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Para jóvenes

Apaga el ruido

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 1º de junio de 2020


Varios de mis colegas consejeros habían caído enfermos con lo que parecía ser gripe. Les dieron tiempo libre, y el resto de nosotros colaboramos para ayudar con sus tareas. 

Sabía que podía ayudar mucho más, no solo encargándome de sus tareas durante la diversidad de actividades que teníamos a diario en el campamento. Como Científico Cristiano, podía orar. Sabía que estos consejeros también estaban orando, y me uní a ellos apoyando a todos en el campamento con mis propias oraciones. Por medio del estudio de la Biblia y de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, había aprendido que la curación se producía al cambiar el pensamiento; al comprender la realidad y la bondad de Dios con tanta claridad, que todo sentido de mal o enfermedad ya no parece convincente o amenazador, y en cambio, simplemente desaparece de la consciencia y del cuerpo.

Durante el entrenamiento del personal, a comienzos del verano, los consejeros habían hablado acerca de la idea de ser un buen centinela. Mary Baker Eddy aborda este tema en Ciencia y Salud: “Sé el portero a la puerta del pensamiento. Admitiendo sólo las conclusiones que deseas que se realicen en resultados corporales, te controlarás armoniosamente a ti mismo. Cuando esté presente la condición que tú dices induce la enfermedad, ya sea aire, ejercicio, herencia, contagio o accidente, desempeña entonces tu oficio de portero y deja afuera estos pensamientos y temores malsanos. Excluye de la mente mortal los errores nocivos; entonces el cuerpo no puede sufrir a causa de ellos” (pág. 392).

Ahora esta era mi tarea. Me di cuenta de que una de las formas de orar con eficacia era estar mentalmente atento a toda sugestión de contagio que viniera a golpear la puerta de mi pensamiento. Por ejemplo, la creencia de que la proximidad física con mis compañeros quería decir que yo también tenía que enfermarme de gripe. En lugar de admitir esas sugestiones, traté de reconocer la supremacía de Dios, del Espíritu, lo que significaba que mi existencia, así como la de todos los demás, era única y absolutamente espiritual; fuera del alcance de las creencias de contagio o enfermedad.

No obstante, cuando comencé a manifestar los mismos síntomas, me desanimé y sentí que no era un muy buen centinela. Hablé con una practicista de la Ciencia Cristiana y le pregunté qué podía haber hecho para ser un mejor “portero”. Con mucha calma y firmeza ella me aseguró que yo no era un centinela inadecuado. Mi capacidad para identificar y rechazar todo lo que es desemejante a Dios, en realidad proviene de Él. Yo podía saber que esta capacidad estaba dentro de mí mismo y apoyarme en ella. 

Para ayudarme, la practicista me sugirió este enfoque: trata de pensar que la sugestión del contagio es como estar en una habitación con una radio a todo volumen. El dial de la radio está entre dos estaciones, así que lo que sale de ella es una estática muy alta y ruidosa. Yo podía quedarme sentado en el cuarto con impotencia, escuchando y sintiéndome molesto por el barullo, o podía levantarme y apagar la radio.

Mientras orábamos juntos con esta idea, comencé a darme cuenta de que todos tenemos el poder de “levantarnos y apagar el ruido”, simplemente sabiendo en primer lugar que Dios, el Amor divino, no nos puso en una atmósfera ruidosa para perturbarnos y molestarnos; para enfermarnos. La totalidad del Amor hace incluso que la sugestión de enfermedad sea absolutamente imposible. Y esta totalidad nos protege, y es la voz que debemos escuchar.  

La directora del campamento me dijo que me tomara la noche libre, y me fui a orar para “apagar el ruido”. Al principio me costó mucho, pero poco a poco, mientras apagaba el ruido, encontré una maravillosa estación con la que “sintonizarme”: la estación del amor puro de Dios, la que me permitió experimentar la paz y la armonía de Su omnipresencia tranquilizadora. Lentamente, pero con toda seguridad, los dolores, la congestión y la debilidad desparecieron como un sueño del que acabas de despertar. Descubrí que en esas horas que estuve en mi cabaña, al insistir mentalmente en que “la armonía es la realidad, y que la enfermedad es un sueño temporal” (Ciencia y Salud, pág. 412), no solo pude “apagar el ruido”, sino que también fue reemplazado por la armonía y la paz de la presencia tranquilizadora de Dios, del Amor divino.

Me dormí. Por la mañana, me desperté como siempre a las 5:30 sin ninguno de los síntomas. Alerta y renovado, me preparé para comenzar el día. Estoy contento de decir que ninguna sugestión ruidosa de contagio o enfermedad me molestó el resto del verano. Además, los otros consejeros que también habían tenido síntomas de gripe regresaron a hacer sus tareas regulares en uno o dos días. Tengo entendido que ese fue el fin del problema. Considero que esta fue una evidencia más del poder de la oración y de sus efectos sanadores de gran alcance, para mí y para todos.

Estoy sumamente agradecido por las ideas espirituales que recibí acerca de nuestra capacidad inherente para “apagar” las ruidosas sugestiones de contagio. Para mí, esta curación fue una afirmación de que todos somos hijos de Dios; y estamos sujetos únicamente a Sus leyes de armonía y paz.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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