perdido la documentación de alguien y le exige multas que la persona no debe. O alguien está estafando al gobierno al reclamar prestaciones que no le corresponden.

¿Qué podemos hacer? Mi amigo optó por orar en lugar de ceder a las demandas ilegales. Como estudiante de la Ciencia Cristiana, él sabía que existe una ley espiritual a la que podemos recurrir, sin importar qué enfrentemos. De hecho, cada uno de nosotros, al estar en terreno espiritual, puede negarse a dar su consentimiento al concepto mismo de que la ilegalidad pueda existir o que podamos estar sujetos a ella. 

¿Por qué? Porque la ley espiritual es la ley de Dios. Esta ley está por siempre establecida, siempre está en vigor, tiene completa autoridad y es totalmente beneficiosa para todos. Como dice un salmo, “La ley del Señor es perfecta y preserva la vida” (Salmo 19:7, New English Translation).

En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, de la Descubridora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, una forma en que se describe la ley de Dios es como “la regla de la armonía perpetua” (pág. 381). A medida que comprendemos que la armonía es una regla no una casualidad, queda claro que la armonía de la ley espiritual y la discordia de la ilegalidad no pueden coexistir. Y puesto que la ley divina está siempre presente, así como su fuente, Dios, la ilegalidad debe estar realmente ausente. 

Incluso en situaciones como la que enfrentó mi amigo, podemos reconocer esto y demostrar que solo la ley de Dios está presente. No tenemos que aceptar al pie de la letra lo que parece estar ocurriendo. Podemos escuchar al Cristo, la verdadera idea de Dios, asegurándonos a cada uno de nosotros la autoridad siempre activa de Dios y nuestra existencia plenamente espiritual como el hijo amado de Dios, el Espíritu divino. Como Jesús, que ejemplificó al Cristo en su vida, es posible sentir el poder de Dios en nuestras vidas y ver evidencias de la ley divina operando allí mismo donde estamos. En el caso de mi amigo, se le permitió seguir adelante sin pagar sobornos.

Su respuesta a la ilegalidad no fue combatirla con más ilegalidad. Era comprender, aceptar y practicar la ley superior del Amor, Dios. Esta ley nos abre los ojos a la Ciencia divina, la verdad de la infinita bondad de Dios, cuya realidad prohíbe todo lo que no es bueno. En una poderosa declaración basada en su propia experiencia al ser objeto de la injusticia, la Sra. Eddy escribió: “Ninguna evidencia de los sentidos materiales puede cerrarme los ojos ante la prueba científica de que Dios, el bien, es supremo. Aunque Él está rodeado de nubes, la justicia y el juicio divinos están entronizados. El Amor está especialmente cercano en tiempos de odio, y nunca tan cerca como cuando uno puede ser justo en medio del desenfreno, y devolver bien por mal” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 277).

Dondequiera que estemos en el mundo, podemos responder cada día a la mentira de que la ley divina está ausente o es impotente. Podemos demostrar que la ley divina del bien es la única ley para tratar problemas de salud, dificultades de relaciones —de hecho, cualquier parte de nuestra vida en la que necesitemos ver progreso—. Ya sea al enfrentar una enfermedad o dolencia nosotros mismos u orar por los demás, podemos seguir el ejemplo de Jesús al reconocer y demostrar que la salud es una expresión de la ley de Dios. Si una relación se ha deteriorado, podemos defender la verdad de que “la regla de la armonía perpetua” está con nosotros para fomentar la restauración y renovación de los lazos rotos. Incluso los rasgos de carácter tercos pueden verse en última instancia como una supuesta ausencia de la ley que rige el bien, y podemos  presenciar cómo esos rasgos se disuelven, al ser reemplazados por la paciencia, la sabiduría y el amor. 

Cuando cualquier elemento del bien parezca estar ausente en nuestra experiencia —incluido el propio estado de derecho— podemos volvernos a la Vida, a Dios, para que nos eleve más alto; hacia la comprensión de la ley del todo activa del bien. Y es posible enfrentar la pretensión opuesta de la ilegalidad y desafiar su realidad basándonos en la misma verdad de la totalidad de Dios por medio de la cual Jesús venció con éxito todo lo que era desemejante a Dios, el bien. 

Toda demostración de la verdad de que la ley de Dios está siempre vigente es significativa. Y si es cierto para nosotros, también lo es para los demás. Todos tienen el derecho a consentir la realidad del gobierno de Dios, el gobierno que el Cristo nos está revelando a cada uno de nosotros. En la medida en que defendemos nuestra propia receptividad al Cristo, estamos vislumbrando lo que es verdadero para todos. Hacerlo es una forma poderosa de cuidar de nosotros mismos y de nuestros semejantes, tanto cercanos como lejanos.

Tony Lobl,
Redactor en Jefe Adjunto

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