Cuando era estudiante de primer año en la universidad, tuve una experiencia increíble que me demostró la constante disponibilidad de la inteligencia infinita que es Dios. Fue una demostración de la presencia y el poder de la Mente divina lo que contribuyó en gran medida a que yo sea hoy Científico Cristiano.
Había asistido al bachillerato en un pueblo de astilleros de clase trabajadora donde todo el mundo pensaba que yo era el chico más inteligente de la escuela. El año en que se suponía que iba a cursar trigonometría, fui elegido para formar parte del gobierno estudiantil, que se reunía a diario al mismo tiempo que se ofrecía la única clase de trigonometría. Mi consejero dijo que realmente necesitaba cumplir con mi obligación como oficial de clase electo, y que, además, era el chico más inteligente de la escuela, así que no necesitaría trigonometría. Seguí su consejo; ¡gran error!
Cuando entré en la Universidad de California en Berkeley tras graduarme del bachillerato, me matriculé en un plan de estudios de ingeniería, que por supuesto incluía Cálculo. Pronto me di cuenta de que había muchos chicos tan inteligentes como yo que sí habían tomado las clases preparatorias adecuadas, tal como trigonometría. Poco después, empecé a reprobar Cálculo.
No tenía la preparación académica adecuada, pero pronto me di cuenta de que tenía algo mejor: asistía a las reuniones semanales de testimonios de la organización de la Ciencia Cristiana del campus. Allí escuché a los estudiantes contar que confiar en Dios había mejorado radicalmente su capacidad de aprendizaje.
Me di cuenta de que podía depender de la Mente única e infinita, Dios, cuya creación, incluyéndome a mí, es la plena expresión de la inteligencia divina. Mientras estudiaba para los exámenes, sabía que era esta inteligencia divina la que realmente se encargaba de preparar, presentar y calificar cada examen. Estaba viendo la verdad y practicidad de este pasaje de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy: “… hombres de negocios y cultos eruditos han encontrado que la Ciencia Cristiana amplía su resistencia y sus poderes mentales, amplía su percepción del carácter, les da agudeza y amplitud de comprensión y una habilidad para exceder su capacidad ordinaria. La mente humana imbuida de esta comprensión espiritual se vuelve más elástica, es capaz de mayor resistencia, se libera en cierto grado de sí misma y requiere menos reposo” (pág. 128).
A pesar de todo lo que estaba aprendiendo en mi estudio de la Ciencia Cristiana, seguía teniendo dificultades en Cálculo. Me había ido mal en los dos primeros exámenes y muy pronto tendría el último antes del examen final. Simplemente no parecía entender los conceptos básicos del Cálculo. Pasé varias horas repasando el material con el ayudante de cátedra, pero no logré entenderlo. Luego llegó el día del examen, y cuando revisé el papel, no pude resolver ninguno de los problemas.
En ese momento, decidí que era hora de pedirle ayuda a Dios. Empecé a orar con la absoluta convicción de que la Mente divina es omnisciente y que Dios me ama tanto como amaba a aquellos otros estudiantes de la organización de la Ciencia Cristiana que habían experimentado Su ayuda. Mientras escuchaba humildemente la guía de Dios, de repente todo empezó a tener sentido. Los problemas de cálculo se volvieron absolutamente transparentes. ¡Con gran alegría, hice el examen volando!
Cuando calificaron las pruebas, descubrí que había conseguido una puntuación perfecta. El ayudante de cátedra se quedó asombrado y me preguntó cómo de pronto me había convertido en un genio del Cálculo. Dijo que sabía que no podía haber copiado el trabajo de otra persona porque era el único estudiante de la clase con una puntuación perfecta. Le dije que había orado, y me miró como si fuera de otro planeta. Esta fue mi primera curación verdadera en la Ciencia Cristiana; y por primera vez me di cuenta de que, como dijo Jesús, “con Dios todas las cosas son posibles” (Mateo 19:26, KJV).
Durante mis años universitarios, mi enfoque profesional evolucionó y acabé graduándome con una licenciatura en silvicultura; tras lo cual me convertí en voluntario del Cuerpo de Paz. Me enviaron a las Islas Fiyi, donde me pusieron al mando de una gran estación forestal con unos cien empleados fiyianos que realizaban obras de reforestación. Al ser nuevo en este trabajo, me encontré con situaciones difíciles y de nuevo tuve que orar para tener la guía de Dios.
Después de resolver un problema especialmente difícil, mis colegas fiyianos empezaron a llamarme “el Vuku Levu”. Aunque para entonces hablaba fiyiano con fluidez, ese término era nuevo para mí, así que pregunté qué significaba. Me explicaron que eso significaba que yo era muy inteligente.
No fue sino hasta cincuenta años después, cuando investigaba para el libro que estaba escribiendo sobre mi experiencia como voluntario del Cuerpo de Paz, que descubrí lo que realmente significa vuku levu. El término se utiliza comúnmente en referencia a la inteligencia, sabiduría o habilidad adquirida a través de la inspiración espiritual. Así que mis amigos fiyianos básicamente decían que la inspiración que me había llegado sobre cómo detener el envenenamiento de su bosque debía de venir de una fuente superior —debía haber venido de Dios—. Me sentí extremadamente humilde. La Mente divina me había mostrado qué hacer, y otros reconocieron que Dios había proporcionado la solución.
Como leemos en los Evangelios, Cristo Jesús, nuestro Mostrador del Camino, siempre tenía la respuesta perfecta para cada prueba que encontraba; como cuando fue guiado a escribir en el suelo antes de enfrentar a quienes querían apedrear a una mujer adúltera (véase Juan 8:3-11) o cuando respondió a las objeciones de los funcionarios religiosos a su curación en el día de reposo de una manera que no podían rebatir (véase Mateo 12:10-13). ¿Es que estas respuestas vinieron de una mente personal en el cerebro humano? No, fue la Mente divina que Jesús reflejaba perfectamente. Y nosotros tenemos esa misma capacidad de reflejar la perfección y el brillo de la Mente divina.
La principal lección que he aprendido de estas situaciones es saber humildemente quién está realmente resolviendo todos los problemas. Continúo encontrando maneras cada día de escuchar y seguir la guía de Dios. Cuando verdaderamente podemos abandonar la creencia en el ego personal y dejar de pensar que necesitamos resolver los problemas por nuestra cuenta, estamos listos para ser testigos de la operación perfecta e incesante de la Mente divina.
