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Libre de los efectos de una caída en bicicleta

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de febrero de 2026


El año pasado, durante un viaje en bicicleta en el extranjero, al salir de un pueblito con otros dos ciclistas, vi una línea blanca en la carretera que pensé que marcaba el carril de las bicicletas, pero que en realidad era un pequeño cordón de la calle. Al ir a unos quince kilómetros por hora, salí volando de la bici y reboté contra una pared y la acera. Siempre llevo casco cuando ando en bicicleta. No perdí el conocimiento, en cambio pronto estaba sentado en el cordón. 

Lo primero que pensé fue que estaba rodeado del Amor divino. Comprendía que Dios, el Amor divino, está siempre presente y en todas partes. Sentí que esto se manifestaba en la preocupación que los otros dos ciclistas expresaban por mi bienestar, pero aún más en reconocer que el cuadro físico no manifestaba la verdad de mi identidad como una idea siempre bajo el cuidado de Dios.

La lesión más visible estaba en la rodilla. Justo cuando la miré, vi a un hombre acercándose desde el otro lado de la calle. Dijo que trabajaba en el edificio del centro comunitario y que me había visto caer. Comentó que recientemente había recibido formación en primeros auxilios y me preguntó si quería que me vendara la rodilla. Le dije: “Claro”, y le agradecí. 

En quince minutos, estaba vendado y de nuevo en mi bici, regocijándome en la libertad que surge de saber que Dios es mi vida y la fuente de mi ser, y que un cuerpo material no es ni mi identidad ni mi verdadero ser.

Una frase de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, estaba en mi pensamiento. Dice en parte que debemos: “… ele­varnos por encima del testimonio de los sentidos materiales, por encima de lo mortal hacia la idea inmortal de Dios” (pág. 262).  

Mientras recorríamos los caminos en la hermosa y accidentada zona rural, trabajé para revertir cada pretensión de dolor, culpa y arrepentimiento por haber confundido ese cordón con una línea pintada. Me resultó más fácil que nunca gracias al amor abrumador y la gratitud por el poder siempre presente de Dios que sentí incluso cuando volaba por el aire, rebotaba en el asfalto y me vendaban.

Para revertir las pretensiones de shock, culpa y amargura, seguí afirmando que solo podía expresar cualidades divinas y que era imposible “caer” de la presencia de Dios. Y también, para elevarme “por encima del testimonio de los sentidos materiales”, revertí la pretensión de que el impacto con el hormigón debe causar daños corporales. Sabía que una forma de materia no podía afectar destructivamente a otra, y me aferré a la verdad espiritual de que, como idea espiritual de Dios, en realidad, no hay nada separado de Dios que pueda hacerme daño.  

El impulso de esta experiencia continuó durante el resto del viaje. Pude completar todos los tramos. Las heridas en la rodilla, cadera y hombro se cerraron en una semana. Atribuyo la rápida recuperación a conocer verdaderamente a Dios como el Amor siempre presente que todo lo abarca. Yo sigo andando en bicicleta, nadando y caminando sin ninguna restricción ni limitación. Y sigo maravillado por el gran amor de Dios y agradecido por esta prueba de Su poder presente y protector. 

Roger Whiteway
Virginia Beach, Virginia, EE.UU.

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