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La necesidad de la IA para nuestra naturaleza más elevada

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 1º de junio de 2026


La tecnología conocida como inteligencia artificial (IA) está creciendo exponencialmente; ya toca muchos aspectos de nuestras vidas e incluye tanto promesas a cumplir como peligros que evitar. La inteligencia artificial se define como “la capacidad de los sistemas informáticos o algoritmos para imitar el comportamiento humano inteligente” (merriam-webster.com). La misma ha traído no solo utilidad, sino también preguntas profundas sobre, por ejemplo, qué es la inteligencia y qué significa pensar. 

Esta tecnología en rápida expansión nos exige responder a estas y otras preguntas al comprender mejor y demostrar nuestra verdadera naturaleza espiritual como expresión de la Mente divina omnipotente, o Dios, que es la fuente de toda inteligencia —es, de hecho, la inteligencia misma—. Nuestra individualidad espiritual es real y presente ahora, dándonos autoridad sobre toda innovación humana. 

La IA se basa en extensas bases de datos de fuentes abiertas y públicas e incluye información que puede ser factual y/o brillante, pero también fabricada y/o tendenciosa. Las formas avanzadas de IA pueden automatizar, innovar, analizar procesos y determinar resultados. Si esta herramienta ha de desarrollarse con seguridad hasta su máximo potencial para el bien, debe estar gobernada por algo superior. Requiere el contexto y la visión que provienen del razonamiento moral, la intuición espiritual y la receptividad a la inteligencia infinita que es la Mente divina. Este es el ejercicio de nuestro sentido espiritual innato. 

Con el crecimiento de la IA, abundan las dudas sobre quién o qué podría tener el control. Si llegamos a esto con la percepción de que la materia (las llamadas leyes materiales, sustancia y acción) son la realidad, se produce el temor de que la IA —que no tiene brújula moral inherente, ética o transparencia— pueda influirnos erróneamente y controlar aspectos significativos de la vida. No obstante, podemos, en cambio, estar conscientes de que la humanidad está abrazada por la divinidad. Esto nos arraiga en la compasión y el amor por los demás y nos inspira a ver una variedad infinita de posibilidades mientras desarrollamos dentro de nosotros un discernimiento más agudo de lo que es útil o dañino, correcto o incorrecto. Esto también conduce a una mayor comprensión de nuestra espiritualidad, basada en el reconocimiento de que Dios, el Amor, es la única causa y Principio rector de nuestras vidas.

La Ciencia Cristiana amplía esta verdad al explicar que Dios es el único creador de cada uno de nosotros, incluyendo nuestra naturaleza verdadera y superior; una naturaleza que refleja la inteligencia infinita y la sabiduría inagotable de la Mente divina; el poder salvador de la Verdad; la supremacía del Amor que todo lo incluye; y la calma y firme bondad del Alma.

Expresar de forma constante esta naturaleza divina aporta orden, claridad, honestidad, compasión, armonía, autoridad y curación a todos los aspectos de nuestras vidas, y es necesario para el desarrollo y uso sabio de la IA hoy en día.

Puede parecer sorprendente recurrir a la Biblia como fuente primaria de ejemplos de esta naturaleza más elevada en acción y su influencia transformadora —apartándose de los patrones, conocimientos y expectativas basados en los datos y la tecnología, que se consideran clave para resolver problemas ahora y en el futuro—. Esta naturaleza más elevada se ilustra, por ejemplo, en la historia de Daniel, que fue arrojado a los leones como resultado de las maquinaciones de colegas envidiosos. Su firme confianza en Dios como el Amor todopoderoso, todo-justo y todo-sabiduría le dio valor, lo mantuvo a salvo y llevó adelante su vida y la de sus conciudadanos. Y la aguda comprensión de Cristo Jesús sobre la supremacía del Amor divino rompió los temores humanos, alimentó a miles y sanó a individuos y multitudes, satisfaciendo exactamente las necesidades humanas.

Estos y otros ejemplos bíblicos ilustran el Principio divino, el Amor, que nos da autoridad sobre la aparentemente inevitable perpetuación de sistemas opresivos que dan lugar al miedo, la enfermedad, la deshonestidad y la carencia. Ilustran a Dios como el Espíritu y el Amor —como la única causa, que trae curación, paz y progreso—. Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, escribe: “La causalidad espiritual es la única cuestión a considerar, pues más que ninguna otra, la causalidad espiritual se rela­ciona con el progreso humano” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 170).   

¿Cómo ayuda esto a gestionar la abundancia y los desafíos de la IA? Aunque aparentemente ilimitada, la IA no es ni jamás podrá ser infinita. Para crecer de forma sostenible y sabia, la IA necesita que demostremos qué es infinito: la inteligencia divina que nos convierte en amos, no sirvientes, de la innovación. 

Aquí tenemos una función y una responsabilidad importantes: “Tal como piensa un hombre, así es él. La mente es lo único que siente, actúa o impide la acción. Ignorando esto o evadiendo la responsabilidad implícita, el esfuerzo sanador se hace del lado equivocado y así se pierde el control cons­ciente sobre el cuerpo” (Ciencia y Salud, pág. 166). Al cambiar nuestro pensamiento de una base material al fundamento espiritual de la infinitud de Dios, el bien, podemos obtener el control consciente sobre cualquier elemento de la condición humana.

El rápido crecimiento en la adopción de la IA es una llamada de atención para que estemos alertas y seamos sabios, así como expectantes de que nuestra naturaleza espiritual es vitalmente necesaria y ya está presente. Entonces podemos comprometernos y reconocer sin miedo el impulso espiritual innegable que lleva al pensamiento hacia mayores logros y eficiencia, mientras protegemos las innovaciones que mejoran las condiciones y la experiencia de la humanidad.

Kim Crooks Korinek, Redactora de Editorial Invitada 

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