Durante mi adolescencia prácticamente no había tenido dolor a causa de la menstruación. Solo hace algunos años comencé a tener molestias más seguido. Cada vez que mis amigas comentaban sobre los síntomas relacionados con sus ciclos menstruales, yo hacía comentarios negativos acerca de lo que significa ser mujer. Me había aferrado a la creencia general de que ese dolor era algo normal, y que todas las mujeres estamos sujetas a sufrir una vez al mes.
Parecía fácil creer que el “pecado original” de Eva de comer el fruto que Dios había prohibido había condenado a todas las mujeres al dolor menstrual. Los medios nos dicen constantemente que tenemos fallas y que la incomodidad mensual es normal. Quizá fueron estos pensamientos, y mi falta de constancia para contrarrestarlos, los que me llevaron a creer que no había mucho que yo pudiera hacer contra esas molestias. Me había rendido a lo que creía que era mi destino.
Un domingo en la madrugada me despertó un dolor intenso en el área abdominal. No podía moverme libremente, ni sentarme ni acostarme boca abajo. Ese día tenía la responsabilidad de cubrir a una de mis compañeras en el trabajo, pero no me sentía lo suficientemente bien como para ir. Me atacó una oleada de pensamientos negativos: angustia por ser mujer, culpa por no poder asistir al trabajo y miedo de que la gente me considerara irresponsable si no lo hacía. Tenía claro que todo ese panorama mental no favorecía ni contribuía a la curación. Si hubiera hablado con mis amigas sobre ello, me habrían recomendado medicina para aliviar el dolor. Pero yo quería una curación permanente, no un alivio temporal, y estar en paz, con esa falsa creencia eliminada de mis pensamientos.
En vez de contactar a mi jefe y pasar otro día en la cama, decidí poner fin a la situación y orar por mí misma. Crecí con la Ciencia Cristiana y había sentido el poder de la oración, por eso tenía la completa certeza en su eficacia. En incontables ocasiones había logrado vencer el mal con el bien afirmando que era perfecta, sin defecto ni falla alguna, el reflejo de la naturaleza espiritual de Dios. Él nunca había abandonado a nadie al destino de la existencia material. Por lo tanto, ni yo, ni ninguna otra mujer teníamos por qué sufrir.
Noté que cuando estudio y profundizo para comprender mejor la naturaleza de Dios y nuestra relación inseparable con Él, así como muchas de las enseñanzas que aprendí en la Escuela Dominical y que continúo aprendiendo en nuestras Lecciones Bíblicas semanales, no queda duda alguna sobre el poder sanador de Dios y de la Ciencia Cristiana. Orando con estas ideas, nada llega a nublar mi visión de la creación espiritual de Dios, ni de la forma en que Él nos creó.
Mientras oraba por mí misma, pensaba en “la declaración científica del ser” en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy. La primera frase de la afirmación declara: “No hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia” (pág. 468). Yo razonaba: “Si en la materia no hay inteligencia, ¿cómo puede mi cuerpo decirme que algo duele? ¿Cómo puede el cuerpo comunicarme eso?”. La respuesta era tan obvia que no me sorprendí cuando pensé: “No puede”. Si los sentidos materiales son producto de las llamadas leyes de la materia, y mi ser es espiritual, no puedo sentir dolor. El dolor solo manifiesta la creencia de estar separado de Dios, y como Su reflejo, soy una con Dios, incapaz de cualquier perturbación.
Otro pensamiento que se me ocurrió se relacionaba con la referencia de la Sra. Eddy en Ciencia y Salud a la inteligencia como “omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia” (pág. 469). Razoné que, si Dios es omnisciente y lo sabe todo, y llena todo el espacio y es todopoderoso, entonces la materia y el dolor no pueden existir; ni siquiera hay un milímetro de espacio para ellos en la creación espiritual.
“La declaración científica del ser” también declara: “Todo es la Mente infinita y su manifestación infinita, pues Dios es Todo-en-todo” (pág. 468). Cada uno de nosotros, como manifestación infinita de la única Mente, refleja salud y armonía.
Al confiar en estas simples verdades, rápidamente pude librarme del dolor. Fue una curación prácticamente instantánea. Pude cumplir con mis responsabilidades laborales ese día sin recaídas, y me libré de la culpa que me afligía.
Hoy, varios años más tarde, sigo libre de malestares. Estoy infinitamente agradecida a Dios por siempre levantarme y mostrarme lo que necesito ver y entender, y también a la Sra. Eddy por seguir a Cristo Jesús y dedicar su vida a compartir su descubrimiento de la Ciencia Cristiana —el descubrimiento más significativo de todos los tiempos— con el mundo.
Stefania Passaglia
Buenos Aires, Argentina
