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Bondad que nunca escasea

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 22 de junio de 2020


Tiempos difíciles como estos pueden sugerir que los recursos son finitos e insuficientes, o que algunos ganan mientras que otros son olvidados por el azar o por falta de oportunidad o por no poder tener acceso a esos recursos. Las perspectivas pueden parecer sombrías, limitadas e injustas.

La Ciencia divina, la ley de Dios, que está arraigada en el fundamento de un único Dios infinito, el bien, ofrece un punto de vista más amable y bondadoso basado en principios éticos. Este Dios es la Mente, o inteligencia, del universo; y esta Mente, la cual también es Amor, es universal e imparcial. El Amor divino es siempre imparcial. No le da a uno y le quita a otro. Es la única fuente real del bien y no puede escasear.

Mary Baker Eddy, quien descubrió la Ciencia Cristiana, escribe: “El Amor, fragante de generosidad, baña todo en belleza y luz. ... La luz del sol destella desde la cúpula de la iglesia, atisba en la celda de la prisión, se desliza en el aposento del enfermo, ilumina la flor, embellece el paisaje, bendice la tierra” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 516).

El Amor infinito no tiene límites. Y cada uno de nosotros es una idea de este Amor, de la Mente divina, y refleja la gracia inagotable de Dios. Cuando comenzamos a comprender esta realidad espiritual, experimentamos la dimensión muy real del sentido espiritual. Es tan gentil y natural como el amanecer de un nuevo día. Aquí, las predicciones y limitaciones sombrías son desplazadas por la luz divina.

Hace algunos años, me mudé a otro país para regresar a la universidad. Antes de irme, una amiga a quien respetaba muchísimo me tomó la mano y dijo: “La obra del Amor y el Amor armonizan” (según versión en inglés). Me di cuenta de que ella se estaba refiriendo a un himno que describe la identidad espiritual del hombre (es decir, de todos nosotros). Para mí, fue como el amoroso consejo de una madre de que mantuviera en el pensamiento que soy la idea, hija o reflejo puro de Dios. El himno describe nuestra identidad como hijos de Dios de la siguiente manera:

El Creador al hombre dio
Su gracia y poder;
en él ha reflejado Dios
Su omnipotente ser. 
(Mary Alice Dayton, Himnario de la Ciencia Cristiana, N° 51, trad. © CSBD)

Embarcarme en esta nueva aventura no había sido una decisión apresurada. No obstante, las cosas no fueron fáciles, por decir lo menos. Aunque tenía una suma razonable de ahorros que me durarían un tiempo, era limitada. La situación era incierta, y no podía trabajar con la visa de estudiante. Durante un semestre, parecía que todo a mi alrededor se estaba derrumbando.

Pero tenía la firme convicción de que podía confiar en Dios y Su Cristo, la Verdad, como mi “buen pastor” (véase Juan 10:11). Tenía fe en que hacer la voluntad de Dios solo podía reflejar la bondad divina. El Amor divino era la “luz del sol” que me alimentaba espiritualmente cuando me sentía desamparada y presa del miedo, haciendo que tuviera en lo más profundo de mi ser la convicción de que la gentil presencia y el poder del Amor, constantes y activos, me guiarían y cuidarían de mí.

Al buscar oportunidades de prestar servicio en el campus universitario entre clases y los fines de semana, me ofrecieron un puesto muy modesto pero interesante en la oficina de asuntos de estudiantes internacionales. Mi gratitud fue inmensa cuando, sin que lo pidiera, la oficina solicitó una visa de trabajo para mí, la cual me abrió muchas oportunidades de servir a los demás.

Puede ser tentador pensar que las oportunidades dependen de las circunstancias o de la suerte. Pero me he dado cuenta de que es la provisión de ideas espirituales que provienen de Dios –expresadas en cualidades tales como compasión, bondad, amor, alegre disposición, confianza, inteligencia, generosidad, humildad y alegría– lo que eleva los corazones. Y se multiplican, manifestándose en bendiciones tangibles.

Esta experiencia es un ejemplo muy modesto, pero me mostró algo importante. Cuando brilla el sol, ilumina todo el paisaje; no deja de brillar, y nadie queda fuera.

Esta unidad del hombre con Dios, el bien, es lo que Jesús vio tan claramente, a pesar de lo que parecía ser escasez, limitación, enfermedad. Él comprendía que Dios era la causa y sustancia verdaderas de todos nosotros, y esta comprensión espiritual lo capacitó para sanar muy naturalmente.

Dios nos proporciona ideas espirituales que son recursos infinitos, y nosotros fuimos creados para expresarlas y compartirlas unos con otros. Todos podemos reconocer la plenitud indivisible de nuestra relación con Dios, la Mente ilimitada, y experimentar salud, provisión, armonía y progreso renovados.

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