Tanto la Biblia como Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy incluyen referencias simbólicas a los dragones y nos advierten sobre lo engañosos que estos pueden ser. Cada vez que leo esos pasajes, me acuerdo de una historia que se ha quedado conmigo a lo largo de los años, porque ilustra muy claramente cómo funciona el miedo; y que pierde su aparente poder cuando dejamos de creer en él.
Según cuenta la historia, noche tras noche, una mujer soñaba el mismo sueño, en el que era perseguida por un gran dragón rojo del que no podía escapar. Empezó a tener miedo de ir a dormir, porque cada mañana se despertaba agotada por todo el esfuerzo que entrañaba eso.
Una noche, en su sueño, vio un banco, corrió hacia él y allí se desplomó, respirando con dificultad. No pasó mucho tiempo antes de que el dragón se sentara a su lado en el banco. Aterrorizada, se volvió hacia el dragón y le preguntó qué iba a hacer ahora. El dragón respondió: “No lo sé, señora. Es su sueño”.
El final de la historia revela algo importante. El temor parece poderoso solo mientras aceptamos que la historia que cuenta es una realidad ineludible. Siempre que huyamos y reaccionemos ante él, el miedo parecerá tener autoridad. Pero cuando nos detenemos y nos volvemos hacia él, descubrimos que no tiene ninguna.
En la Ciencia Cristiana, el “dragón” no es algo externo o físico. Representa sugestiones mentales agresivas —pensamientos que insisten en que somos materiales, vulnerables y estamos sujetos a fuerzas más allá del control de Dios, el bien—. Estas sugestiones pueden ser persistentes y parecer convincentes, pero no son divinamente autorizadas. No provienen de Dios y, por lo tanto, no tienen ni realidad ni poder.
Una vez, tuve un “sueño” propio del que necesité despertarme. Algo me mordió el dedo del pie, que rápidamente se volvió azul oscuro. Como había muchas arañas donde vivíamos y la evidencia física era alarmante, supuse que era la picadura de una araña venenosa.
Aunque oraba con fervor y mi marido, que era practicista de la Ciencia Cristiana, oraba conmigo, el problema empeoraba día tras día —subía por mi pierna y se adentraba cada vez más en mi cuerpo—. Una noche, pareció como si mi cuerpo se estuviera apagando. Me costaba mucho respirar. Tragar era difícil. Hablar, casi imposible. Era aterrador.
En momentos como este, el miedo habla con fuerza. Insistía en que la situación era grave y que el control sobre mi cuerpo estaba desapareciendo. No obstante, mientras seguía orando, empecé a reconocer esos pensamientos por lo que eran: sugestiones como las de un dragón que exigían ser creídas.
Lo que quedó claro fue que yo no tenía que seguir reaccionando a esos pensamientos. Podía dejar de huir de ellos y permitir que mi pensamiento despertara a lo que era espiritualmente verdadero.
En una situación así, muchos acudirían de inmediato a la ayuda médica. Pero soy Científica Cristiana desde hace mucho tiempo y he hallado salud y armonía confiando en la supremacía de la ley de Dios, y mi pensamiento naturalmente recurrió a Él, volviéndose más callado y receptivo a lo que la Verdad divina estaba revelando.
Estas palabras de Cristo Jesús me vinieron con claridad a la mente: “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10:19). Esta promesa me ayudó a ver que la verdadera necesidad no era luchar contra una condición física, sino dejar atrás la creencia de que algo desemejante a Dios, el Espíritu, podía tener autoridad sobre la creación del Espíritu.
Comencé a aferrarme a lo que era espiritual y científicamente verdadero: que la ley de armonía de Dios gobernaba cada función de mi ser. No era un mortal vulnerable reaccionando al veneno. Yo era la expresión espiritual de Dios: completa, pura, intocada por cualquier cosa ajena al Amor divino.
Esto significaba negarse a dejar que la aterradora imagen física definiera la realidad. Cada vez que sentía la tentación de permitir que el temor me dominara, despertaba mentalmente afirmando la supremacía del Espíritu y lo intacta que era mi verdadera identidad como semejanza de Dios.
A medida que mi comprensión de estos hechos espirituales se profundizaba, la sujeción del miedo fue aflojando. Esa misma noche, algo se liberó en mi garganta y salió de mi boca. La respiración, la habilidad de tragar y hablar volvieron a la normalidad, y el problema terminó.
Estoy profundamente agradecida por esta curación; no solo por la recuperación física, sino también por la claridad espiritual que me aportó. Me recordó que los desafíos no vienen con un poder real. Como el dragón del sueño, solo pueden ser aterradores si aceptamos la historia del miedo.
Cada desafío ofrece una oportunidad para despertar —para ver con mayor claridad la totalidad de Dios, confiar más plenamente en Su gobierno y reclamar la autoridad espiritual que siempre es nuestra—.
Roxanne Baker
Laguna Hills, California, EE. UU.
