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De la discriminación racial a “Tú eres mi hermano”

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de julio de 2020


Mientras el policía blanco me gritaba, pensé, no te voy a dejar cometer este error.

Él había detenido mi vehículo en un vecindario de clase media alta, mayormente blanca, de los Estados Unidos, porque yo estaba manejando con las luces apagadas. Había olvidado encenderlas, y supuse que solo me haría una advertencia. Pero cuando se acercó a mi auto, me dijo que olía drogas y que quería revisarlo. (No había drogas en mi coche).

Lamentablemente, esto es algo muy común. A lo largo de los años, me han parado muchas veces con pretextos similares. Para mí, que soy afroamericano, esto es racismo y discriminación racial.

 En el pasado me había enojado mucho cuando ocurría algo así. Estos incidentes me hacían sentir violentado y humillado. Pero esta vez fue diferente. Me sentí tranquilo.

¿Por qué? Bueno, primero, sabía que no había drogas en mi auto. Y segundo, regresaba a casa después de una inspirada reunión vespertina en mi iglesia de la Ciencia Cristiana. La reunión se había centrado en la identidad espiritual del hijo de Dios.

Cuando le sugerí al oficial que él podía estar equivocado, comenzó a gritarme. Dijo: “¿Está diciendo que soy un mentiroso? Si no tiene ninguna droga, ¡déjeme revisar su auto!”.

Fue entonces que recurrí a Dios en oración. Y me vino la idea de hacer mi parte para ayudar al oficial a no cometer ese error.

El pensamiento no era agresivo. Era un callado mensaje interior que me aseguraba que Dios estaba presente y que mis oraciones ya estaban siendo respondidas. Mientras el oficial gritaba, lo miré. No por sus gestos beligerantes, sino como a un conciudadano; un hermano. 

En aquella época, yo estaba sirviendo en el AmeriCorps: Voluntarios en Servicio a los Estados Unidos (VISTA). Trabajaba con organizaciones de base para mejorar la vida de la gente en la comunidad. Como voluntario de VISTA sentía que estaba sirviendo a mi comunidad.

Al mirar al oficial de policía, me di cuenta de que él probablemente sentía lo mismo respecto a su trabajo; él también trabajaba duro para su comunidad. Me sentí agradecido por este discernimiento que me aseguraba que él podía reconocer la honestidad y la verdad.

 Le dije al oficial que yo le daba mi consentimiento para que revisara el coche si llamaba a otro oficial para que fuera testigo. Esto no le gustó, y me pidió que saliera del auto. Pocos momentos después, llegó otro policía y me dijo que yo tenía dos opciones: podía permitirles que hicieran la revisión o llamarían a un juez para que les diera una orden de registro. “De cualquier forma, vamos a revisar su vehículo”, dijo. Me dieron unos momentos para pensar en su propuesta.

Me aferré a las ideas espirituales de mis oraciones. Me hacían sentir confiado y me reconfortaban en esta situación. Pero estaba más agradecido por no estar enojado. De hecho, sentí que estaba ayudando a los oficiales a hacer lo correcto. Al incluirlos en mis oraciones, sabía que Dios nos estaba abrazando a cada uno de nosotros, dándonos las ideas correctas e indicando cómo debíamos proceder.

Fue entonces que pensé en los hermanos de una manera espiritual. Tengo tres hermanos, y si bien hemos tenido nuestras peleas, nos queremos mucho. Veo nuestro amor expresado en el respeto y el cuidado que tenemos por la vida de cada uno. Y me di cuenta de que estos oficiales eran mis hermanos también, y teníamos un único Padre-Madre, Dios, como Progenitor. 

Mientras oraba, noté un cambio en la actitud del primer oficial. Todo su comportamiento cambió. Se me acercó y me dijo amablemente: “Señor, voy a tener que imponerle una multa por manejar sin las luces prendidas”. Le dije que entendía, le agradecí, y me fui.

A la mañana siguiente, le conté a mi directora de proyecto lo que había ocurrido. Ella se conmovió con la historia, y me dijo que la contara: “Comparte con otros jóvenes lo que sea que te haya capacitado para no enojarte”. 

Y, al escribir y compartir mi historia, espero estar haciendo exactamente eso. Mis oraciones no solo me ayudaron a mí, sino a los oficiales también. Aprendí que nunca tengo que sentirme indefenso ante cualquier tipo de injusticia. Ahora veo que la oración es una manera proactiva de manejar situaciones tensas. 

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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