Estar al día con los acontecimientos nacionales e internacionales de hoy puede parecer como vivir en un caldero de presión política. Si nosotros mismos no estamos en la tormenta, la gran cantidad de giros y vueltas políticas puede hacer que nos sintamos atónitos ante las noticias. No obstante, observar a quienes han resistido la tormenta y triunfado nos muestra que responder con gracia y confianza en el bien comienza con las verdades que guardamos en nuestro corazón.
La Biblia ofrece ejemplos convincentes. Considera la claridad y el valor espirituales de cuatro personas: Sadrac, Mesac, Abednego y Daniel. Los habían sacado de su hogar en Israel y sus captores babilonios los estaban adoctrinando. Sin embargo, ellos mantenían en sus corazones fuertes verdades espirituales y pudieron presenciar cambios dramáticos.
En Babilonia, la presión —política, religiosa y cultural— era feroz. Uno de los reyes más poderosos del mundo insistía en que todos sus súbditos adoraran una estatua inanimada (véase Daniel 3, KJV). Cuando Sadrac, Mesac y Abednego se negaron, el rey los amenazó, pero ellos se aferraron a una verdad notable en sus corazones: Dios era más poderoso que este gobernante. Respondieron con calma: “Oh Nabucodonosor, no tenemos cuidado de responderte en este asunto”. Y se mantuvieron firmes.
Los hebreos confiaban en lo que la autora de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy, describe como la omnipotencia del bien divino —incluso en la tierra—. Al ofrecer una interpretación espiritual de la cuarta línea del Padre Nuestro, ella escribe: “Capacítanos para saber que —como en el cielo, así también en la tierra— Dios es omnipotente, supremo” (pág. 17).
Nabucodonosor “se llenó de ira”, e hizo que los tres hombres fueran arrojados a un horno sumamente caliente. Pero entonces ocurrió algo extraordinario. El propio rey los vio pasear sanos y salvos en el horno, junto con una cuarta figura, y exclamó: “La forma del cuarto es como la del Hijo de Dios”. Este rey terrenal acababa de vislumbrar al Cristo, el poder de Dios en la tierra.
A pesar de no estar en las llamas ese día, el corazón endurecido del rey se derritió. Si hubiera habido cobertura periodística, un titular podría haber sido: “El rey cambia de rumbo y honra al Dios hebreo”. Qué cambio —gracias a una verdad atemporal guardada en los corazones de tres hombres—.
Otra persona que apoyaba al único Dios enfrentó un sobrecargado entorno político lleno de manipulación, intrigas y traiciones (véase Daniel 6). Muchos años después del episodio del horno ardiente, cuando había otro rey en el poder, Daniel era el máximo funcionario en Babilonia. Esto enardeció la envidia de otros funcionarios y, al persuadir al rey Darío para que decretara que todo aquel que hiciera peticiones a cualquier dios o persona que no fuera el rey durante treinta días sería arrojado a un foso de leones, conspiraron para eliminar a Daniel de la manera más letal.
Pero Daniel guardaba una cosa en su corazón: un amor puro y constante por Dios. A pesar del peligro, siguió dejando todo a un lado tres veces al día para orar a Dios, el bien divino.
El complot parecía exitoso, pero los leones no tocaron a Daniel. Como él explicó: “Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente”.
Al mantener la inocencia que Dios le había dado, Daniel triunfó tanto sobre la amenaza física como sobre su origen: lo que la Sra. Eddy llama magnetismo animal. Esta “creencia falsa... de que el mal es tan real como el bien y más poderoso” (Ciencia y Salud, pág. 103) incluye el concepto de que estamos sujetos a un “instinto animal malicioso” que “incita a los mortales a matar moral y físicamente incluso a sus semejantes” (Ciencia y Salud, pág. 564). ¿No es esta creencia la raíz de casi todos los titulares relacionados con los conflictos?
¿Qué pasaría si nosotros, como Daniel, mantuviéramos en nuestro corazón la verdadera inocencia de todos los hijos de Dios?
La claridad de Daniel respecto al hecho de que podía confiar totalmente en Dios llevó a su liberación —y a un giro notable de los acontecimientos en lo que había sido un período brutal de conflicto político y persecución religiosa—. No solo Daniel estuvo a salvo, sino que imagínate el titular del día siguiente informando: “El último decreto del rey Darío declara: ‘El Dios de Daniel...’ es el Dios viviente, y permanente para siempre... Él libera y rescata’”. Y todo gracias a la inocencia que guardaba el corazón de un hombre.
Hace dos décadas, cuando era jefe de la agencia de The Christian Science Monitor en África, tenía una convicción en mi corazón: que el Cristo ya estaba actuando en todo el continente. La Sra. Eddy define al Cristo como “la divina manifestación de Dios, que viene a la carne para destruir el error encarnado” (Ciencia y Salud, pág. 583). Esperaba ver cómo eran destruidas las evidencias del error —la desarmonía, el conflicto, el crimen, etc. —. Y lo vi.
Sí, hubo turbulencias políticas, incluso guerras civiles que duraron años. Pero también fui testigo de ejemplos de resiliencia, perdón, valentía y amor en el vecindario que cambiaron el mundo. Y vi pruebas concretas de progreso, entre ellas, una fuerte disminución en el número de guerras. Para cuando terminó la tarea, tenía mucha esperanza en el futuro de África.
Y el progreso de África ha continuado. A pesar de un reciente repunte de conflictos que acaparan los titulares, amplias regiones del continente están experimentando un nuevo dinamismo económico y social. Por ejemplo, África tiene el ingreso familiar de más rápido crecimiento de cualquier continente. En muchos sentidos, es una región en movimiento.
Cuando los titulares se intensifican, no tenemos que quedarnos atónitos. Podemos enfrentarlos, mental y espiritualmente arraigados en la omnipotencia de Dios, confiados en la inocencia y buena voluntad de la humanidad, y a la espera de las pruebas del Cristo en acción. Con estas verdades en el corazón, el progreso no es una ilusión. Es algo que podemos esperar ver.
