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No tengamos miedo, pero no seamos ingenuos

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 27 de abril de 2020


He estado escuchando las mismas voces que muchos otros en la sociedad han estado escuchado, es decir, los medios de comunicación, funcionarios del gobierno, amigos. Y el enfoque es siempre el mismo: el coronavirus. Muchísimas personas han aprendido una palabra nueva, y demasiadas de ellas le tienen miedo.

Pero recientemente una pequeña frase me ha estado viniendo al pensamiento. Es la siguiente: El Cristo está proclamando el bien a la consciencia. ¡Qué contraste más grande en comparación a todas las cosas malas que estaba recibiendo! Para mí es claro que la fuente de ese pensamiento más prometedor es de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, donde ella escribe: “El Cristo es la verdadera idea que proclama el bien, el divino mensaje de Dios a los hombres que habla a la consciencia humana” (pág. 332).

Ahora bien, estas palabras no me estaban diciendo que ignorara las cosas difíciles que están ocurriendo en la sociedad. Me aseguraban que algo más que la discusión sobre el contagio estaba pasando. El Cristo es la naturaleza divina de Jesús que él vivió tan plenamente y con tanto éxito en su vida humana. Jesús prometió que este Cristo siempre ha existido y siempre lo hará. Nos habla de la bondad y la omnipotencia de Dios, y de la naturaleza inmortal e indestructible del hombre. Y la vida de Jesús probó que este “bien” que el Cristo proclama tiene una influencia sanadora y tranquilizadora en nuestras vidas. Él dio evidencia de esto una y otra vez al estar en contacto con los demás. 

A lo largo de mi vida he notado una maravillosa consistencia en lo que Jesús enseñó. He visto evidencia de que el Cristo puede traer una serenidad espiritual que cambia nuestra experiencia. La cambia de una manera que puede ser inexplicable para los sentidos materiales, pero es bastante comprensible para nuestro sentido más espiritual.

En varias ocasiones, he visto que mientras todos esperaban que el contagio se iría en cierta dirección, no fue así de ninguna manera. En otras, he experimentado cómo una especie de contagio mental era detenido abruptamente. En una oportunidad, mientras un doctor me ajustaba algunos huesos después de un accidente, me explicó que necesitaba tomar varios medicamentos para protegerme de un daño potencial. Me comentó que uno de ellos tenía el propósito de lidiar con una condición que según él podía ser fatal. Aunque ciertamente no fui ingenuo respecto a su advertencia, yo prefería protegerme con lo que había aprendido acerca del Cristo sanador a lo largo de los años. Pero esa advertencia fue un poco como un contagio de su pensamiento al mío. 

No muchos días después, se desarrolló la condición misma de la que él me había hablado. Hice algo que no estaba acostumbrado a hacer, y que no me ayudó para nada. Busqué la condición en una publicación médica. Ciertamente, la palabra fatal era muy prominente en la descripción. Al principio, el temor trató de prevalecer. Pero empecé a discernir al Cristo en el que había llegado a confiar que “proclama el bien”, y pronto sentí una gran paz y confianza espirituales. Y en pocos días la condición desapareció mientras oraba específicamente por ella.

 Esta proclamación del bien es una promesa a cada individuo de este planeta. De hecho, Ciencia y Salud también afirma que el Cristo es “una influencia divina siempre presente en la consciencia humana” (pág. xi). Nadie carece de acceso a esta influencia sanadora. Cuando abrimos nuestros corazones a sus mensajes, reconocemos que es la verdadera y única influencia, y trae una calma que cambia el curso de la discordancia humana.

No necesitas saber mucho sobre el Cristo para abrir tu pensamiento a su presencia divina y discernir el bien que está proclamando. De hecho, cuando las voces a tu alrededor están haciendo que sus puntos de vista sean demasiado prominentes en tu consciencia, tómate un momento y reconoce que el Cristo está proclamando el bien, y escucha su mensaje dentro de tu mente, asegurándote de que estás seguro en Dios.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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