Cuando nos esforzamos por ver a todos como hijos de Dios, como inmortales, espirituales, que habitan para siempre en el amor infinito del Padre, entonces llevamos luz dondequiera que vayamos y abrazamos a los demás en el amor de Dios.
He llegado a comprender que el amor de nuestro Padre-Madre Dios celestial es la fuerza impulsora de mi vida. Como Amor divino, Dios nos guía y nos abraza a todos, y no podemos evitar expresar Su amor como Su reflejo. Como dijo Cristo Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14).
Hace algunos meses, vi las bendiciones que trae ser esa luz que no se puede ocultar. Una noche, mi esposo me llevó a la universidad donde estaba tomando clases nocturnas. De camino a casa, nuestro vecino lo llamó y le preguntó si podía llevarlo a él y a su pequeña hija, que estaba inconsciente, a una clínica de atención de emergencia a unas cuadras de distancia. Después de ser examinada, transportaron a la niña a un hospital cercano.
Cuando mi esposo vino a recogerme, su rostro expresaba mucha tristeza, así que no quise preguntarle qué había ocurrido. Esperé, con paciencia y amor, hasta que estuvo listo para hablar. Poco después, sintiéndose más tranquilo, me contó lo que les había pasado a nuestros vecinos. Me pidió que hablara con ellos y que preguntara por la pequeña, que solo tenía unos tres o cuatro años.
Así que llamé a la tía de la niña, una joven con la que había conversado anteriormente sobre la Ciencia Cristiana. Me dijo que todos en la casa habían tenido un susto terrible. Sin embargo, mientras esperaba noticias sobre la niña y se sentía muy ansiosa, recordó algunas palabras de aliento que yo había compartido con ella durante un período en el que había tenido varios problemas y no podía dormir tranquila. Recordé que, en ese momento, le había hablado de Dios y la había animado a descansar en los brazos abiertos de su Padre-Madre Dios, confiando en que Su inmenso amor se ocupaba de todas sus necesidades. Le dije que esta vez no era diferente.
Al sentirse reconfortada por la certeza del cuidado continuo del Amor, decidió orar y acostarse, apoyándose en el abrazo de Dios y confiando en que su sobrina regresaría muy pronto y a salvo.
Y eso es exactamente lo que sucedió. Se estaba quedando dormida cuando alguien llegó a la puerta para contarle que la niña estaba en su casa, sana y salva.
Me dio mucha alegría escuchar que las pocas palabras que yo había compartido con mi vecina fueron como un rayo de luz, que, en un momento de gran necesidad, iluminó su conciencia y bendijeron a toda su familia.
Dondequiera que estemos, somos la luz del mundo, porque nuestra luz viene de Dios y brilla continuamente; y abrazamos a nuestro prójimo, a nuestras familias, incluso a los extraños —al mundo entero— en este amor.
