Me ha encantado servir como bibliotecario y asistente de la Sala de Lectura a lo largo de los años, y aprecio mucho este importante trabajo.
Un día, mientras servía en una Sala de Lectura, entró una joven visitante y se presentó como estudiante de posgrado. Ella dijo que no sabía nada de la Ciencia Cristiana y que simplemente había decidido entrar. Entonces de repente me dijo, antes de romper a llorar, que su amiga se había suicidado. Ella sollozaba y trataba de entender el “por qué”, así que nos sentamos con una caja de pañuelos. Mientras oraba para saber cómo responder, no me pareció que declararle citas de los libros sería útil para ella. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy dice: “La compasiva paciencia con sus temores y la eliminación de los mismos, son mejores que hecatombes de copiosas teorías, discursos estereotipados y plagiados y la limosna de argumentos, que no son sino otras tantas parodias de la Ciencia Cristiana legítima, que arde de Amor divino” (pág. 367).
La “palabra tierna” que me vino para decir en ese momento fue que sentía mucho lo de su amiga. Y a su pregunta de “¿por qué?” compartí con ella lo que había aprendido de la Ciencia Cristiana. Me sentí inspirado a decirle que no tiene sentido tratar de entender la oscuridad. No tiene lógica. Si buscamos luz (ideas, vislumbres espirituales o inspiración) dentro de la oscuridad, no encontramos ninguna. En cambio, si encendemos lo que le dije que era la luz del Cristo, entonces empezamos con lo que sabemos que es verdad.
En este caso, la luz del Cristo iluminaba el hecho de que su amiga era amada, como lo demuestra la conversación misma que estábamos teniendo; era evidente que esta mujer sentía amor por su amiga. Reconocimos que deseaba que su amiga supiera que la vida es buena —que cada uno tiene algo valioso que compartir con los demás— y que aquel que no ve esto simplemente no está viendo el panorama completo. Sabía que el amor y el cuidado de Dios por Su creación —que incluía a esta mujer y a su amiga— era eterno e inmutable. Estoy agradecido de poder informar que esta joven escuchó estos mensajes. Se le secaron las lágrimas, me dio las gracias y siguió su camino.
La Sala de Lectura es un lugar especial. Es un recurso vital para la comunidad, un faro de esperanza y comprensión espiritual, que pone a disposición del público productos que pueden impactar profundamente a quienes los leen o escuchan. La presencia de estos recursos es una expresión del amor de Dios. Y la curación viene de nuestras interacciones individuales con esas personas que vienen a explorar.
Me gusta pensar que el alcance que una Sala de Lectura tiene en el público no es una especie de esfuerzo de marketing humano para nuestra iglesia. Sí, es pública, y sí, nuestras oraciones por nuestra comunidad llegan a la gente y ellos pueden buscar nuestra iglesia como resultado, pero la Sala de Lectura no es principalmente un lugar para alentar a la gente a asistir a la iglesia. Cada uno de nosotros que apoya una Sala de Lectura participa en un ministerio de curación divina al darles a conocer a las personas la Ciencia que puede cambiar sus vidas y queriéndolas de una manera que las ayude a sanar.
Una de las cosas que más me ha ayudado, especialmente al servir en una Sala de Lectura, es mirar más allá de la denominación religiosa cuando pienso en esta Ciencia. La Ciencia Cristiana es universal. ¿Cuántas personas conoces que deambulan por la calle y que están buscando una nueva denominación religiosa? No tantos como los que anhelan abiertamente saber quiénes son espiritualmente. Si vemos la Ciencia Cristiana como nada más que otra denominación, entonces estamos limitando su importancia e impacto.
Cuando ponemos la curación en primer plano en nuestras conversaciones (porque casi todo el mundo tiene algún problema que quiere resolver), podemos apoyar de mejor manera a nuestros vecinos, producir más curación e inspirar a otros a darse cuenta de que sus vidas son más felices a medida que aprenden más sobre la Ciencia Cristiana.
Hace más de 25 años, me dieron un ejemplar de Ciencia y Salud y lo leí entero de principio a fin en unas 36 horas. Esto me llevó a asistir a los servicios de la iglesia, y estaba tan ansioso por aprender más que visité una Sala de Lectura. Solo recuerdo que la encargada de la Sala de Lectura me recibió muy afectuosamente. La sonrisa que me dedicó al entrar fue inolvidable. ¡Fue como si no hubiera nadie más en el mundo a quien pudiera estar más feliz de ver! Y puedo decirte que es un sentimiento y un recuerdo que no desaparecen.
A menudo he pensado en aquella primera visita a una Sala de Lectura. El pensamiento de la asistente debe de haber sido tan maravillosamente receptivo a la bondad de Dios para que me recibiera con esa sonrisa.
La Biblia nos asegura que “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46:1). Ciencia y Salud amplía esto al declarar: “En la Ciencia divina, donde las oraciones son mentales, todos pueden valerse de Dios como ‘pronto auxilio en las tribulaciones’. El Amor es imparcial y universal en su adaptación y en sus concesiones” (pág. 12-13). Considero que es tan importante recordar que este Amor imparcial y universal no es solo para quienes visitan la Sala de Lectura, sino también para el asistente. Al fin y al cabo, “El Amor es reflejado en el amor” (Ciencia y Salud, pág. 17). Sentimos el Amor divino cuando expresamos el Amor divino.
Al arrojar luz sobre otro pasaje bíblico, Ciencia y Salud habla del Amor divino como “la fuente abierta que exclama: ‘A todos los sedientos: Venid a las aguas’” (pág. 13).
Me gusta pensar en la Sala de Lectura como una invitación a los espiritualmente sedientos a probar estas aguas vivas y comprender la Ciencia detrás de la ley de bondad de Dios para todos nosotros. Y, con un corazón decidido a cuidar de los demás, podemos dar “un vaso de agua fría en nombre de Cristo, y jamás temas las consecuencias” (Ciencia y Salud, pág. 570). De este modo, ayudaremos a que nuestros vecinos, pueblos y ciudades prosperen.
