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Para jóvenes

¿Debo dormir con él?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 30 de abril de 2019


Nunca planeé tener relaciones sexuales con él. Era un conocido con quien me encontré a más de 4,800 kilómetros de mi casa. Estábamos simplemente charlando. Y riendo. Conectando.

Claro, él era inteligente, divertido y guapo. Me sentía atraída por él, y me daba cuenta de que yo le gustaba.

Entonces,… una cosa llevó a la otra. Nos acercamos más en el sillón. Le toqué el brazo. Él me tocó la mano.

“¿Vamos al dormitorio?”, preguntó él

Me pareció correcto decir que no, poner límites en algún lado. Pero no hice ningún intento por dejar de expresar afecto. Sabía que estaba dando mensajes contradictorios, pero a una parte de mí no le importaba.

No, no era que no me importara. Lo que ocurría era que no estaba segura de lo que quería. 

Había estado orando mucho por la armonía en las relaciones. Aunque había sido Científica Cristiana toda mi vida, en los últimos dos años había alcanzado una perspectiva más espiritual que nunca antes acerca de ese tema. Había aprendido que mis relaciones eran más felices y más firmes cuando las veía como una expresión del bien que Dios, el bien mismo, siempre nos está dando. Comencé a comprender que no podía compartimentar mi vida: no podía poner a Dios y a la religión de un lado y pensar y actuar como si todo lo demás estuviera de algún modo bajo mi dominio, separado de Dios. Había llegado a entender que todo lo bueno, en cada aspecto de mi vida, era una expresión de Dios, el bien divino, así que tenía que estar en línea con el bien espiritual; no con un sentido limitado del bien mezclado con anhelos, deseos y potenciales desventajas, sino con el bien puro, real, perdurable, que no incluye ningún elemento de egoísmo.

Sin embargo, no me había sentido tan atraída hacia alguien realmente en mucho tiempo.

Muy pronto fue obvio que mi regla de “al dormitorio no” se había vuelto irrelevante. Los pensamientos giraban rápidamente en mi cabeza. ¿Es que realmente importaría si durmiera con él? Sí. No. Sí. ¿Por qué tanto escándalo?Yo no había planeado que sucediera esto, pero iba a ocurrir.

Pero entonces… no ocurrió. Y lo que pasó a continuación fue mucho mejor.

Hubo una pequeñísima pausa. Y luego él preguntó: “¿Estás de acuerdo con esto?”.

Le dije que sí. Pero, pocos minutos después, él se detuvo nuevamente y dijo: “¿Vas a estar de acuerdo con esto mañana?”. 

Y de pronto comprendí lo que realmente estaba sucediendo. Vi claramente que él no era simplemente un muchacho agradable que quería mi consentimiento. En cambio, justo en el momento en que no podía decidir si debía detenerme, cuando sentía como si no quisiera detenerme, me di cuenta de que algo más, una presencia poderosa, estaba actuando, y ambos la sentimos. 

Había aprendido en la Ciencia Cristiana que lo que estaba sintiendo, esta presencia poderosa de un amor puro y totalmente espiritual, es el Cristo. Y esa presencia del Cristo estaba llenando absolutamente todo el cuarto, neutralizando por completo todo impulso sexual. Realmente, me sentí amada y cuidada de una forma que nunca antes había sentido; de una forma que supe que provenía de Dios.

Después de eso, fue muy fácil para los dos detenernos. Nos vestimos, y él me llevó de regreso a mi hotel. Ninguno de los dos sintió resentimiento o que nos habíamos perdido de algo. No perdimos nada. Ambos sabíamos que habíamos hecho lo correcto, debido al profundo sentimiento de amor —amor verdadero— que había llenado aquella habitación. 

Sin embargo, ese no es el fin de la historia, porque ese sentimiento de la presencia palpable del Cristo permaneció conmigo y fue mucho más satisfactoria de lo que hubiera experimentado si hubiéramos dormido juntos. Me enseñó que lo que Dios nos da no es secundario comparado con lo que ofrece la sociedad; es mucho, pero mucho mejor. Y los obsequios de amor puro del Cristo nos preparan para disfrutar de la verdadera felicidad. 

 No mucho después, conocí a alguien con quien realmente me conecté y quien hoy sigue siendo una parte importante de mi vida. Esta nueva relación me dio todo lo que quería y mucho más. Estoy muy segura de que esto se debe a que para entonces, yo sabía que no necesitaba a otra persona para sentir el amor verdadero. Dios ya me lo había dado, así que siempre estaba allí. Podía sentirlo siempre que estuviera dispuesta a prestar atención.

A veces me he preguntado: ¿Es que una decisión distinta hubiera hecho esa diferencia tan grande? Y la respuesta a la que siempre vuelvo es que habría sido fácil perder la gran lección acerca del amor verdadero, el amor de Dios, si yo no hubiera estado dispuesta a experimentar el bien espiritual ya disponible para mí. Y esa lección me ha ayudado no solo en lo que al romance se refiere, sino también en todo lo demás, y no la cambiaría por nada.  

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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