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Crianza: dar testimonio de la creación completa de Dios

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 2 de marzo de 2026

Publicado originalmente en alemán


En los ocho años desde que nació nuestra hija, se han abierto perspectivas completamente nuevas sobre la vida para mi esposa y para mí, como probablemente ocurre con muchos padres. Quizá difícilmente haya otro evento que cambie la perspectiva de alguien tan profunda y permanentemente como el nacimiento de un hijo. 

Además de mi función como padre, también soy practicista de la Ciencia Cristiana, así que ha sido natural adoptar la oración como un enfoque para la crianza. Algunas de las preguntas que me planteé al inicio de esta nueva travesía fueron: ¿Qué es realmente la crianza? ¿Cómo podemos verla espiritualmente y aplicar la comprensión espiritual que hemos adquirido a través de la Ciencia Cristiana?

Empecé a buscar en los libros de texto de la Ciencia Cristiana, en la Biblia y en la obra principal de Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, para encontrar puntos de partida e indicaciones inspiradas que pudieran servir como un fundamento estable para criar a un niño. En el capítulo titulado “El matrimonio”, Ciencia y Salud explica: “Toda la educación de los niños debiera ser tal que forme hábitos de obediencia a la ley moral y espiritual, con la cual el niño pueda enfrentar y dominar la creencia en las así lla­madas leyes físicas, una creencia que engendra enfermedad” (pág. 62). Y en Efesios leemos: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor” (6:4, LBLA); mientras que Deuteronomio nos dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (6:5, LBLA). Estas ideas me animaron a encontrar un enfoque profundamente espiritual hacia la crianza.

Mi punto de partida fue la respuesta de Cristo Jesús a la pregunta de sus discípulos: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” Les dice que deben convertirse en niños pequeños si quieren entrar “en el reino de los cielos” (véase Mateo 18:1-5). Para mí, esto tiene una relevancia encantadora para interactuar y educar a los niños. Jesús no los veía como inmaduros, ignorantes o como vasos vacíos que llenar. Al contrario, Jesús los presenta como poseedores de cualidades ideales a emular. Esto me proporcionó una base para ver a mi hija desde una perspectiva completamente diferente, es decir, como hija de Dios, una expresión perfecta e individual del Amor divino que ya es completa.

Luego me esforcé por tratarla así. Pensé en la Regla de Oro que dio Jesús en el Sermón del Monte: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12). Me quedó claro que todos apreciamos ser tratados como miembros plenos de la sociedad, iguales a aquellos con quienes interactuamos, en lugar de ser menospreciados o tratados con condescendencia. 

Empecé a hablar con mi hija como haría con una buena amiga, con amabilidad y respeto. Al principio tenía otras formas de comunicación, como llorar y tirar cosas, pero yo tenía la responsabilidad de reconocerla e interpretarla correctamente. Dejé de decir “Aquí mando yo, y te voy a explicar el mundo”, y empecé una experiencia compartida de descubrimiento y progreso, de escuchar juntos, incluso mientras la seguía guiando. Nuestro Padre-Madre, Dios, era responsable de ambos. Mi papel era escuchar la guía del Amor divino y confiar en que la plenitud de mi hija se manifestaría naturalmente. Pronto fui testigo de que, cuanto más clara se volvía la verdad sobre su identidad completa y perfecta para mí, más claramente se nos presentaba esta verdad a ambos.

En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy define al hombre como “la compuesta idea del Espíritu infinito; la imagen y semejanza espirituales de Dios; la representación plena de la Mente” (pág. 591). Una de las demostraciones más claras de esta maravillosa descripción de la idea de Dios —¡cada uno de nosotros!— ocurrió cuando nuestra hija tenía cuatro años y nos mudamos de Milán a Berlín. Hasta ese momento había hablado mucho más italiano que alemán, aunque la habíamos criado bilingüe. Entendía alemán cuando le hablaban, pero siempre respondía en italiano. 

No obstante, poco después de mudarnos, la oímos hablar en alemán con los niños del barrio. Cuando empezó la guardería dos meses después, las maestras, que esperaban que ella necesitara cuidados extra por la aparente barrera del idioma, se sorprendieron al ver que podía jugar con sus nuevos amigos en alemán sin acento. Seis meses después, durante un examen obligatorio, el médico escolar nos dijo que nunca antes había visto a un niño con un vocabulario como el suyo que viniera de otro país. 

Para nosotros todo esto fue prueba de que nuestra hija, como cada niño, es la “representación plena de la Mente”. La Mente divina no está limitada por el lenguaje, así que su expresión, el hombre, tampoco puede estarlo. No hay impedimentos para la inteligencia y la acción de la Mente. Mi esposa y yo estábamos aprendiendo, y seguimos aprendiendo, a ver a nuestra hija como una expresión completa de cualidades divinas. Como padres, no somos los creadores de nuestros hijos ni de sus talentos, habilidades e intereses. Somos testigos de su plenitud y podemos escuchar lo que cada niño sabe innatamente de Dios acerca de sí mismo y nos lo está mostrando.

Una declaración que escuchamos leer una vez al mes en los servicios dominicales de la Ciencia Cristiana también ha sido muy instructiva. Es “Una regla para móviles y actos” del Manual de La Iglesia Madre escrito por Mary Baker Eddy, y dice: “Ni la animadversión ni el mero afecto personal deben impulsar los móviles o actos de los miembros de La Iglesia Madre. En la Ciencia, sólo el Amor divino gobierna al hombre, y el Científico Cristiano refleja la dulce amenidad del Amor al reprender el pecado, al expresar verdadera confraternidad, caridad y perdón. Los miembros de esta Iglesia deben velar y orar diariamente para ser liberados de todo mal, de profetizar, juzgar, condenar, aconsejar, influir o ser influidos erróneamente” (pág. 40). 

La última frase ha sido especialmente útil. Veo la crianza como una oportunidad para fomentar una relación amorosa de progreso compartido con nuestros hijos sin condenarlos (pero condenando o rechazando el error impersonal), ni asesorar e influir incorrectamente. En otras palabras, es esencial en una familia dejar espacio para que la relación de cada uno con Dios y el desarrollo espiritual se manifiesten, guiados e inspirados por el Amor divino, en lugar de ser impuestos por la voluntad personal y las opiniones humanas. La camaradería con nuestros hijos se convierte en una oportunidad para que cada miembro de la familia exprese de forma más constante sus cualidades espirituales nativas, tal como paciencia, humildad, compasión y abnegación, que surgen de una comprensión más profunda de Dios.

La crianza es un viaje continuo y una experiencia de aprendizaje para mí, ya que soy testigo de las muchas maneras que mi hija ha tenido para experimentar el progreso correcto, bueno y perfecto que su amoroso Padre-Madre Dios está desenvolviendo en ella. Es una alegría y un privilegio progresar junto a ella.

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