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BUENAS NOTICIAS

Un encuentro: no milagroso, sino maravilloso

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de marzo de 2026

Original en español

 


En diciembre de 2019, tuve la dicha de recibir una invitación para asistir a una reunión del Comité de Publicación de la Ciencia Cristiana en La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana en Boston. Antes de mi salida, me informaron de que alguien me recibiría en el aeropuerto y también haría de intérprete, dado que no hablo inglés. Esta información quedó registrada en mi celular, incluyendo el nombre y el número de teléfono de la persona que me esperaría.

El viaje fue muy armonioso. Una vez que llegué a Estados Unidos, completé el proceso para ser admitido sin ninguna dificultad. Sin embargo, cuando intenté encender el celular para llamar a la persona que vendría a recogerme, no se encendió; estaba completamente bloqueado. Empecé a desesperarme y a ponerme nervioso. Intenté pedir ayuda a cualquiera que hablara español, pero no lo logré.

Inmediatamente, me volví a Dios en oración. Cerré los ojos y comenzaron a fluir las ideas divinas que había aprendido a través de mi estudio de la Ciencia Cristiana: que solo hay un Dios, una Mente, y que Él es omnipresente, omnipotente y omnisciente. Consideré algo que escribió Mary Baker Eddy: “El pensamiento pasa de Dios al hombre, pero ni sensación ni información pasa del cuerpo material a la Mente. La intercomunicación es siempre de Dios hacia Su idea, el hombre” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 284).

En esa actitud de oración, con los ojos cerrados, también me vino otra idea de Ciencia y Salud: “La Mente es la fuente de todo movimiento y no hay inercia que retrase o detenga su acción perpetua y armoniosa” (pág. 283). Después de reflexionar sobre esta declaración, empecé a sentirme más en paz, aunque aún no había ninguna señal de esperanza. Me pregunté por qué sentía esa serenidad y me di cuenta de que en la Ciencia no hay milagros; esto era simplemente Dios manifestándose en mí.

Abrí los ojos y vi que pasaba una señora, y le pregunté si hablaba español. Ella me dijo que sí. Le expliqué brevemente mi situación y ella me llevó a un puesto de información, asegurándome que allí podrían ayudarme. En ese lugar les expliqué la situación. Me pidieron el nombre de la persona que me esperaba en el aeropuerto, luego me dijeron que fuera a un determinado número de puerta y esperara allí. Pero había otro problema. La persona que venía a recogerme y yo no nos conocíamos. No sabía cómo era él, y él no sabía cómo era yo. Así que seguí orando.

Nuevamente cerré los ojos y recordé cuando Jesús caminó sobre el agua y se acercó a la barca donde estaban sus discípulos. Pero ellos tuvieron miedo, pensando que veían un fantasma. Esto está en la Biblia, Juan 6:16-20. Pero Jesús les dijo: “Yo soy, no temáis”.

Abrí los ojos y vi a un hombre que venía directamente hacia mí, preguntando: ¿Tú eres Hernando? Entonces recordé: “Yo soy; no temáis”. Nos abrazamos como si nos conociéramos de hace años y dimos gracias a Dios por este encuentro, no milagroso, sino maravilloso. He aquí una prueba más del Dios de la omni-acción.

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