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Para jóvenes

¿De qué se trata la vida?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 8 de enero de 2019


Yo no tenía tiempo para la religión ni interés en ella. Trabajaba en una agencia de publicidad de la Avenida Madison, en la ciudad de Nueva York, y mi vida estaba llena de todo lo bueno: dinero, viajes, ropa linda y una casa de vacaciones perfecta.

Después de Nueva York, me mudé a Los Ángeles para trabajar en Hollywood. No había nada que yo no tuviera, o eso era lo que pensaba, hasta que una noche vinieron a visitarme unos amigos. Estábamos sentados comiendo, tomando vino y pasándola bien, cuando surgió el tema del significado de la vida. Hubo preguntas como: ¿Por qué estamos aquí? Y ¿de qué se trata la vida?

De alguna forma, en medio del aturdimiento del vino y las respuestas intelectuales (aunque no muy profundas) a esas preguntas, se me encendió una lucecita y me vino a la cabeza un pensamiento que decía: Tú sabes por qué estás aquí. En la Escuela Dominical aprendiste el porqué.

Podríamos decir que estaba ocupada viviendo mi vida, y lo que creía acerca de la Ciencia Cristiana en aquella época realmente no encajaba en todo eso. Había asistido a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana hasta que terminé el bachillerato, pero cuando me fui de casa, la Ciencia Cristiana se transformó en algo que había pasado a segundo plano. Nunca dejé por completo esta Ciencia, pero hasta que estuve cerca de cumplir treinta años, tampoco la había aceptado totalmente. Mi madre era practicista de la Ciencia Cristiana, y ayudaba a otras personas a sanar por medio de la oración, y aun cuando me fui a la universidad y me vi envuelta en otras cosas, le seguía pidiendo que orara por mí cuando necesitaba ayuda. Y tuve curaciones. Pero Dios, la iglesia y todo lo que tenía que ver con mi propia práctica de la Ciencia Cristiana no podían haber estado más lejos de mi mente.

No obstante, no podía ignorar el pensamiento que me había venido aquella noche, y la verdad era que no quería hacerlo. Yo sabía por qué estamos aquí. Así que después que se fueron mis amigos, desenterré mi Biblia y mi ejemplar de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, los cuales tenían literalmente polvo encima porque no los había mirado en mucho tiempo. Fue entonces que me vino un segundo pensamiento. Recordé la forma en que Mary Baker Eddy abría con frecuencia la Biblia al azar y permitía que Dios le hablara por medio de un pasaje, mientras ella oraba con las ideas y encontraba inspiración y guía en su significado. Pensé en hacer eso: abrir mi Biblia y permitir que Dios me hablara.

Cuando lo hice, mis ojos recayeron en Proverbios 16:3 que dice: “Encomienda tus obras al Señor, y tus propósitos se afianzarán” (Proverbios 16:3, LBLA). Me embargó una sensación de libertad. Todos esos años yo había tenido todo lo que quería, excepto espiritualidad. Pero de pronto me di cuenta de cuánto había anhelado la espiritualidad, cuánto la ansiaba, cuánto deseaba algo más profundo y más valioso que esos indicadores superficiales de éxito y felicidad.

  Después de eso, todo sucedió muy rápido. Conseguí un ejemplar del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana para poder empezar a leer nuevamente la Lección Bíblica semanal. Quería orar con más eficacia por las situaciones que enfrentaba, así como por las personas en mi vida, de modo que regresé a la iglesia, donde podía estar rodeada de un grupo de gente que se dedicaba a orar unos por otros y por el mundo. Pocos meses después, también tomé instrucción de clase de la Ciencia Cristiana; un curso de 12 días sobre la curación espiritual. Llegué a ser capellán de la Ciencia Cristiana y trabajé en las prisiones del condado de Los Ángeles durante doce años. ¿Por qué? Porque cuando acepté realmente la Ciencia Cristiana finalmente entendí: Lo que la Ciencia Cristiana explica acerca de la existencia —que es creada por Dios y tiernamente cuidada por Él, lo cual es muy diferente de lo que vemos en la superficie— puede tocar la vida de cualquiera, en cualquier lugar, por medio de la curación. Y comprendí que la Ciencia Cristiana me había dado las herramientas para que compartiera esto con otras personas también.

Mi momento decisivo con la Ciencia Cristiana fue cuando me di cuenta de que no se trataba de la religión en la que me habían criado, o una cultura religiosa, o la versión que otra persona tenía de la Ciencia Cristiana. Se trataba de mi propia práctica auténtica de esta Ciencia, basada en mi propio compromiso, mis oraciones y mi deseo de ayudar a los demás. Y percibí que mi práctica de la Ciencia Cristiana iba más allá de mi propia vida, e incluso más allá de las paredes de mi iglesia. Todos merecemos conocer la realidad del amor acogedor, salvador y sanador de Dios, y me di cuenta de que mi vida podía tratarse de eso: de vivir lo que yo sabía que era verdad acerca de Dios y acerca de cada uno de nosotros como los hijos amados de Dios, en toda situación.

Lo que aprendí hace tantos años en la Escuela Dominical es que a medida que comprendemos más acerca de todo lo que Dios es y cómo esta comprensión tiene efectos sanadores y prácticos, podemos servir y amar mejor a los demás, tal como Cristo Jesús lo hizo. Gracias a la Ciencia Cristiana, ahora estoy preparada para hacer eso, y he descubierto una vida llena de propósito.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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