Estaba por caer el sol en la playa de Piedras Coloradas en Las Grutas, Patagonia, Argentina. Salí a caminar cerca, paseando entre rocas de muchas formas diferentes que parecen esculturas naturales.
Me sentía confundida por emociones encontradas; una mezcla de enojo, angustia e impotencia. A medida que caminaba, fui acercándome a la playa. Me senté en la arena y estallé en llanto; lloraba sin consuelo, inmersa en una lucha que me oprimía. Mientras veía bajar suavemente la marea, me avasallaron preguntas, como “¿Dónde estás mi Dios?” El vacío y la soledad fueron las respuestas, que sabía que no eran la voz de Dios.
Un rato antes, había estado viendo un documental sobre una guerra en curso y el sufrimiento que conlleva. Pensé en la crueldad humana, en países que apoyan con armas la guerra; tanta injusticia sentí que no podía dejar atrás el dolor. ¿Qué podía hacer para aliviar mi propio sufrimiento y el de la humanidad?
Sabía que podía empezar calmando mi propia batalla interior.
Oré con fervor a Dios, pero al hacerlo, sentí que afloraban viejos resentimientos y ofensas recibidas. Una voz consoladora me habló, diciendo: “Estate quieta, y sabe que yo soy Dios” (paráfrasis de Salmos 46:10). Me acerqué al agua y vi que el mar calmadamente se había retirado un poco más de la costa. Mis pensamientos comenzaron a aquietarse, y una pregunta me sorprendió: “¿Crees que Herodes con la matanza de niños logró eliminar la inocencia y la pureza de los hijos e hijas de Dios?”
Recordé que cuando crecía había una desarmonía agresiva y falta de unidad en la familia, sin embargo, el razonamiento espiritual empezó a aportar ideas más claras. Recordar esa atmósfera mental de incertidumbre me llevó ahora a tomar un rumbo espiritual. Sabía que la inocencia no conoce el mal, la guerra, las divisiones ni el odio. Nuestra inquebrantable unidad con Dios nos garantiza la paz verdadera; una paz sin opuestos.
Esta perspectiva me confirió una calma interior, y comprendí la omnipresencia de Dios, Su amor y ternura por toda Su creación. El perdón soltó las ataduras que dividen, limitan y evocan oscuras irrealidades, y este perdón solo podía traer bendiciones.
Mary Baker Eddy escribió a uno de sus alumnos: “Ora diariamente, jamás dejes de orar, no importa con cuánta frecuencia: ‘No me dejes caer en tentación’ —interpretado científicamente— No me dejes perder de vista la pureza inmaculada, los pensamientos limpios y puros; que todos mis pensamientos y anhelos sean elevados, desinteresados, caritativos, humildes, espiritualizados. Con esa altura de pensamientos tu mente perderá materialidad y ganará espiritualidad, y ese es el estado mental que sana al enfermo” (Yvonne Caché von Fettweis & Robert Townsend Warneck, Mary Baker Eddy: Una vida consagrada a la curación cristiana).
Nuestra necesidad de mantener la verdadera perspectiva espiritual es constante —ver bañados de luz los lugares y circunstancias que parecen mostrar la irrealidad, la película mortal—. Mientras estaba allí ese día, la marea dejó a la vista la extensa playa. La paz mental se había instalado, y la gratitud al divino Protector me hizo comprender que la victoria es nuestra, al reconocernos a nosotros mismos y a la humanidad como Su manifestación, y nada menos.
