Skip to main content
Original Web

Seguro al confiar totalmente en Dios

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 15 de agosto de 2019


El 12 de diciembre de 1943, el primer día realmente frío del invierno, yo estaba trabajando en la reparación de un barco en el astillero más grande de Nueva Inglaterra. Eran tiempos de guerra. Durante varios días había estado instalando tapas estabilizadoras en los tanques de combustible de una gran nave de combate. Los tanques de combustible en estos buques de guerra están distribuidos a lo largo de la parte inferior del casco. Ocupan el espacio no utilizado con otros fines, y están separados entre sí por compuertas herméticas a prueba de incendio. 

Este método de distribución exigía andar a gatas entre áreas muy estrechas e innumerables aberturas pequeñas conocidas como “agujeros de escape”. Era una tarea difícil y agotadora. Tenía que arrastrar un cable de soldadura eléctrica de unos 30 metros de largo hasta los numerosos compartimientos que necesitaban tapas, llevando una máscara de soldar, una extensión de cable y una bolsa de herramientas.

Aquel día pensé que terminaría el trabajo al instalar la última de las treinta y nueve tapas, pero al consultar mi lista de tareas me di cuenta de que me había faltado instalar la tapa en uno de los tanques. Esto me desanimó mucho. Había estado tanto tiempo acostado sobre el acero helado que estaba entumecido de frío y ansioso por terminar aquella tarea y hacer alguna otra que me permitiera estar de pie y en movimiento.

Me sentí tentado a no instalar la tapa que faltaba y dejar que otra persona lo hiciera al darse cuenta de la omisión. Sin embargo, tenía por costumbre terminar las tareas asignadas antes de pedir otra. De modo que exploré todo el fondo del buque y encontré que el tanque que había omitido era el primero que debía haber hecho y estaba situado hacia el frente y arriba, cerca de la proa. 

Comencé a instalar la tapa. Para esta tarea debía entrar al tanque por el “agujero de escape” —una abertura de unos 38x58 cm— pues las tapas estabilizadoras se abren hacia abajo y hacia adentro de los tanques. 

Tenía que soldar la bisagra, con la que se abría la tapa, al interior del tanque y a la tapa misma. Para poder colocar la bisagra correctamente y permitir que la tapa se abriera y cerrara libremente, tenía instrucciones de siempre instalar la tapa en su lugar colocando los treinta y seis tornillos que la sostenían para luego soldarle la bisagra. 

Intenté poner el primer tornillo en su lugar sosteniendo la tapa por encima de mi cabeza con una mano, pero estaba tan entumecido por el frío y tan cansado de gatear largas distancias con mi equipo, que no logré hacer esta sencilla tarea sino hasta después de intentarlo ocho veces. Finalmente, el primer tornillo se enroscó y pronto pude poner un número suficiente de tornillos como para mantener la tapa en su lugar. Luego, al buscar la llave para apretar los tornillos, me di cuenta de que se me había caído en el camino. Tenía dos opciones. Podía sacar la tapa y gatear por el fondo del barco para buscar la llave, o seguir adelante con el trabajo apretando los tornillos lo más que pudiera con los dedos y soldar la bisagra. Decidí hacer esto último. 

Cuando terminé de soldar y estaba listo para salir del tanque, satisfecho de haber hecho bien el trabajo, me di cuenta de que no podía sacar los tornillos que había puesto con los dedos. La soldadura había deformado el acero lo que aumentó la presión sobre los tornillos, y ahora yo mismo me había hecho prisionero.

De inmediato me di cuenta de la gravedad de la situación en la que me encontraba, y que tenía que demostrar para mí mismo las verdades que tan a menudo había profesado. Muchas sugestiones mentales agresivas llegaban a mi pensamiento. Enfrenté cada una de ellas con la verdad que se le oponía. El primer pensamiento científico que me vino fue el tema de la Lección-Sermón que se leería en todas las iglesias de la Ciencia Cristiana al día siguiente: “Dios, preservador del hombre”.

Me aferré a ese hecho y oré como me habían enseñado a hacer. Cuando Satanás susurró: “Estás solo; nadie vendrá a ayudarte”, reconocí que Dios es infinito, siempre presente y que, por lo tanto, no estaba solo. Nuevamente me vino la sugestión: “Hace quince grados bajo cero y es sábado al mediodía. Si no sales antes de las tres estarás aquí hasta las siete de la mañana del lunes. ¿Crees que sobrevivirás?”. Entonces, la verdad llegó a mi consciencia: “Dios es tu Vida; no puedes morir”. 

Dentro de aquel tanque frío, una terrible lucha tuvo lugar en mi consciencia. No terminó fácil ni rápidamente. Las sugestiones mentales agresivas trataban de dominarme mediante el temor. Pero, gracias a Dios, yo conocía la verdad con que debía rechazar cada mentira. 

Durante todo ese tiempo, me esforzaba por girar los tornillos con los dedos, primero uno, luego otro, tratando de encontrar uno que pudiera desenroscar. Al tomar la lámpara eléctrica para mirar los tornillos vi hebras de carne colgando de las cabezas de los tornillos. Al mirarme los dedos, vi la carne desgarrada. No había sentido dolor alguno. Mi temor de quedar encerrado era más grande que la sensación de dolor y la eclipsaba.

El diablo luego me impulsó a gritar, a golpear el tanque, a buscar otra abertura, a usar el soldador para fundir los tornillos. Pero sabía que nadie podría oírme. Yo escuchaba el ruido de las pistolas de remachar, procedente de alguna parte del casco. Comencé a gatear hasta el otro compartimiento del tanque, pero por temor a perder la seguridad que me brindaba la luz de la lámpara, y sabiendo que no había otra abertura de escape, regresé a donde estaba; y eso dio fin a la tentación. La sabiduría me dijo: “Nunca has intentado fundir un tornillo. Puede hacerse, pero tú no sabes cómo. Si no lo haces bien y agregas soldadura al tornillo quedarás sin duda encerrado en el tanque”.

Todavía estaba intentando sacar los tornillos, cuando finalmente se me ocurrió que debía terminar con mis esfuerzos humanos y confiar plenamente en Dios. Me costó mucho soltar las manos de los tornillos. Pero finalmente pude ponerlas sobre mi falda, y hablarle a Dios. Dije: “Dios mío, te estoy escuchando”. El cambio fue extraordinario. Me vino a la mente un mensaje de un artículo escrito por Adam H. Dickey titulado: “La ley de Dios que todo lo ajusta”. Decía: “Si un hombre se estuviera ahogando en medio del océano, sin ningún auxilio humano evidente a la mano, hay una ley de Dios que, al invocarse correctamente, haría posible su rescate”. 

Este pensamiento me hizo sentir una calma absoluta, una sensación de paz, una certeza de la cercanía de Dios, la positiva seguridad de que me liberaría. Esperé y escuché la instrucción: “Saca el eje de la bisagra”. Cuando me disponía a obedecer, el error susurró: “¿Para qué? Los tornillos sostienen la tapa, no la bisagra”. Pero no discutí. Sabía cuál era la voz que debía obedecer.

Saqué el eje de la bisagra, volví a poner las manos en mi falda y esperé. Una vez más escuché la voz: “Quita el tornillo de la izquierda”. Mis dedos tomaron el tornillo de la izquierda y procuré girarlo. Se movió. Puse todo mi esfuerzo para continuar girándolo, hasta que salió. Continué quitando un tornillo tras otro, hasta que quedaba uno solo que no podía girar. 

Volví a poner las manos en mi falda y esperé. Las palabras de un querido himno describen de la mejor manera la admiración que experimenté al ver cómo se producía mi liberación paso a paso:

Nunca pedí que fueses mi camino,
ni a Ti oré;
yo quise hallar el brillo de este mundo;
mas ahora ¡guíame Tú!

(John Henry Newman, Himnario de la Ciencia Cristiana, N° 169, según la versión en inglés)

El ángel dijo: “Tira de la tapa hacia abajo”. La tapa se torció al tirar con toda mi fuerza y la abertura quedó parcialmente despejada. Tuve el impulso de deslizar mi cuerpo por ella. Pero me llegó a tiempo el pensamiento correcto: “No lo hagas; quedarás con medio cuerpo atrapado y no podrás ir ni hacia adelante ni hacia atrás. Vuelve a tirar”. Esta vez hubo algo más que la simple fuerza de los músculos. La rosca se barrió y la tapa cayó sobre mis piernas. ¡Estaba libre! Al mirar hacia el fondo oscuro del barco, vi el cable de la soldadura eléctrica y la extensión de la lámpara señalando mi “ruta de escape” hacia la cubierta del barco. Había sentido la necesidad de confirmar que no habría obstáculos en el camino. 

Luego me senté en el tanque y en silencio alabé a Dios, regocijándome en el poder que la Ciencia Cristiana había dado a los hombres. Recordé mis muchas bendiciones, entre ellas la instrucción en clase que había recibido. Mi gratitud a Mary Baker Eddy fue profunda, más de lo que puede expresarse con palabras. 

Instalé adecuadamente la tapa en la bisagra y salí del barco. Cuando llegué a casa mi esposa me dijo: “He estado orando todo el día para que vuelvas sano y salvo”. Ella había sentido mi necesidad y oró mediante persistentes declaraciones de la verdad acerca del hombre. Me sentí tan lleno de gratitud que pasaron horas antes de que pudiera contarle lo que me había ocurrido.

Ninguna otra experiencia me ha dado un sentido tan grande de la cercanía de Dios como esta. Sentí Su presencia y seguí la voz de Sus ángeles. Creo que he aprendido a reconocer la guía divina.

Roland H. Allen
West Newton, Massachusetts, EUA

Más artículos en la web

La misión de El Heraldo

La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

Saber más acerca de El Heraldo y su misión.