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La gratitud lleva a la curación

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 10 de agosto de 2026

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Cuando mis hijos eran pequeños, cada noche antes de dormir los animaba a reconocer todas las cosas buenas que les habían pasado durante el día. Era una forma de enseñarles a agradecer cualquier amabilidad que hubieran experimentado.

Más tarde, al aprender sobre la Ciencia Cristiana, llegué a entender que la gracia de la gratitud es un don divino. Es un reconocimiento del bien siempre presente que la Vida nos da a cada momento. Es un reconocimiento que proviene de Dios de que nunca estamos solos. A través de mi estudio de la Ciencia Cristiana he adquirido una mejor comprensión de las Escrituras, y esto me ha ayudado a entender qué significa estar agradecido.

La Biblia está llena de relatos de gratitud. Me ha impresionado cómo Jesús expresó gratitud incluso antes de que la ayuda divina fuera evidente. Por ejemplo, antes de que resucitara a Lázaro, leemos que “Jesús alzando sus ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído” (Juan 11:41). Además, Mary Baker Eddy escribe en su libro Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “La gratitud es mucho más que una expresión verbal de agradecimiento” (pág. 3). Ambos reconocían el bien eterno y siempre presente, Dios.

En marzo de 2025, tuve una experiencia que realmente me mostró el poder sanador de la gratitud. Estaba sola en casa y salí hacia la terraza llevando en una mano una vasija de agua y, en la otra, una planta grande. Al bajar dos escalones, resbalé sobre unas baldosas mojadas, perdí el equilibrio y caí hacia atrás, golpeándome la cabeza contra la esquina de una pared de hormigón. El agua, la planta y la tierra de la maceta cayeron sobre mí, y el dolor en la cabeza era intenso. Me vinieron pensamientos de temor y me pregunté cuáles serían los efectos de ese golpe.

Empecé a orar y le pedí a Dios que me ayudara a pensar correctamente. Este era el momento de aplicar lo que había aprendido en la Ciencia Cristiana. Razoné que, como Científica Cristiana, no quería dejarme influir por nada discordante. Tenía un bulto enorme en la cabeza del tamaño de un limón, pero me levanté lentamente y afirmé que “no hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia”, como se encuentra en “la declaración científica del ser” de Ciencia y Salud. Continúa diciendo: “Todo es la Mente infinita y su manifestación infinita, pues Dios es Todo-en-todo” (pág. 468). También afirmé que el hombre de Dios “no está constituido de cerebro, sangre, huesos y otros elementos materiales” (Ciencia y Salud, pág. 475), sino que es completamente espiritual, y negué esta condición discordante.

Seguía sintiendo efectos negativos, así que llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que me ayudara mediante la oración. Después de hablar con ella, me calmé bastante y me sentí mucho más segura. Luego llamé a uno de mis hijos, que vive cerca. Cuando me vio, se alarmó mucho y me llevó a un centro asistencial. El doctor decidió que necesitaría varios puntos, porque dijo que tenía una herida muy grande y una arteria pequeña se había roto. Se comunicaron con mi hija —que también es médica— y ella propuso que solo me vendaran la cabeza y me llevaran a una clínica más grande en el centro de la ciudad, donde me estaría esperando.

Mi hijo me llevó hasta allí, y durante todo el trayecto a la clínica, me mantuve tranquila y confiada recordando mis bendiciones. Durante ese viaje, agradecí a Dios por todo: la atención que me brindaban mis hijos, lo que había aprendido a través del estudio de la Ciencia Cristiana, el apoyo de la practicista y toda la bondad que me  manifestaban. Me sentí agradecida por todo el bien que me rodeaba, y me esforcé por reconocer a todos como hijos de Dios, guiados por la misma Mente. Poco a poco, el dolor fue disminuyendo.

Al llegar, tras tomar mis signos vitales, quitarme la venda y lavarme el cabello, el neurólogo me examinó y, para sorpresa y alegría de todos, dijo que la herida ya se había cerrado y que no era necesaria una intervención. El traumatólogo sugirió radiografías, que tampoco resultaron necesarias. Solo recomendaron una tomografía computarizada para comprobar que todo estaba bien, y me mantuvieron en observación durante varias horas. Los resultados mostraron que todo estaba normal y bien. También me sugirieron varios medicamentos para el dolor, pero no sentí que los necesitara.

Cuando me volví a Dios, pidiéndole que me ayudara a pensar correctamente, no pedí algo específico, solo guía divina. Paso a paso, la situación se resolvió de forma muy armoniosa.

La Sra. Eddy escribe: “Lo que más necesitamos es la oración del deseo ferviente de crecer en gracia, expresada en paciencia, mansedumbre, amor y buenas obras” (Ciencia y Salud, pág. 4). Para mí, esto es una invitación a orar y dar gracias por todas las bendiciones recibidas y las necesidades atendidas, especialmente por el conocimiento que la Ciencia Cristiana nos da. Podemos confiar en que Dios nos provee todo el bien que necesitamos cada día, y podemos dar gracias de antemano por las bendiciones recibidas.

De vuelta en casa, sola en mi habitación, reconsiderando y agradeciendo por cómo habían evolucionado las cosas durante esta experiencia, me di cuenta de que durante el trayecto a la clínica había perdido todo el temor. Sentí que Dios me cuidaba y me protegía y simplemente me dejé guiar, como un niño camina de la mano de su madre.

Esta experiencia tan significativa es un báculo en el que apoyarme cuando enfrento otros desafíos que se presentan día a día. Cada desafío es una oportunidad para avanzar, aprender y darnos cuenta de que nunca estamos solos. Dios siempre está a nuestro lado para guiarnos en nuestro aprendizaje espiritual, el cual solo trae bendiciones.

María Teresa Fuentes Bórquez
Santiago, Chile

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