El verano pasado, viajé a Kenia con un grupo de otros jóvenes Científicos Cristianos.
Nuestro grupo trabajó con diligencia para prepararnos para el viaje. Organizamos recaudaciones de fondos para hacerlo posible, pero lo más importante es que dedicamos tiempo a la oración y al estudio espiritual, afianzando nuestro propósito y motivos para viajar en Dios, que es el Amor divino.
El tema de nuestro viaje fue una declaración de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy: “Dar en el servicio de nuestro Hacedor no nos empobrece, ni retener nos enriquece” (pág. 79).
Llevé esta idea conmigo durante todo el viaje, especialmente cuando fuimos a colaborar en una escuela local en Migori, una zona rural.
Cuando llegamos por primera vez a Kenia, todo anduvo sobre ruedas. Estuvimos comprando con alegría juegos y regalos en la capital. Pero poco después, surgieron disturbios civiles. Estallaron protestas en toda la ciudad. El edificio del parlamento fue incendiado y las calles se llenaron de multitudes enfadadas que gritaban a los extranjeros y a cualquiera que percibieran que tenían opiniones opuestas. Fue intenso y aterrador.
Afortunadamente, nuestros planes de viaje nos hicieron partir rumbo a Migori. Pero descubrimos que allí también había manifestaciones. Nuestros chaperones contrataron policías y escoltas privadas, y a menudo viajábamos temprano por la mañana antes de que comenzaran las protestas del día. También teníamos un guía local con el que nos sentíamos seguros. Sin embargo, en un momento dado, algunos manifestantes rodearon nuestros vehículos, saltando en los lados de los mismos, gritando cosas hostiles y presionando la cara y las manos contra las ventanas.
Sin embargo, a pesar del caos a nuestro alrededor, ocurrió algo extraordinario dentro de nuestro grupo. Había una quietud tangible dentro de la camioneta. Los estudiantes, nuestros líderes de viaje y un practicista de la Ciencia Cristiana que nos acompañaba se volvieron todos a Dios, unidos en la verdad de que la presencia de Dios nos rodeaba y protegía. Empezamos a cantar himnos del Himnario de la Ciencia Cristiana. Uno de ellos me llamó la atención. La primera estrofa dice en parte,
Si ruge la tormenta
o sufre el corazón,
mi pecho no se arredra,
pues el Señor está a mi alrededor.
(Anna L. Waring, alt., N.° 148, según versión en inglés)
Esta frase especialmente se me quedó grabada: “el Señor está a mi alrededor”. En ese momento, sentí que era más que una idea reconfortante; sabía que era un hecho espiritual. Ninguna perturbación puede tocar la paz que proviene del Amor divino.
Mientras seguíamos conduciendo por las calles, mi percepción empezó a cambiar. En lugar de centrarme en el miedo, comencé a ver el bien que nos rodeaba: una niña pequeña jugando con un gato, un hombre tocando con felicidad su guitarra, una familia compartiendo su comida junto a la carretera. Cuanto más miraba, más me daba cuenta de que el bien estaba por todas partes. Nunca se había ido; simplemente había quedado momentáneamente oculto por el miedo.
A través de la práctica de la Ciencia Cristiana, he aprendido a mirar más allá de la imagen que tengo delante y a contemplar la realidad o verdad espiritual: la creación armoniosa de Dios. Ese día, vi claramente que el Amor divino estaba presente y activo, incluso en lo que parecía ser una situación peligrosa. Dios, nuestra ayuda siempre presente en las dificultades, fue verdaderamente nuestro protector y guía.
A medida que continuábamos cantando y manteniéndonos firmes en esa conciencia espiritual, el ambiente a nuestro alrededor cambiaba. La multitud comenzó a abrirse. La gente se apartó de nuestra camioneta. Los gritos se calmaron. Y nos dejaron pasar pacíficamente.
Esta experiencia me recordó la importancia de aferrarse a la verdad espiritual, incluso cuando las circunstancias parecen aterradoras o desordenadas. La presencia de Dios no es teórica; es real, poderosa y siempre está con nosotros. Y, como escribió la Sra. Eddy, “El Amor divino siempre ha respondido y siempre responderá a toda necesidad humana” (Ciencia y Salud, pág. 494).
El Amor realmente nos sostuvo y protegió a todos; y sé que siempre lo hará.
