He estado pensando mucho en la alegría últimamente. He querido sentir una alegría más genuina en mi vida, y también quiero que los demás la sientan.
Antes pensaba que la alegría era solo una emoción humana, pero estoy aprendiendo que la alegría viene de Dios. Entonces, si la alegría no depende de nuestras circunstancias, ¿cómo podemos sentirla, especialmente si parece que no lo logramos?
Podemos volvernos a Dios, el bien, y humildemente escuchar y obedecer. Es difícil mantenerse triste, con miedo o enfadado cuando recurrimos a Dios en lugar de estar preocupados por una situación humana. Volvernos a Dios eleva nuestra visión y nos eleva en el proceso.
Cuando estaba aprendiendo a conducir, agarraba el volante con fuerza y me concentraba en la carretera justo delante de mí. Cuando mis manos movían el volante, aunque fuera un poco, el coche se desviaba de la carretera, a pesar de mis esfuerzos por mantenerlo en mi carril. Un día, el padre de un amigo iba conmigo y notó mis dificultades. Me preguntó dónde estaba mirando, y le describí hacia dónde apuntaban mis ojos. “No estás mirando en el lugar correcto”, dijo. Me explicó que tenía que ver más allá, mucho más delante de la carretera. Cuando hice eso, mis manos se relajaron, el volante dejó de sacudirse bruscamente y el coche empezó a moverse con suavidad y en línea recta.
La lección sobre conducir ha sido una metáfora útil para mí en mi progreso espiritual. He aprendido que cuando estoy obsesionada con una circunstancia difícil delante de mí o intentando controlar personalmente mi experiencia, no logro progresar; necesito abandonar esa visión limitada y ese esfuerzo humano en favor de la visión expansiva —de hecho, infinita— y el gobierno de Dios. Para mí, aquí es donde viene la alegría.
En la Biblia la alegría se menciona como un “fruto del Espíritu” y muestra cómo el Amor, otro nombre de Dios, se expresa en nosotros: “El fruto del Espíritu es el amor: alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, gentileza y control propio. Contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22, 23, New English Translation).
Sin embargo, a veces puede ser muy difícil escuchar, y aún más difícil sentir la alegría divina. Cuando te ves atrapado en circunstancias sombrías, puede parecer que Dios no está ahí.
La Biblia dice: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:16, 17). ¿Cómo es posible? “Orar sin cesar” puede sonar agotador. Si lo pensamos como una actividad humana definida por las palabras que pensamos o decimos, puede parecer demasiado. Pero la oración no empieza con nosotros. Orar es escuchar lo que Dios nos dice, saber que es verdad y seguir la guía de Dios. Es ceder desinteresadamente a Dios, el bien. Y sus frutos nos vienen de Dios.
Mary Baker Eddy, autora de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, explica cómo esto puede suceder cuando buscamos a Dios en privado y nos vienen pensamientos silenciosos que claman por atención. Ella habla del ejemplo de Jesús: “Para orar correctamente, debemos entrar en el aposento y cerrar la puerta. Debemos cerrar los labios y silenciar los sentidos materiales. En el santuario tranquilo de las aspiraciones sinceras, debemos negar el pecado y declarar la totalidad de Dios. Debemos resolvernos a tomar la cruz y con corazones honestos salir a trabajar y velar por la sabiduría, la Verdad y el Amor. Debemos ‘[orar] sin cesar’. Tal oración es respondida en la medida en que llevemos nuestros deseos a la práctica. El mandato del Maestro es que oremos en secreto y dejemos que nuestras vidas atestigüen nuestra sinceridad” (pág. 15).
Cuando nuestros hijos tenían uno y tres años, mi marido y yo descubrimos que esperábamos otro bebé. Parecía natural que esto fuera una noticia feliz. Pero esto no parecía una bendición. Mi marido estaba convencido de que no podíamos permitirnos otro hijo. En ese momento, él aportaba la mayor parte de los ingresos del hogar, y me di cuenta de que tenía miedo. Dijo que necesitábamos interrumpir el embarazo.
No podía creer que me estuviera pidiendo que hiciera esto. Pero mi marido era mi pareja, y sentía que yo no podía cuidar de la familia sola. Estaba destrozada. Lo único que pude pensar en ese momento fue un débil “No”.
Nos fuimos a habitaciones diferentes. Supongo que él también intentaba escuchar a Dios, pero solo recuerdo lo triste que estaba en ese momento. Me sentía tan sola. Me senté, abrí el Himnario de la Ciencia Cristiana y empecé a pasar las páginas. Me costaba leer las palabras entre lágrimas. Intenté cantar, pero no fue hasta que llegué al Himno 425 cuando las palabras empezaron a tener sentido para mí. Comienza diciendo:
Alzad vuestras cabezas ya;
habrá gozo en la mañana.
A todos Dios aseguró:
habrá gozo en la mañana.
(M. M. Wienland)
Escuché la promesa en esas palabras mientras las cantaba una y otra vez. Empecé a sentirme tranquila y pude oír lo que Dios me decía. Esto es lo que escuché: “Este niño es de Dios, no tuyo. Este niño es una idea de Dios, y todas las ideas de Dios vienen con su propia provisión de bien infinito. Este niño te traerá alegría”.
Estos simples pensamientos eran tan claros y fuertes. Dios me aseguraba que nuestra familia tendría lo que necesitábamos. Podíamos confiar en el cuidado y la provisión de nuestro Padre-Madre Dios. Mi miedo había desaparecido y pude compartir esta inspiración con mi marido, que escuchó en silencio. Él también llegó a la conclusión de que interrumpir el embarazo no era nuestra solución.
El nuevo bebé, de hecho, nos trajo alegría. Y aunque las finanzas a menudo estuvieron ajustadas en los meses y años siguientes, nuestras necesidades fueron satisfechas en cada ocasión a medida que orábamos por la guía de Dios. Esa curación, en la que aprendí a aceptar la alegría antes de poder sentirla y antes de que el miedo se disolviera, sigue siendo un recordatorio precioso del amor tierno e incondicional de Dios por cada uno de nosotros.
La oración acerca nuestro pensamiento más a Dios, y a medida que escuchamos con humildad y obedecemos, renunciando a lo que creemos que debe suceder y aceptando lo que Dios ya sabe, habrá curación. ¡Y habrá alegría!
