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El perdurable Principio divino de la curación en la Ciencia Cristiana

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 20 de agosto de 2026


Cada experiencia de curación cristiana —desde los relatos del Evangelio hasta el libro de los Hechos, a lo largo de los siglos hasta la actualidad— indica que Dios es el Principio de la curación divina. La Biblia utiliza términos como roca, fundamento, piedra angular y refugio para describir el poder sustentador de la vida, sólido y confiable de Dios, en el que las personas pueden apoyarse en cualquier época con sagrada confianza.   

A través de nuestras experiencias individuales de la curación-Cristo, descubrimos  por nosotros mismos que el Principio divino perdura, operando con eficacia sanadora y salvadora tanto ahora como en épocas anteriores. El poder de Dios no es más disminuido por el paso del tiempo, los cambios en las circunstancias humanas o las presiones de una sociedad cada vez más materialista, que la ciencia de las matemáticas. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, explica: “Del infinito Uno en la Ciencia Cristiana procede un Principio y su idea infinita, y con esta infinitud vienen reglas espirituales, leyes, y su demostración, que, como el gran Dador, son las mismas ‘ayer, y hoy, y por los siglos’” (pág. 112).

En las enseñanzas de Cristo Jesús es crucial la revelación de que el reino de los cielos —el reino e imperio de Dios, el Espíritu, incluido el hombre espiritual y perfecto de Dios— está aquí y ahora. En la oración que anhela conocer a Dios, esta realidad de Su omnipotencia y presencia eterna, y de nosotros mismos como Sus queridos hijos, adquiere un enfoque más claro. Esto tiene el efecto de disipar el temor y sanar enfermedades. El Principio divino opera en la consciencia humana con tal certeza sanadora que la Ciencia Cristiana denomina ley divina a sus medios y efectos.

Si este sinónimo de Dios —Principio— parece un término algo frío o con el que es difícil identificarse, podemos considerar con gratitud que este mismo Dios es el amoroso Padre-Madre del hombre. El Dios que, como Principio divino, nos mantiene a cada uno de nosotros como Su hijo espiritual en armoniosa relación con Él conforme a la ley divina, es el mismo Dios cuya gracia hacia nosotros es “[nueva]… cada mañana” (Lamentaciones 3:23) y cuyas tiernas imparticiones hacia nosotros son “más numerosas que la arena” (Salmos 139:18, KJV). El Dios que decreta la rectitud y la justicia a lo largo de Su vasta creación inmortal también nos sostiene tiernamente a  todos como Su pura expresión espiritual, siempre en la órbita de Su amor. 

Cabe destacar que, en sus escritos publicados, la Sra. Eddy vincula con frecuencia el sinónimo Principio con la práctica de la curación en la Ciencia Cristiana. Comprender y reconocer que Dios es el Principio divino de nuestra práctica sanadora puede ser extraordinariamente liberador. Nos libera de un falso sentido de responsabilidad por la curación, así como de cualquier sentimiento de incompetencia que podamos tener al dar un tratamiento en la Ciencia Cristiana. Vislumbramos que simplemente no estamos solos en nuestros esfuerzos por orar con eficacia y lograr la curación.

En el Prefacio de Ciencia y Salud, la Sra. Eddy habla directamente acerca de este punto cuando escribe: “La curación física de la Ciencia Cristiana resulta ahora, como en tiempos de Jesús, de la operación del Principio divino, ante la cual el pecado y la enfermedad pierden su realidad en la consciencia humana y desaparecen tan natural y tan nece­sariamente como las tinieblas dan lugar a la luz y el pecado a la reforma. Ahora como entonces, estas obras poderosas no son sobrenaturales, sino supremamente naturales. Son la señal de Emanuel, o ‘Dios con nosotros’ —una influencia divina siempre presente en la consciencia humana y que se repite, viniendo ahora como fue prometida antaño—:

“A pregonar libertad a los cautivos [del sentido],

Y vista a los ciegos;

A poner en libertad a los oprimidos” (pág. xi).

Me encanta cómo esta declaración atribuye plenamente el poder sanador al Principio divino, citando “la operación del Principio divino, ante la cual el pecado y la enfermedad pierden su realidad en la consciencia humana...” Así que podemos reconocer que, sea cual sea la discordia o el desafío que debamos enfrentar, la discordia —que es la base del error o la creencia falsa— tiene que lidiar con la operación del Principio divino en lugar de con nosotros personalmente. Esta postura cambia los términos del compromiso, por así decirlo, de un “yo” personal que trata de vencer el error, a Dios como nuestra defensa segura y la fuente vital de toda curación. Entonces, se vuelve cada vez más claro que el temor, las imágenes oscuras del pensamiento mortal y las falsas evidencias del sentido material deben dar paso a Dios y a Su Cristo, la verdadera idea de Dios, y en consecuencia “[ desaparecer ] tan natural y tan nece­sariamente como las tinieblas dan lugar a la luz y el pecado a la reforma”.

Una curación que aprecié mucho en mis primeros años como practicista pública de la Ciencia Cristiana se produjo en gran medida como resultado del discernimiento que adquirí acerca de la naturaleza de Dios como el perdurable Principio de la curación cristianamente científica.

Una amiga me llamó pidiendo ayuda mediante la oración por lo que describió como heridas abiertas en sus pies. La enfermedad había persistido durante un tiempo, explicó, y una enfermera de Ciencia Cristiana la ayudaba para asegurarse de que las zonas estuvieran vendadas de manera adecuada. Fue un privilegio empezar a orar por mi amiga.

En ese mismo momento, había comenzado a leer el libro Spiritual Healing in a Scientific Age de Robert Peel, que incluye varios relatos verificados y muy conmovedores sobre la curación en la Ciencia Cristiana. Además de tratar el caso a diario mediante la oración, sentí que sería natural permitir que la inspiración obtenida de las maravillosas curaciones compartidas en este libro informara y fortaleciera mi convicción en el poder sanador de Dios. El objetivo era leer cada relato con oración y cuidadosamente, y dejar que elevara mi forma de pensar acerca de mí misma, mi práctica y la función más amplia de la curación en la Ciencia Cristiana en el mundo.

Debo mencionar que los testimonios que leía no trataban curaciones de condiciones similares por las que yo estaba orando. Eso no me parecía importante. Lo que decían estos relatos sobre la disposición y el poder del Amor divino para sanar y salvar, y la absoluta imparcialidad de ese Amor, eso era lo importante. 

Pronto, me vino una idea muy significativa. Sabía que era un mensaje de Dios, ya que era profundamente inspirador: “El Principio divino responsable de la curación que lees es el mismo Principio divino que opera a favor del paciente”. Muchas veces durante los días siguientes, a medida que la gratitud por cada relato de curación iba en aumento, esta idea volvía a aparecer. Fue una clara vislumbre espiritual del hecho de que Dios, el Principio divino del verdadero ser del hombre, era el único poder e influencia en el caso por el que estaba orando.

Continué orando por la persona, animada por la inspiración que obtenía de los testimonios. Unos días después, mi amiga dijo que estaba agradecida de informar que la enfermedad en sus pies había desaparecido por completo. 

Debo decir que, durante toda esta experiencia, me sentí más como una testigo que como una instigadora de la curación. Pensé en Moisés y la zarza ardiente que, aunque estaba en llamas, no fue consumida. Se detuvo a observarla, y entonces escuchó a Dios hablarle. Con cada testimonio que leía, sentía que me llamaban, de alguna manera, a detenerme mentalmente y dar testimonio de la totalidad de Dios, el Espíritu y de la nada de la materia, que el relato ilustraba. 

También reconocí que, si hubiera abordado los testimonios desde una perspectiva estrecha y personal —preguntándome, por ejemplo, si podría orar con tanta eficacia como el testificante, o cuestionando si yo tenía tanta persistencia, fe o comprensión espiritual como él— podría haber pasado por alto el punto espiritual esencial: el Principio divino, no la persona, es el sanador científico. 

La verdad es que Dios no dota a algunos más que a otros de la capacidad de conocerlo, ni da crédito a unos pocos individuos como más propensos que otros a lograr la curación. Jesús lo dijo cuando comparó el amor de nuestro Padre-Madre Dios con la lluvia, que cae de forma benevolente y equitativa sobre todos.

Podríamos decir que nuestro trabajo como sanadores cristianos es ser como el Cristo, expresar lo mejor que podamos las cualidades espirituales descritas en las Bienaventuranzas —entre ellas, humildad, pureza de motivo y afecto, y amor a la verdad—. Estas actitudes, estas disposiciones del corazón, constituyen el comportamiento ante Dios por el cual experimentamos la inspiración del Altísimo en nuestra oración, denunciamos las mentiras del miedo y la enfermedad y damos testimonio eficaz de la operación del Principio divino. Tan ciertamente como el sol de la mañana sale sobre el paisaje del este, el Principio divino trae curación.

El Principio, por su naturaleza, es infalible y su efecto sanador, irreversible. Nuestras oraciones reconocen naturalmente estos hechos espirituales; y el Cristo de Dios amable y sanador nos permite sentir y saber que así es, y experimentar el efecto seguro del Principio divino en nuestras vidas.

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