Me imagino que la mayoría de nosotros probablemente preferiríamos evitar ser arrojados a un foso de leones hambrientos en contra de nuestra voluntad. ¡Tampoco entraríamos voluntariamente en lo que parece una destrucción segura!
Es probable que esto también fuera cierto para Daniel en los tiempos bíblicos, cuya historia describe una época bajo el rey Darío en la que ser arrojado a un foso de leones era un castigo por negarse a reconocer al rey como un dios (véase Daniel 6). Daniel continuó cumpliendo con el Primer Mandamiento: adorar al único Dios que él sabía era el único Dios verdadero. Y aunque el rey había sido engañado para imponer este castigo en contra de sus propios deseos personales, la profunda confianza de Daniel en que el Amor, Dios, tenía dominio sobre todos lo protegió a él y a los leones. El rey celebró con Daniel el poder salvador de Dios y el Amor que mantenía el control y aseguraba el bien para todos.
Curiosamente, las oraciones de Daniel no le impidieron tener que entrar en el foso de los leones. Pero su comprensión del poder de Dios le dio el entendimiento espiritual de que no había foso de leones, ni peligro real, ni siquiera en el lugar que parecía más peligroso. Él podía pasar por esta experiencia y estar a salvo. Daniel trajo un sentido tal del control del Amor sobre él, y sobre todo, que la ferocidad del miedo fue neutralizada. “Comprendiendo el control que el Amor mantenía sobre todo, Daniel se sintió seguro en el foso de los leones, ...” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 514).