A través de mi estudio de la Ciencia Cristiana, he aprendido que las facultades que Dios nos ha otorgado —como ver, oír, escuchar y percibir— nunca pueden perderse ni ser destruidas. Por ser la expresión del Alma divina, son espirituales, no materiales, y nunca están sujetas a la edad, la enfermedad o el accidente. Siempre permanecen intactas.
En una reciente lección bíblica del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, presté especial atención a esta cita: “El ‘oído divino’ no es un nervio auditivo. Es la Mente que todo lo oye y todo lo sabe, la cual siempre conoce y satisfará cada necesidad del hombre” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 7).
Hacía ya un año que sentía molestias en el oído derecho, y había ocasiones en las que no escuchaba bien, sobre todo cuando me ponía los audífonos para escuchar la lección o un artículo en JSH-Online.com. Al comienzo oré esporádicamente al respecto, pero al pasar el tiempo vi que debía prestarle atención a este problema.
Una tarde, fui con mi nieta al parque y, mientras ella jugaba con sus amigos, me puse los audífonos y escuché uno de los himnos de Julia Wade de su álbum en español Alabado sea Dios. El himno titulado “El Amor” incluye esta línea “Quien ama siempre debe tratar de no herir”. Me sentí muy inspirada al escuchar esto y ver a los niños disfrutar juntos de esos momentos, corriendo, riendo y saltando. Estaban rebosantes de felicidad y de alegría en armonía.
El himno también dice: “El amor nunca piensa solo para sí”. Sabía que el amor que estos niños manifestaban era una cualidad de la Mente, y que el mismo sentido espiritual que estaba en ellos también formaba parte de mí. Por eso estaba incluida en ese gozar, en ese disfrutar.
También reflexioné sobre la definición espiritual de niños de la Sra. Eddy en el Glosario de Ciencia y Salud: “Los pensamientos y representantes espirituales de la Vida, la Verdad y el Amor” (pág. 582). Sabía que no podía perder mi identidad como hija de Dios, así que, a pesar de ser adulta, seguía manteniendo la misma inocencia que esos niños expresaban.
La alegría que sentí en ese momento fue tan inmensa que mi pensamiento se apartó por completo de un falso sentido de mí misma como un ser material con problemas auditivos. De repente, pude oír perfectamente por ese oído y la incomodidad desapareció.
¿Qué había pasado? La Ciencia Cristiana explica que cuando nuestro pensamiento se centra en un sentido limitado y personal del yo, nos aferramos a conceptos humanos defectuosos y perdemos de vista nuestra unidad con Dios. Damos identidad a esta falsa sensación y creemos que algo puede dañar su bienestar. No obstante, reconocer que la Mente divina es nuestro creador y apreciar las cualidades que expresamos como ideas de la Mente restaura el verdadero sentido del yo y la función saludable del cuerpo, incluidas nuestras facultades.
Cuando comprendí que la Mente no incluye desarmonía de ningún tipo, y que la expresión de la Mente, el hombre, tampoco podía incluir desarmonía, quedó claro que el problema auditivo era irreal, que era una ilusión. Fue entonces que desapareció la condición y nunca más volví a experimentarla. Ambos oídos han funcionado bien desde entonces.
Estoy muy agradecida a la Sra. Eddy por su descubrimiento de la Ciencia Cristiana, y al Heraldo por publicar artículos inspiradores y curaciones. Mi objetivo siempre es escuchar para que la Verdad divina me muestre qué debe eliminarse del pensamiento para que no me impida percibir la presencia constante del bien.
Deisy Ortiz
Bogotá, Colombia
