Era una pregunta que no esperaba. La coreógrafa de una pieza de danza en la que participé les preguntó a las mujeres del grupo si nos parecería bien actuar en topless.
Ella pidió que lo pensáramos y después le dijéramos lo que pensábamos. Aunque mi reacción inicial fue sentirme conflictuada, pude notar que las otras mujeres estaban entusiasmadas, lo que me hizo dudar en hablar. No quería estropear la visión de la coreógrafa ni arruinarles la experiencia a mis amigos.
Durante mi tiempo como bailarina, me he sentido muy cómoda de cambiarme delante de mis compañeros y bailar con trajes ajustados, así que técnicamente no me incomodaba la idea de bailar en topless. Sin embargo, no sentía que fuera algo que quisiera hacer. Sabía que se requería valor para decir lo que pensaba, pero no quería evitar hacerlo por miedo a ser diferente o a no ser aceptada. Quería expresar mi opinión según la decisión que realmente me pareciera adecuada.
Al principio, no veía ninguna razón por la que actuar en topless fuera incorrecto. Era posible que incomodara a otros, pero eso es cierto en tantas cosas del arte. Habría una advertencia en el programa y en línea para que la gente no viniera si era algo que no querían ver. También estaba programada para ser una actuación bastante pequeña para un grupo selecto.
En aquella época, también estaba tomando una clase académica donde estudiábamos ética y moral. Había estado tratando de entender mejor la moralidad como un apoyo práctico para los individuos y la sociedad; como algo que mejora nuestras vidas, en lugar de algo restrictivo o inconsistente.
Sabía que muchos conceptos de la moralidad han evolucionado a partir de la religión y parecen tener su base en creencias sobre el cielo y el infierno, o sobre el hecho de que Dios lleva un registro de lo que los individuos hacen bien o mal y los recompensa o castiga en consecuencia. Como estudiante de la Ciencia Cristiana, mi comprensión de Dios como Amor divino especialmente no encajaba con esa última idea.
Además, el concepto de reglas inconsistentes que eran perjudiciales para ciertos individuos o grupos no encajaba con mi comprensión de Dios como Principio, que orquesta y gobierna la vida de una manera armoniosa que da a todo un propósito. Como las leyes de las matemáticas, nada en el universo de Dios es aleatorio ni arbitrario. El Principio se expresa en consistencia, armonía y bondad universal.
Parecía claro que un buen punto de partida sería comprender mejor mi propia espiritualidad y compartir esa comprensión con los demás. Sabía que mi identidad espiritual estaba arraigada en Dios, que es del todo bueno, lo que significa que ya expreso todas las cualidades que quiero aportar a la sociedad. Sentía que bailar en topless ponía un foco extra en mi físico que no me parecía necesario ni útil. En cambio, pensar en mi verdadera sustancia como espiritual me da un inmutable sentido de estabilidad y valor, lo cual parece muy diferente a basar mi valor en cómo yo u otros ven mi físico.
Me alegró poder decirle a la coreógrafa que no me interesaba bailar en topless, porque sentía que era fortalecedor indicar claramente lo que pensaba y no tener miedo como parte de mi toma de decisiones.
Cuando compartí lo que pensaba con la coreógrafa, fue amable y comprensiva y, al final, decidió seguir adelante sin la desnudez. Tras la actuación, varios amigos del público y todos mis compañeros bailarines comentaron que estaban agradecidos de que la pieza no hubiera sido topless. Sintieron que el mensaje general de la pieza se transmitía mucho más claramente, sin eso como distracción.
Este fue un momento importante para mí, ya que me permitió defenderme sin miedo y apoyarme en la oración para saber qué era realmente correcto hacer. Me sentí agradecida de ver que la Ciencia Cristiana ofrece soluciones claras a dilemas morales y que el resultado fue reconocido colectivamente como un buen resultado.
