Un día, en un breve momento de descuido, sufrí el aplastamiento de tres dedos de mi mano derecha. Si bien el dolor inicial fue intenso, inmediatamente lo traté con la oración, sabiendo que, como enseña la Ciencia Cristiana, no necesitaba aceptar el falso testimonio del sentido material. En silencio, pero con firmeza, me aferré al conocimiento de que el dolor físico no podía ser parte real de mi experiencia, porque mi ser no estaba en la materia, sino en el Espíritu, Dios.
En unos momentos, el dolor disminuyó significativamente; y en unos pocos minutos, había desaparecido en gran medida: solo sentía dolor cuando intentaba mover los dedos o ponía la mano en contacto con algo. Estaba agradecido por este paso de progreso, pero sabía que necesitaba orar más para liberarme por completo. Soy pianista y estaba preocupado porque en unos diez días tenía el compromiso de participar en una actividad que requería que tocara el piano. Varias personas contaban conmigo para eso, y tenía la certeza de que la curación llegaría y podría participar en esa actividad sin ningún impedimento.
Los días siguientes fueron muy dulces, verdaderamente llenos de la confiada expectativa de que sanaría por completo. Me vinieron varias ideas, pero hay dos que particularmente se destacan en mi memoria. La primera es la naturalidad de la curación. En el capítulo titulado “El gran descubrimiento” en Retrospección e Introspección, escrito por Mary Baker Eddy, ella comparte muchas de las ideas que surgieron mientras la Ciencia de la Mente se abría ante ella. Esta cita habla de lo que sintió a lo largo de esta experiencia de curación: “Los milagros relatados en la Biblia, que antes me habían parecido sobrenaturales, vinieron a ser divinamente naturales y comprensibles” (pág. 26). Pensando en las numerosas curaciones que yo había tenido a lo largo de los años a través de la operación de la ley divina, reflexioné que nada era más normal que la curación que esperaba y veía.
Un segundo pensamiento estaba de alguna manera relacionado. Sentí, de una manera muy consciente, que la curación que estaba experimentando era parte de una continuidad significativa de curación cristiana que se extendía a lo largo de los siglos, y que especialmente ganaba fuerza y comprensión desde el descubrimiento de la Ciencia Cristiana que hizo Mary Baker Eddy. Estaba consciente de hallarme en la gran compañía de todos esos Científicos Cristianos que habían venido antes y demostrado esta Ciencia, una y otra vez, en su propia experiencia. Envuelto en el amor de Dios en este maravilloso sentimiento de ser parte de una gran comunidad de sanadores, descubrí en algunos días que toda la sensibilidad extrema en mis dedos había desaparecido y podía usar la mano normalmente.
Estaba muy agradecido por esta curación. Por lo tanto, me sorprendió un poco —y, para ser sincero, también me molestó— cuando me desperté el mismo día en que necesitaría particularmente mis manos, con un dolor incómodo en una de ellas. Aunque no era agudo, era algo que amenazaba impedir mi capacidad para llevar a cabo las tareas a las que me había comprometido. Me puse de inmediato a trabajar metafísicamente; sin embargo, en el transcurso de varias horas, no hubo ningún progreso perceptible.
Exasperado y desanimado, decidí hacer algo que había hecho muchas veces en el pasado; algo que Mary Baker Eddy hacía con regularidad. Recurrí a mi Biblia y la abrí al azar, con la plena expectativa de que diría lo que necesitaba escuchar para sanar. Leí estas palabras: “Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:30).
Qué sensación de alivio se derramó sobre mí al sentir el cuidado amoroso de Dios en la precisión con la que este pasaje abordó mi necesidad. Lo haría, podría, y de hecho lo hice, “cortar” la mano ofensiva. Es decir, eliminé por completo de mi pensamiento la noción de que había alguna realidad en la creencia de una mano material. En lugar de este concepto erróneo acerca de una mano, llené mi pensamiento con ideas sobre lo que mi mano realmente demostraba: fuerza, destreza, precisión, la capacidad de sujetar y manipular cualquier cosa que se me pidiera que manejara (que en ese momento eran las falsas proposiciones del pensamiento material). El dolor desapareció instantáneamente y no regresó. Cumplí con todas las tareas que me habían propuesto ese día con regocijo en mi corazón.
Estoy muy agradecido por el Cristo sanador, confiable y por siempre disponible que nos habla en nuestro momento de necesidad y nos libera de “los placeres y dolores de la materia” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 294) hacia la armonía de nuestro ser, “escondid[o] con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).
Ryan Vigil Littleton
New Hampshire, EE. UU.
