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¿Cuál Pedro eres tú?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 3 de agosto de 2026


Leer acerca de Pedro en la Biblia ha suscitado una pregunta que me ha sido útil en mi práctica de la Ciencia Cristiana: “¿Estoy actuando como Pedro en los relatos del Evangelio, o como Pedro en los Hechos de los Apóstoles?”

En los Evangelios se describen las luchas de Pedro al aprender a seguir a Cristo Jesús. A menudo parecía batallar contra el orgullo —y a veces era impetuoso, irreflexivo y audaz—. En otras ocasiones, cuando su valor humano le fallaba, era tímido, dubitativo y temeroso. Tras aceptar con éxito la invitación de Jesús para caminar sobre el agua, tuvo miedo y empezó a hundirse. Se quedó dormido en el jardín de Getsemaní tres veces después de que Jesús le pidiera que orara. Con ira le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote durante el arresto de Jesús. Y antes de la crucifixión, negó en tres ocasiones siquiera haber conocido a Jesús (véase Mateo 14:22-31 y 26:36-45; Juan 18:10, 11; Lucas 22:54-62).   

Por el contrario, en el libro de los Hechos Pedro era un hombre cambiado. Su orgullo había sido reemplazado por una fe humilde y profunda en Dios, lo que le permitía hablar con valentía tanto ante audiencias judías como gentiles. Dirigió las oraciones de Pentecostés y afirmó públicamente que el descenso del Espíritu Santo era obra de Dios. Ayudó a establecer la Iglesia cristiana primitiva y sanó tal y como Jesús le había enseñado.

Pedro debe de haber visto que el ministerio de Jesús ilustraba cómo vivir en perfecta armonía con Dios; y que la obra sanadora del Maestro no era resultado de un poder personal, sino de la operación del Cristo, la verdadera idea de Dios y la fuente de toda curación y salvación. 

Hoy cada uno de nosotros puede observar el ejemplo de Pedro con gratitud. Una idea que he aprendido de su crecimiento es que lo que realmente se necesita para una curación cristiana eficaz es mantenerse a la vez manso y caritativo. La mansedumbre reconoce que Dios, el Principio divino, es el verdadero sanador. Y la caridad, expresada como amor paciente y amable, nos permite florecer y prosperar como sanadores cristianos. Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, declara: “La mansedumbre y la caridad po­seen autoridad divina” (pág. 270).

Cuando siento que no he alcanzado la norma cristiana que Jesús estableció, encuentro consuelo en la historia de Pedro. Aunque actúe desde un sentido de orgullo, ira o temor, hay una ley divina en acción que puede redimir ese sentido equivocado. La ley de Dios reemplaza los defectos de carácter y la voluntad humana por la humildad y la sabiduría. Arraigada en una fe constante en Dios, esta reforma —el proceso por el cual se elimina el pecado— trae curación a todo tipo de desafíos.

Aprendí esta lección al principio de mi carrera como practicista de la Ciencia Cristiana. Empecé a anunciar mis servicios en The Christian Science Journal el mismo mes en que nació nuestro primer hijo. Al mismo tiempo, mi esposa y yo recibimos mensajes muy claros al orar de que ella debía dejar su trabajo y centrarse en criar a nuestra hija. Sin embargo, nuestro pago de la hipoteca ya era elevado en relación a nuestros ingresos combinados. Aunque también trabajaba para La Iglesia Madre, seguíamos enfrentando una considerable escasez de ingresos.

Mientras continuábamos orando, el mensaje seguía siendo alto y claro: era hora de que mi esposa dejara su trabajo a tiempo completo fuera de casa. Decidimos confiar en que Dios satisfaría nuestras necesidades. Al pensar en ello, a menudo hemos llamado a ese periodo nuestro “año de los hijos de Israel”. Como los israelitas en el Éxodo, se nos llamaba a ser testigos de la provisión exacta y abundante de Dios. Descubrí que tenía que reconocer que la provisión no venía de mis propios esfuerzos. Mientras me comprometía con la práctica —aferrándome al orar a lo que era verdad para cada paciente y manteniéndome firme en negar las pretensiones mortales sobre ellos— también necesitaba reconocer que la curación viene de Dios y de Su Cristo. A mi humilde manera estaba aprendiendo a seguir al Cristo. 

Cada mes de ese año nuestro presupuesto fue escaso; y cada mes, algo aparecía para cubrir nuestras necesidades. A veces los pacientes por gratitud me pagaban más de lo que yo cobraba. A mi esposa le vino un trabajo a tiempo parcial sin esfuerzo alguno de su parte. Una vez, alguien cercano a nosotros nos compró comestibles. La mayoría de estas personas desconocían nuestra inestabilidad financiera.

No obstante, después de un año, nuestros ahorros se agotaron. Me di cuenta de que necesitaba orar específicamente por este problema hasta que se resolviera. Razonaba que Dios, cuya bondad y amor por Sus hijos es infinito, no permitiría que nuestra familia estuviera en un estado de carencia perpetua. Su gobierno del universo y cuidado por toda Su creación garantizaban una solución a esta situación.

Poco después, ocurrieron tres cosas en rápida sucesión que respondieron completamente a nuestras demandas financieras. Mi práctica creció y prosperó, trayendo consigo un incremento de ingresos. También recibí un inesperado aumento salarial de mi otro empleo en La Iglesia Madre. Finalmente, mi esposa, que había empezado recientemente un negocio independiente de diseño gráfico y web, recibió varios nuevos clientes, y este siguió prosperando de una manera beneficiosa para nuestra vida familiar. En los años transcurridos desde esta recuperación, nuestra situación financiera se ha estabilizado, incluso nuestros ahorros fueron restaurados.

Un extracto del Himno 46 del Himnario de la Ciencia Cristiana ilustra maravillosamente nuestra experiencia:

Diariamente se calmó
de los hombres el afán
con maná que Dios envió.

Danos hoy, Señor, el pan.
Él otorga con amor
fuerza en la necesidad;
desechemos el temor
y tomemos el maná

 (Josiah Conder, alt.) 

Una y otra vez, descubro que cuando actúo de una manera coherente con el carácter de Pedro en el libro de los Hechos, mi propia vida y trabajo sanador se establecen más firmemente. Rechazar toda sugestión falsa de que se necesita capacidad personal o esfuerzo humano para tener éxito me prepara mejor para enfrentar mis propios desafíos y los de los demás a través de la oración.

El ejemplo de Pedro nos muestra cómo superar las limitaciones y seguir los pasos de Jesús. Y el mismo Dios en el que Pedro confiaba está ahora con cada uno de nosotros, guiando y custodiando nuestro propio trabajo único y divinamente asignado.

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