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¡No lo puedo creer!

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 25 de mayo de 2026


A veces, recibimos noticias o experimentamos cosas en nuestra propia vida y decimos: “¡No lo puedo creer!” Admito que esto suele ser una expresión de exasperación. Sin embargo, con un pensamiento diferente detrás —basado en la autoridad espiritual— las mismas palabras transmiten algo muy distinto. Se convierten en una oración de afirmación de que lo que estamos viendo no es la realidad que parece ser, sino una creencia transitoria en una existencia mortal o material, la cual no es así a la luz de la totalidad, la realidad, de Dios, el Espíritu.  

Esto no quiere decir que simplemente no creer en algo que no queremos que sea verdad sea una oración. No obstante, es una oración conocer la verdad de que Dios, nuestro creador, existe y es bueno —infinitamente bueno—. Esa es una verdad que Jesús demostró con su vida tan particular y múltiples curaciones. Los males, desde la enfermedad hasta el pecado e incluso la muerte, cedieron ante el Cristo, la idea espiritual de Dios que Jesús conoció y amó y encarnó plenamente. Sus numerosas curaciones demostraron que cualquier cosa que no es buena no es de Dios, y, por lo tanto, es una creencia temporal en vez del sólido hecho que parece ser. Y su capacidad para sanar ilustró la capacidad inherente a cada uno de nosotros para discernir que Dios, el bien, es la realidad universal.    

Incluso un sorprendido “¡No lo puedo creer!” sugiere este sentido espiritual. Demuestra que esperamos el bien en nuestra vida e instintivamente nos oponemos a lo que es una afrenta a esa expectativa. Esta aversión a los errores que vemos y escuchamos tiene su raíz en la verdad de que Dios no crea nada desemejante a Sí mismo, así que no conoce nada desemejante al bien. Y en nuestra verdadera identidad espiritual como imagen o reflejo de Dios, nosotros tampoco.  

Así que si las cosas que vemos o experimentamos no expresan el cuidado, la armonía, la integridad, etc. de Dios, podemos realmente confirmar en oración que no podemos creerlo. Es decir, como descendientes espirituales de Dios, el Espíritu, no nos pueden persuadir ni por un momento para aceptar como real algo que niegue la infinita bondad del Todo-en-todo. No importa lo que veamos o sintamos, podemos mantenernos firmes a favor de la Ciencia divina, o la verdad, de nuestra forma de pensar que refleja a Dios. Podemos negarnos a doblegarnos ante la creencia de que hay algo de lo que debemos ser conscientes que no sea la omnipresencia, omnipotencia y toda acción del bien infinito.  

Sin duda, este razonamiento espiritual va en contra de la marea de la convicción humana. Pero como escribe Mary Baker Eddy en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, “Si el pensamiento se alarma por la fuerza con que la Ciencia reivindica la supremacía de Dios, o la Verdad, y duda de la supremacía del bien, ¿no deberíamos, por el contrario, asombrarnos de las vigorosas pretensiones del mal y dudar de ellas y ya no pen­sar que es natural amar el pecado e innatural abandonarlo —ya no imaginar que el mal está siempre presente y el bien ausente—?” (pág. 130).

En este libro de texto de la Ciencia Cristiana, la Sra. Eddy rastrea esas vigorosas pretensiones de maldad a una mentalidad que carece de amor, honestidad o integridad —una supuesta falsificación de la Mente inmortal, Dios, llamada mente mortal—. Pero no necesitamos acobardarnos ante la pretensión de que esta llamada mente existe y puede motivar palabras y actos hirientes. Esa pretensión refutaría lo espiritualmente irrefutable: la totalidad de la Mente Única y la universalidad de su actividad del todo armoniosa. Ciencia y Salud explica: “Bien puede el sentido humano maravillarse ante la discor­dancia, mientras que, para un sentido más divino, la armonía es lo real y la discordancia lo irreal” (pág. 563).  

Al estar en comunión con Dios cuando oramos y hacemos el estudio espiritual, tomamos conciencia de este sentido divino que tan sistemáticamente motivó a Jesús. Por medio de él, quizá veamos primero que los males de la vida, como la enfermedad, el miedo, el odio y la injusticia, son creencias basadas en la materia. Sin embargo, a medida que obtenemos una comprensión más clara de lo que es y no es real, reconocemos la nada de estas mismas creencias. Este reconocimiento es la luz sanadora del Cristo, que nos eleva por encima de la contienda —por encima de las concepciones contrarias a lo que es verdad que claman por nuestra atención— y nos permite alcanzar la paz de la Mente. Desde este punto de vista, nos llegan pensamientos que reemplazan toda resignación al mal por la inspiración que conduce a resoluciones correctas. Encontramos curación para nosotros mismos e iluminamos lo que es espiritualmente verdadero para los demás; de hecho, para todo el mundo.  

Permanecer en la modalidad de la mera reacción humana oculta este poder sanador porque hacerlo es aceptar la realidad de lo irreal, y, por lo tanto, es simplemente apartar la mirada. Lo que se necesita es desengañarnos a nosotros mismos y a los demás de la falsa creencia en un poder aparte de Dios, cediendo nuestros temores y dudas ante la convicción del dulce control de la Mente. Esto apoya el surgimiento de actitudes y acciones correctas en nosotros mismos y en los demás.  

Así que cuando nos angustien sucesos personales, locales o globales, respondamos con “¡No lo puedo creer!”, pensamiento que en realidad no lo cree. Aceptemos espiritual, amorosamente y con gratitud que somos el reflejo de la Mente, que jamás tiene que creer porque siempre lo sabe. Y lo único que la Mente conoce es la expresión siempre activa, perpetuamente amorosa y totalmente espiritual del amor de Dios que impregna el universo que Él crea y sostiene.  

Entonces, incluso —o especialmente— ante circunstancias difíciles, podemos tomar nuestra postura espiritual con la expectativa de que tendrá un impacto sanador. Podemos aceptar con firmeza que Dios y el bien que Él conoce son nuestra propia realidad presente y permanente de todos.  

Tony Lobl, Redactor en Jefe Adjunto

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