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Encuentra paz y su hombro es sanado

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 26 de enero de 2026


En el otoño de 2012, como muchos durante la temporada electoral en mi país, me sentí abrumada por la inestabilidad nacional. Tras solo dos años en la práctica pública de la Ciencia Cristiana, me di cuenta de cuánto me quedaba por aprender sobre cómo mantener la serenidad y la paz espirituales en tiempos turbulentos. Anhelaba comprender más de la armonía que el Amor divino prometía. 

Entonces, estando de visita en Boston antes de las vacaciones de Navidad de ese año, tuve un desafío físico que me impulsó a profundizar mi comprensión espiritual. Una tarde, al recorrer la ciudad, resbalé y caí con fuerza sobre mi hombro en una vereda empedrada. Escuché un chasquido al caer y no pude mover el brazo izquierdo. Varias personas amables que presenciaron la caída acudieron en mi ayuda, preocupadas y animándome a ir al hospital. Amablemente me negué y simplemente pedí que me ayudaran a sentarme en un banco cercano.

Después de que se fueron, me sentí sola, asustada y dolorida, así que llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que me ayudara mediante la oración, y recurrí en el pensamiento a la guía del Amor divino. La practicista gentilmente me animó a caminar hasta una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana que estaba cerca. Luego leyó esto del Himnario de la Ciencia Cristiana: “Amaos unos a otros, —palabra de revelación; / El Amor libera de la esclavitud del error, —El Amor es liberación” (Margaret Morrison, Himno N.º 179, © CSBD, según versión en inglés).

Pude caminar hasta la Sala de Lectura, encontrar este himno y leerlo varias veces. Desde entonces, se ha convertido en una de mis oraciones más preciadas, y me ha ayudado a darme cuenta de que mi seguridad, protección y progreso descansan en este Principio, el Amor divino.

Después de recobrar las fuerzas en la Sala de Lectura, tomé un taxi hasta mi alojamiento. Casualmente me alojaba en un sanatorio de enfermería de la Ciencia Cristiana, un refugio espiritual que incluye un lugar para descansar y estudiar. El hecho de que ya tuviera una habitación en ese lugar tan compasivo me decía que estaba exactamente donde necesitaba estar. 

Cuando llegué, la recepcionista se ofreció a llamar a una enfermera de la Ciencia Cristiana por mí, lo cual acepté con gratitud. Fue mi primera experiencia aceptando un servicio así, y estaba inmensamente agradecida por ello. Estar rodeada del afectuoso apoyo de la enfermera de la Ciencia Cristiana, y sentir las oraciones de la practicista de la Ciencia Cristiana, me animaron. El miedo y el dolor empezaron a disminuir mientras seguía orando con “profundas y concienzudas declaraciones de la Verdad” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 12).

Durante los dos días siguientes, la Lección Bíblica del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana se convirtió en mi guía; las verdades sanadoras que se encuentran en la Biblia y en Ciencia y Salud me sostuvieron y apoyaron. Este apoyo fue para mí un encuentro sagrado con el Amor divino. Estaba aprendiendo a escuchar ese llamado siempre suave, “Subid acá” (Apocalipsis 11:12), para elevar mis pensamientos a Dios. Mientras seguía escuchando y cediendo a una comprensión más profunda e íntima de Dios, pude mantener mi mente alejada de la lesión en el hombro y centrada en la totalidad de Dios, el bien. 

A medida que avanzaba la semana, la Lección Bíblica apoyó y guio mi progreso. Estaba muy agradecida por la curación que se estaba produciendo. La enfermera de la Ciencia Cristiana siguió ayudándome a ducharme durante el resto de mi estancia y yo seguí sintiéndome animada por las oraciones de la practicista de la Ciencia Cristiana. 

El domingo por la mañana, ya pude asistir a la iglesia. Oré con la idea de que la Iglesia es “la estructura de la Verdad y el Amor; todo lo que descansa sobre el Principio divino y procede de él” (Ciencia y Salud, pág. 583), y oré para verme como un reflejo de Dios —de la Verdad y el Amor— reconociendo que mi estructura es verdaderamente espiritual.

Al final de la semana, pude agradecer tanto a la enfermera como a la practicista de la Ciencia Cristiana por sus servicios y regresar a casa por mi cuenta. Una vecina amorosa me recibió en el aeropuerto y me ayudó con la compra y los recados. Otra persona cuidó de mi perro y me recordó que la bondad seguía manifestándose en mi experiencia.

En pocas semanas, volví a mi rutina: pasear al perro, asistir a la iglesia, hacer las tareas domésticas y orar por los demás como practicista de la Ciencia Cristiana. Pero, más importante aún, llevé adelante los tesoros espirituales adquiridos a través de esta experiencia. La paz que había anhelado al principio de la temporada ahora estaba arraigada en una conciencia más profunda del amor y la dirección siempre presentes de Dios. 

En los años siguientes, no he tenido más problemas con la fuerza y movilidad de mi hombro; sigo jugando al golf y nadando con regularidad. Esta experiencia fue realmente un punto decisivo: un sagrado recordatorio de que ninguna caída, ningún temor ni confusión pueden separarnos del poder, la presencia y la paz del Amor divino.  

Suzanne Salvatore
Azusa, California, EE. UU.

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