Durante muchos años, trabajé como desarrolladora de software en el ámbito del desarrollo organizacional. Normalmente trabajaba con equipos grandes, y empezábamos con un plan de proyecto que incluía una lista detallada de tareas, plazos y tiempo estimado de terminación. Vivíamos según el calendario, esforzándonos por cumplir con los compromisos que la empresa había asumido con nuestros clientes.
Aunque era útil trabajar de forma organizada, a veces sentíamos como si fuéramos esclavos del tiempo. Probablemente conozcas esa sensación. Por ejemplo, puede parecer natural estar estresado o cansado durante el mes de diciembre después de esforzarse tanto para cumplir con los plazos de fin de año. Podemos sentirnos desanimados porque no hemos logrado totalmente los objetivos que establecimos para el año. Quizá nos presionamos al proponer innumerables resoluciones para el año nuevo.
En esas ocasiones me ha resultado útil recordar que un calendario es tan solo un sistema para organizar y coordinar actividades. Es una construcción humana, no una ley de Dios; así que no tiene ningún poder real para convertirse en una fuente de frustración o hacernos sacar conclusiones limitantes sobre la vida y sobre nosotros mismos.
La Biblia tiene mucho que decir sobre la perspectiva de Dios respecto al concepto del tiempo. Me encanta esta frase: “Amados, no ignoréis esto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8, LBLA). Y considero este versículo sobre la plenitud del día de Dios, que no se mide por un calendario humano: “Este es el día que el Señor ha hecho; regocijémonos y alegrémonos en él” (Salmos 118:24, LBLA).
En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy arroja más luz sobre el tema al presentar la definición espiritual de la palabra día: “La irradiación de la Vida; luz, la idea espiritual de la Verdad y el Amor...
“Los objetos del tiempo y del sentido desaparecen en la iluminación de la comprensión espiritual, y la Mente mide el tiempo de acuerdo con el bien que es desarrollado. Este desarrollo es el día de Dios, y ‘no habrá allí más noche’” (pág. 584).
La Ciencia Cristiana revela que Dios, el Espíritu, es eterno; la Mente divina que gobierna para siempre con inteligencia toda su creación. En la infinitud de la bondad de Dios, donde todos realmente vivimos, no hay tiempo, ni limitación, ni sistema humano de medición; solo la medición de la Mente del “bien que es desarrollado”. No hay mal ni oscuridad en la plenitud del universo de Dios, donde la irradiación del bien —la luz que proviene de Dios— llena todo el espacio.
Puesto que Dios es omnipresente, cuando sea y donde sea que oremos, podemos sentir nuestra conexión natural con lo divino: podemos vivir en el día de Dios y regocijarnos al ser testigos del bien que Él despliega constantemente. En el día de Dios, experimentamos la irradiación de la Vida real, o divina, que es totalmente armoniosa. Como Dios es nuestra fuente y nosotros somos Su efecto, reflejamos cualidades de la Vida divina, tales como fuerza, energía, innovación, salud y alegría.
Tenemos la oportunidad de cambiar, paso a paso, la forma en que medimos nuestras actividades, tareas y logro de metas —desde el tiempo que llevan hasta lo bueno que hemos obtenido— dejando a un lado la fuerza de voluntad, la ansiedad, el estrés y la frustración. Esto no significa que seremos menos eficientes, sino mucho más eficientes. Con humildad, descubriremos que cuando nuestro pensamiento se vuelve hacia Dios, la influencia del Cristo —“la verdadera idea que expresa el bien” (Ciencia y Salud, pág. 332)— pone en evidencia nuestras habilidades y capacidades como efecto de Dios. Inspira nuestras prioridades y actividades; desarrolla la inteligencia, la creatividad y la productividad; y también mide este desarrollo del bien en el día eterno de la Vida.
En mi caso, con la nueva comprensión adquirida al aprender a orar y estudiar en la Ciencia Cristiana, dejé de sentirme esclavizada por las interminables listas de trabajos pendientes. Dejé de culparme por los fracasos y, en cambio, recurrí a Dios, la Mente que todo lo sabe, y pedí Su guía. Esto me ayudó a ver cómo priorizar las tareas y me permitió reconocer que, como expresión de Dios, tengo la capacidad de llevar a cabo cualquier cosa que necesite hacer. Al dejar que la Mente, la inteligencia divina, estableciera y priorizara mis objetivos, cada día se desarrollaba con confianza en el gobierno de Dios en cada tarea y situación.
Hoy, aunque mi campo de trabajo ha cambiado, en el trajín de los días ajetreados, sigo haciendo todo lo posible por tomarme momentos para detenerme y apreciar la medida del tiempo que Dios tiene —“el bien que es desarrollado—”. Dios, el Amor invariable, produce y mide solo el bien porque no hay lugar para el mal en Su día. Esta percepción espiritual me ha ayudado muchas veces a realizar tareas o actividades que al principio me parecían difíciles o incluso imposibles.
Medir el tiempo solo como lo hace Dios y regocijarnos en el bien aumenta nuestra expectativa de que el bien sea natural y real. Entonces experimentamos el brillo de la Vida, expresado en inocencia, armonía, salud y progreso espiritual.
