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¿Estoy escuchando realmente?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de marzo de 2026


Muchos de nosotros hemos tenido momentos en los que hemos luchado con una decisión sobre hacer lo correcto. Quizá también nos hemos preguntado cómo se relaciona el escuchar con la oración y cómo puede promover una mejor comprensión de Dios que nos ayuda con estas decisiones. Hace poco, tuve una experiencia que me enseñó a estar atento para escuchar la dirección de Dios.

Eran las once de la noche, y yo estaba en un barco que tenía previsto partir cinco horas después para un viaje de novecientos sesenta kilómetros a lo largo de la costa este de los Estados Unidos, desde Maine hasta Virginia. Traté de dormir, pero me revolvía mental y físicamente en la litera de la proa con la persistente y acuciante intuición de que no debía partir en este viaje. “¿Cómo no voy a irme?” Me pregunté. “La expedición está ligada al trabajo que haré durante los próximos 12 meses, y tengo un miembro de la tripulación que ha viajado desde Alaska para participar en esta aventura. Como capitán del buque, ¿cómo puedo, con la conciencia tranquila, decirle que cancelo el viaje?” Mi intuición decía: “No vayas”, y mi sentido de responsabilidad decía: “Tengo que ir”. 

Mientras luchaba con qué hacer, llegó otra intuición: “Dios no nos pone entre la espada y la pared. Dios nos da mensajes claros sobre lo que es correcto hacer —mensajes que traen claridad y paz, no indecisión ni conflicto—”. 

También pensé en esta declaración de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy: “En la relación científica entre Dios y el hombre, encontra­mos que todo lo que bendice a uno bendice a todos, como lo demostró Jesús con los panes y los peces —siendo el Espíritu, no la materia, la fuente de provisión—” (pág. 206). Razonaba que el Espíritu, Dios, la “fuente de provisión”, solo proporcionaría ideas correctas que bendecirían a todos. 

Llamé a mi esposa y le dije que tenía la fuerte intuición de no hacer este viaje. Escuchó y luego compartió ideas de un artículo metafísico que había leído y que usaba una analogía relacionada con los colores de los semáforos: rojo, verde y amarillo. A veces en la vida llegamos a un “semáforo en rojo” y necesitamos dejar lo que estamos haciendo. A veces el semáforo es verde y nos sentimos inspirados a seguir adelante. Y a veces nos encontramos con una luz amarilla y necesitamos hacer una pausa, escuchar en oración y luego ceder a las ideas inspiradas que nos vienen. Reflexioné más profundamente sobre el significado espiritual de esto y cómo podía ayudarme a obtener claridad, dirección y paz.

Razoné que, además de detenerse totalmente, un semáforo en rojo podría representar protección y estabilidad, que un semáforo en verde podría simbolizar progreso y renovación, y que un semáforo en amarillo puede representar la sabiduría adquirida al escuchar en oración. Me impresionó el poderoso simbolismo de esa luz amarilla como la necesidad de ceder un sentido humano de responsabilidad e indecisión a la inspiración dirigida por Dios y a la expectativa de bien llena de luz. 

Me di cuenta de que la paz espiritual que buscaba no se encontraría en la detención o desaparición del pensamiento con luz roja y verde, sino más bien en la pausa del pensamiento con luz amarilla. Ciencia y Salud dice: “Lo que más necesitamos es la oración del deseo ferviente de crecer en gracia, expresada en paciencia, mansedumbre, amor y buenas obras” (pág. 4). También dice, refiriéndose a Dios como Amor, “El Amor inspira, ilumina, designa y va adelante en el camino” (pág. 454). Me di cuenta de que mi verdadero deseo era simplemente hacer lo correcto, expresar amor y ceder a la dirección de Dios. 

Oré algo así: “Padre-Madre Dios, gracias por crearme a Tu imagen y semejanza: alerta, inteligente, perspicaz, considerado, compasivo, completo y deseando escuchar y seguir Tu guía. Eres el bien infinito, la única Mente del universo, y yo te reflejo a Ti, la Mente divina, en todos los sentidos. Como Tú eres del todo bueno, no hay lugar para la confusión, la indecisión o la falta de paz. Tú eres la fuente de todas las ideas correctas, y tengo acceso completo a ellas”.

La niebla de la confusión y falsa responsabilidad se evaporó de inmediato cuando hice una pausa, oré y abracé el deseo de escuchar y obedecer la dirección de Dios. Sentí que me embargaba la paz. Sabía que no era correcto continuar con este viaje. 

Lo compartí con mi compañero de tripulación, y ocurrió algo de lo más interesante. Me dijo que estaba agradecido y aliviado de que no emprendiéramos este viaje, ya que él también había estado lidiando con dudas sobre ir. Esta intuición, esta oración inspirada por Dios, la habíamos sentido los dos.

Mucho bien ha surgido como resultado de seguir esta visión espiritual, desde estar en casa para experimentar el nacimiento de mi nieta hasta tener oportunidades profesionales increíbles e inesperadas que habría perdido si hubiera estado en el mar. Mi compañero de equipo experimentó algo similar. Y muchas bendiciones siguen revelándose al prestar atención a los metafóricos “colores” del hecho de escuchar. Como nos dice Ciencia y Salud: “Debemos ‘[orar] sin cesar’. Tal oración es respondida en la medida en que llevemos nuestros deseos a la práctica” (pág. 15).

Cada vez descubro más cómo el escuchar inspirado por Dios, o la oración, abre el pensamiento —y la experiencia— a un bien inefable.

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